viernes, 6 de junio de 2014

El lugar de la ortografía.

Veo a diario que empeoramos nuestro "nivel" de escritura, que los jóvenes escriben mal, que el número de usuarios de la lengua que se cagan en la ortografía cada día es mayor y no se ha escuchado ninguna voz que saliera a defender este statu quo, que justificara este nuevo modo de escribir totalmente alejado de las normas básicas de escritura. Que la didáctica general está en crisis, lo sabe cualquier persona que viva de este discurso en tanto son insostenibles los intentos por seguir adelante con el aplicacionismo.Los profesores sabemos mejor que nadie que las teorías generales solo tienen valor en tanto patrimonio cultural compartido, pero que hay una importante brecha entre el "sujeto" que aprende como construcción teórica y el estudiante empírico. Estamos cansados de las teorías " metiches” que nos dicen cómo enseñar a causa de que ya está visto que las fórmulas "remediales” que emanan de los documentos curriculares y las didácticas generales solo son pálidos acercamientos en relación al conocimiento específico que nos brinda la praxis misma, la experiencia en el salón de clases. Más allá de los zigzagueos de las modas epistemológicas, la experiencia en el aula goza de la cualidad de seguir siendo "la realidad" de la escuela y la didáctica general nos habla de un objeto muy distinto al que apuntamos todos los días. Es decir que más allá de que el discurso de la didáctica general está en crisis, la ENSEÑANZA sigue fluyendo por sus propios carriles y los intercambios socioculturales no se han detenido: Un profesor le plantea a otro la lectura de un libro y en la simplicidad de este intercambio surgen nuevos acercamientos y logros que, dado  el estado general que se respira en el ámbito de trabajo, pasan inadvertidos, o lo que es peor, uno se los calla por temor de ser pedante frente al tan arraigado discurso social del caos educativo: los "chicos" no saben nada."Pero cómo puede ser que esos estudiantes, por arte de magia, no digo todos los días, de vez en cuando tal vez, se pelean por leer en voz alta, por leer sus producciones...".Nos causa extrañamiento sentir en el plano íntimo que los estudiantes están respondiendo a nuestras propuestas porque no confiamos en nuestra propia especificidad como educadores: la de formular modos de enseñanza propios.
Cualquier profesional o "comunicador social", tiene fueros para opinar sobre enseñanza, el "deber ser" del estudiante, los docentes y la Educación como cuerpo social uniforme, un monstruo de miles de cabezas que piensan igual y de dirigen en línea recta hacia el mismo objetivo. Pero la realidad es que cada escuela, cada aula, es un campo de lucha entre ideologías que no se hacen explícitas pero gravitan en el aire y cada mañana nos enfrentamos a los fuertes prejuicios culturales de los colegas y de los propios estudiantes y lo más complejo es que en nosotros mismos, como profesores situados históricamente en determinada posición social, tenemos prejuicios constantes respecto del otro. Todos opinan sobre "qué es lo mejor para los chicos" o peor aún "qué es lo mejor para la EDUCACION" lo cual atenta contra la especialidad misma de nuestro trabajo, esa artesanía irrepetible de todos los días en la que estamos inmersos como en una novela que no se entiende si no se lee desde el principio...
La palabra artesanía, comenta Bombini en la UNSAM, nos llama la atención respecto de la naturaleza del trabajo docente: el artesano no es el artista. Eso es lo que a veces duele y opera como obturador de lo realmente valioso en la profesión: hablando puntualmente del profesor de lengua y literatura, duele asumir que mas allá de querer ingresar al campo de la literatura como productores, somos PEDAGOGOS, maestros o como fuera que se llame el oficio de enseñar "la lengua".
He aquí otro problema "la lengua" a secas, disculpen la grosería ,no existe: existe la lengua en uso, situada sociopolíticamente, cada modo de apropiación del sistema lingüístico supone la pertenencia a un grupo etario, de género, de clase social, profesión, lugar de residencia...Lo que hace el profesor de letras es enseñar la lengua legitimada por los mandatos hegemónicos de los que enana la vigilancia epistemológica:los centros académicos. No es cierto que "los ricos" a secas, también, impongan sus modos de decir, de escribir ý de codificar lo que está bien o mal. El campo mismo de las teorías sociolingüísticas ya los empaquetó y para ser rico hecho y derecho, hay que apropiarse de los bienes simbólicos de poder.
Es frecuente que las personas que acceden a cierto capital económico se sientan incompletas y necesiten ingresar al mercado del arte y la literatura para poder adquirir también sus bienes...La lengua, el habla y la literatura son índices sociales tan brutales como lo son algunos metales preciosos que  cotizan en función de su rareza. Estos valores de orden simbólico que gravitan en lo real, se mueven con reglas muy similares a las de la economía. Tampoco es cierto que los bienes económicos y la economía de la cultura viajen por rutas diferentes, porque por lo general, si bien existe la figura del intelectual pobre, lo cierto es que los pobres de mi país, los que tiran de un carro todos los días, no pueden acceder ni a los bienes materiales ni a la lengua socialmente legitimada.
Por esto quiero contextualizar mi trabajo y decir que "hablar bien", "escribir bien", "leer bien" para nosotros es el modo de apropiación de las clases dominantes de la cultura cuya posesión o carencia tienen un correlato directo en la vida cotidiana, en los ingresos, en el acceso a determinado nivel de vida.
La ortografía es uno de esos valores socioculturales cuyo aprendizaje garantiza más que ningún certificado, el ingreso al "campo laboral" y se utiliza como parámetro de nivel educación más que ningún otro saber escolar porque está visto que en cualquier entrevista ante un empleado de recursos humanos no nos indagarán sobre logaritmos, ni sobre leyes de la física, nuestra carta de presentación es el habla y eventualmente, la escritura. Es una gran mentira decir que escribir bien y tener buenos ingresos son cosas diferentes porque más allá del conocimiento teórico de las reglas ortográficas en sí, un trabajador debe demostrar que aprendió a someterse a una regla, a una pauta o convención social que garantice el acatamiento de otras directivas más agresivas...
Es muy débil la línea que divide la corrección de la discriminación y la especificidad de nuestro trabajo es conocer estos devenires y formular teorizaciones respecto de cómo acercar la lengua legitimada al tiempo que la situamos en un contexto social.
Que los "chicos" escriban mal será bienvenido en este texto que , como un cadáver exquisito, tejemos entre todos en la red, en tanto constituye un acto de apropiación de una práctica que estaba cayendo en desuso: la escritura en la vida y la práctica social. Ya vendremos nosotros una o dos veces a la semana a pedirles que les usen a los sectores dominantes sus herramientas de dominio.





jueves, 5 de junio de 2014

Si fuiste mi alumn@...

Si sos mi ex alumn@ y estás en mi face o estoy en tu face, es porque vos me enviaste una solicitud, yo no invito a los estudiantes porque no da.
No da porque no soy profesora de Lengua y Literatura las veinticuatro horas del día, no doy siempre el buen ejemplo que intento sostener en mi  profesión y vos tal vez tengas un buen recuerdo de mí que no quisiera empañar.
Si sos mi ex alumn@ y estás en mi face o estoy en tu face, es porque ya cursaste y aprobaste porque a los alumnos en curso, no los acepto, para evitar problemas tales como súplicas en mi muro. Tengo compañeros de trabajo que admiten estudiantes y después les aparecen mensajes públicos o privados sumamente patéticos del tenor de: “Profe por favor apruébeme”.
 Por otra parte, se ha establecido la costumbre de opinar sobre cualquier tema por face, cuando en realidad para hacerlo no tenemos facultades suficientes: política, leyes, fútbol, religión, policiales, etc. Una mala y vieja costumbre argentina en la que, como cualquier persona, yo también caigo con más frecuencia de la que quisiera. Si sos mi ex alumn@, no quisiera influirte con ideas no siempre fundadas en el entero conocimiento del tema, porque eso se contradice totalmente con lo que quise expresar cuando fui tu profe.
Una vez me di cuenta de que un viejo amigo mío se estaba “enganchando” con un chico menor, no me pareció correcto y eliminé a ambos, no por prejuicio, sino porque el chico mintió con la edad y la mentira no me gusta en ningún ámbito. Desde entonces, ya no acepto ni siquiera ex alumnos (salvo adultos, que, como momentáneamente he cambiado de funciones, tampoco tengo).
Entonces, si sos mi ex alumn@ y estamos viéndonos en face, no sos un@ más entre miles, sos un ex estudiante de los buenos tiempos, cuando no conocía bien hasta qué punto se podían zarpar por este medio. Sos de esas personas a las que les gusta leer, o quizás no te gusta leer pero lees igual, que es más heroico: cuando leer es un placer, es fácil hacerlo, pero no cuando la lectura es producto de algún conflicto, obligación legitimadora de cursar una materia que acredite que fuiste obediente hasta en lo sutil, porque leíste lo que nos impusieron otros, pero lo hiciste criticando y renegando y aprendiendo.
Si sos mi ex alumn@ ya sos padre-madre (o no), ha pasado algún tiempo y gracias a dios, no recordás ya casi nada, o nada directamente, de lo que yo inventé para vos en ese matete de actividades locas que hacemos los profes en general y los de Lengua en particular.[i]Pero seguro tu corazón o tu cabeza ha cambiado y estamos más cerca que otrora. Y por ahí ahora entiendas mejor muchas cosas que antes no te importaban o no te afectaban, como me ocurre a mí también.
Pero si sos mi ex alumn@ y estamos viéndonos en face, ya estás al tanto de que tengo problemas como todo el mundo,  soy un@ más… Pero vos no sos un@ más para mi, aprendí con vos, reí con vos, discutimos respetándonos siempre. Yo te acompañé en tus lecturas y vos las transformaste. Yo me equivoqué y me lo señalaste. Yo tiré una bomba y vos te enojaste, o te reíste, o estuviste a favor, o en contra, pero nunca indiferente.


Sigo en este pensamiento a mi maestro, el Dr. Gustavo Bombini.

sábado, 10 de mayo de 2014

Las voluntarias de María.


En completo estado de trance por mi hijito bebe enfermo, fui a dar al hospital del pueblo. Aunque José c Paz figura como ciudad del conurbano, no deja de ser una comarca pequeña, con la simpática plaza rodeada de las más altas instituciones: la parroquia, la escuela pública, la comisaría y la infaltable sucursal del Banco Provincia. Por motivos difíciles de explicar pero fáciles de suponer, necesitaba ausentarme del hospital para hacer una compra con la tarjeta en la farmacia  de enfrente  y no tenía a nadie que cuidara al bebe. Las asistentes sociales me sugirieron que les pida el favor a las mujeres del voluntariado.
 Entonces  no eran postales las imágenes de las venerables ancianas dando de comer a sus indigentes del pueblo, otro venerable grupo de ancianos que les hacen la caridad de su hambre a las voluntarias que de otro modo se verían en la desagradable misión de buscarse otra misión. Me dirigí  hacia el afiche tamaño natural de la Virgen María tras el cual solo hallé a un chico limpiando el piso que me dijo que las del voluntariado atienden nomás a la mañana (eran las tres de la tarde). Al que madruga dios lo ayuda, se ve.
A la mañana siguiente se  presenta la asistente social para avisarme que una de Las voluntarias de María  iba a venir a ver si me podía ayudar. Tarde. Mi crédito había expirado y la compra en efectivo  la hizo mi hermano.
Miraba por la ventana hacia la calle recientemente bautizada con el nombre de un médico suicidado por la sociedad: René Favaloro y mi corazón de madre atormentada lo sintió como una mala espina al cartel, aunque el bebe ya estaba bien y el día pintaba para lindo. Todo me parecía lúgubre o vano o pintoresco: el toldito raído de la parrillita que vende choripán, la grúa abandonada como fósil de un monstruo  metálico, la conversación aburrida de los dos pequeños comerciantes que a falta de clientes regenteaban el barrido de vereda de las empleadas. De todos los transeúntes que se veían ajenos al hospital, como una señora con su caniche, unos estudiantes con mala cara esperando el colectivo,  pensaba la siguiente estupidez: son felices y no se dan cuenta.
Había decidido aplazar la tristeza de saber que a metros (trescientos, para más exactitud) estaba durmiendo o desayunando despreocupado el hombre con el cual viví doce años con sus días y sus noches, con sus penas y alegrías. Me concentré más que nada en sufrir por mi hijo enfermo. Ya habría tiempo de sobra luego para atormentarme con los sentimentalismos propios de la separación. Volví a asomarme al sueño del bebe y a perderme, disuelta casi, en la contemplación de su rostro.
Es inútil que intente recordar descripciones famosas de bebés en las páginas de la literatura porque no tienen  demasiada popularidad, a decir verdad, salvo, claro, las descripciones del niño dios en el Nuevo Testamento Cristiano. Al contrario de lo que ocurre en las artes plásticas, donde el tema del retrato infantil es un tópico frecuente, a los autores nos parecen obvias las descripciones de bebes; todos son bellos, graciosos y regordetes. Pero recuerdo a Rocamadour, el bebe de La Maga, y me parece increíble, inverosímil, la forma en que lo dejan morir, perdidos en un sopor de jazz y alcohol. En la película Transpoting dicen que se les muere un bebe por negligencia inducida por el consumo (de drogas) alocado de los padres, pero la verdad es que no la vi. Y la concha de la lora, ya estoy pensando de nuevo en temas lúgubres, niños muertos.
Este bebé no es tan típico (aunque cada niñito es único y diferente), no tiene el rostro rosado y mofletudo, sino morenito, tiene una cabeza muy linda, redonda, pero el rostro es anguloso, Un hexágono abierto (el crañito).Salió con el mentón de los actores de cine, como mi adorado Manuel Banderas o el tal Juan José Camero, un facha de los de antes que  rompía corazones en la época de mi vieja. Por suerte no heredó mi nariz de gancho, tiene un botón respingado y los pómulos altos. Tiene  las pestañas largas y espesas, bigotitos, y unas cejas tupidas como de gallego pero con un remolino en el entrecejo y una disposición tal, que aparentan la forma de un pájaro con las alas extendidas en pleno vuelo. Las enfermeras se dirigían a él con los siguientes apodos: Principito, muñeco, galancito.
Entraron las enfermaras a torturar a mi hijito y me hicieron salir diez minutos. Bajé corriendo a la calle a fumar un pucho. Un muchacho con la cara tiznada me pidió fuego y cuando le pasé el encendedor, veo que estaba fumando en una rara pipita improvisada. A ver, nunca vi. La hice yo, es para fumar pasta base. Mientras tanto mi hijo llora desesperadamente…
Subo las escaleras pero siento que bajo. Bajo hasta los suburbios del infierno, porque si tal lugar existe, no puede tener otra habitación sino ésta, llena de niñitos sufriendo y llorando. Al pie de la camita del nene me sorprende una presencia inverosímil. Una de Las voluntarias de María se había materializado, al fin.
 Mas allá de las teorías sobre el tema, creo que la diferencia entre persona y personaje reside en el hecho de que las personas son más o menos iguales pero diferentes, opacas, no se deciden a caber de lleno en uno u otro prototipo. Por el contrario, el personaje es una construcción que se precia justamente por salir de la opacidad al tiempo que entra perfectamente en los zapatos que le fueron asignados. La voluntaria de María usaba mocasines negros, medias tres cuartos color natural y un atuendo que hacía mucho tiempo que no veía, una especie de jumper o delantal azul oscuro, camisa rigurosamente blanca y un medallón enorme aparentemente de plata. Tenía el pelo sin teñir, con todas sus canas, sin embargo lo llevaba cuidadosamente peinado con rulos de rulero, otro anacronismo. La dureza del rostro era acorde al conjunto y el primer gesto que le vi hacer fue mirarme los zapatos. Me considero una persona amable y hasta jocosa, pero por pura maldad no abrí la boca y esperé que se presentara sola.
Buen día, me llamaron de acción social pidiendo una voluntaria para cuidar a un niño, pero necesito primero que me diga hasta qué hora sería, porque a las once tengo que repartir la comida.
Sí, lamento que no le hayan avisado que el asunto está resuelto, igual le agradezco que se haya molestado…
Pero si la entrevista hubiera dado frutos tan magros, no sería digna de ser registrada, de ser narrada, por eso la voluntaria de María se sentó a en el borde de la cama al tiempo que limpiaba los anteojos y suspiraba contrariada, al fin y al cabo le quedaban dos horas libres.
Le pregunté cómo estaba el día afuera, qué anunciaba el pronóstico, cuándo se terminaría esta humedad molesta, pero a todo respondía parcamente hasta que se me ocurrió preguntarle si era o había sido monja…que predicaba la palabra era obvio con semejante edición de lujo de la biblia.
 Me empezó a contar que tuvo la gran suerte de haber recibido a Dios en un convento de Rosario donde ella se sentía como en un palacio. Claro, la habían hecho bajar de su rancho de troncos en el monte del Chaco para ofrecerse en alguna casa. Ahí fue que empezó a tener suerte, porque, si bien le costó comprender que el agua no debe correr libremente, sino al contrario, había que contenerla y usarla para bañarse, también se le abrieron las rendijas del bienestar ajeno. Aprendió mucho, además. Aprendió a comer con cubiertos y a comer seguro - seguro dos veces al día. Aprendió que mientras la señora y el señorito estuvieran abrigados, ella también. Y los zapatos que al principio le parecieron una calamidad, ahora le gustaban. Ya sin la preocupación constante de qué comer, pudo disfrutar de los olores a perfumes, las telas de los vestidos de la señora, el tacto con cosas tan suaves que se deleitaba como una niña en un teatro.
Y ahora que narraba su vida, La voluntaria de María realmente echaba luces a la escena, al raconto y se situaba en el centro de un escenario tendiendo una gran cama, contenta, embriagada en el blanco algodón. Pero no se dio el previsible lugar común del señorito gozando del cuerpo en ciernes de La Voluntaria. Resultó ser que el señorito jugaba a escondidas a las muñecas y con una peluca improvisada con matetes de hilo sisal.
El chico fue a parar al internado y La Voluntaria fue recogida por unas monjitas que le encontraron sitio en un convento lejos, en Rosario. La dureza de la rutina a ella le parecía la única manera de vivir decentemente, la alejaba de su rancho sin relojes ni libros, de la noche en el monte con todos sus bichos y miserias.
Dios la acompañó siempre y como su devoción por el rigor y la disciplina eran valores muy preciados en aquel mundo, ella se ganó, además del pan, pequeñas responsabilidades y privilegios.
En su pabellón de noviciado era la celadora y comía en la mesa de las demás preceptoras con manteles blancos y almidonados. Ahora ella tenía una niña que le traía las bandejas con asados y pasteles. Algunas compañeras de su rango caían fácilmente en el pecado de la gula, porque también habían pasado hambre y la incertidumbre del pan, entonces comían por las dudas, o para calmar hambres atrasados. La voluntaria de María no tenía esa avidez, por suerte, aunque no sabe en qué momento aprendió a tomar vino y el calor de los alcoholes le resultó grato.
Cuando nadie la veía se echaba un trago, sobre todo a  la noche,  momento en el que le costaba dormirse. No era la única además. Así como había pequeños grupos de fumadoras, de lesbianas y de fanáticas, estaba el grupo de las chupandinas que, como todas, se entretenían a veces el día entero en conseguir su humilde copetín. Con los años se fue mesclando por necesidad con alguno de los pocos hombres que penetraban el convento. Con las primeras canas la vida era placentera entre los rezos, los cantos y los castigos. Porque sus placeres eran moderados: el ir y venir de una joven aseando el cuarto, el almidón de la ropa, la lectura de la biblia y de algún que otro folletín que ingresaba de contrabando y su vino tinto, claro...
Un hombre que les compraba pollos y les traía puchos y vino, revistas y noticias, se propasó un poco, pero lo suficiente como para provocarle una parálisis total del cuerpo y la mente que el hombre interpretó como un permiso y el vino ya no le faltó ni le mantuvo la cabeza alerta para ver cómo conseguirlo.
No se sentía culpable ante Dios de que, tinto mediante, le cayera bien el acto sexual, de vez en cuando, por un extraño acuerdo moral que La Voluntaria toleró para sí misma y que regía su fuero interno. Siempre dijeron que el hombre ve la cara de Dios cuando se une a una mujer…algo así no ha de ser tan malo, entonces.
En ocasiones  se preguntaba por qué  ese hombre insistía con ella, si había otras borrachas y hasta drogadas que eran más jóvenes y menos devotas que ella, en una palabra, más fáciles. Jamás se le cruzó el embeleco del amor, la otra opción de la realidad de que el hombre de los pollos necesitara de una mujer que le lave las miserias y le caliente comida y cama. Llegó a la conclusión, pero justo antes de dormirse, lo mismo que nada a los efectos del darse cuenta, de que el hombre de los pollos hacia lo mismo con todas por cobrarse favores y no había razones para eximirla de la paga.
No vio, entonces que había otras posibilidades: el hombre hubiera hecho cualquier cosa por apropiarse de la mujer. La voluntaria de María era, en esos años, una extraña muñeca vieja de ojos celestes y cuerpo de madona. El hombre sufría espantosas eyaculaciones inapropiadas e involuntarias por el desconcierto que le causaba la pasividad de la mujer que a él se le antojaba provocación. La segunda vez que se le acerco, sintió en el acto que no llevaba el corpiño y las enaguas de rigor, que la vez anterior le habían hecho sentir la torpeza de sus manos y la falsa fragilidad de algunos elásticos. Con eso bastó para causarle el agüita tan temida sobre el pantalón. El día que, harto de olfatearle la nuca y tantearle los pechos sobre la ropa, por fin logró alzarle la túnica de fajina, casi se muere de un infarto de ver como ella solita separaba las piernas y se quedaba quietita como una perra mansa, sin las cosquillas y risitas de las otras que conocía y que al final tampoco eran tantas como se creía.
Las noticias del mundo exterior llegaban al convento con la misma puntualidad que a todos, pero a ella no le importaba el pueblo al que conocía de memoria por tanto lleva y trae. Aunque salió sólo un par de veces por trámites, todo era como se lo había imaginado. De hecho, el centro o lo más atractivo del pueblo era el convento mismo en torno al cual giraban las demás actividades.
Sin embargo el mundo salió a buscarla a ella y a muchas otras mujeres que eran más necesarias para el trabajo terrenal que para el oficio celestial. Se instaló una fábrica textil y el hombre de los pollos convenció a alguna de las más jóvenes para que probaran suerte trabajando por un salario. Al poco tiempo era como si el convento se hubiera trasladado a la fábrica y con o sin fe tuvieron que entregarse en cuerpo y alma al salario porque ahora casi todas eran madres de varios hijos y tenían el deber de alimentarlos y criarlos hasta que la fabrica se hiciera cargo de ellos.
La fábrica también penetró en el convento y hasta las más viejas se pusieron a planchar los tejidos que el hombre de los pollos llevaba y traía. La voluntaria de María se vio a sí misma dirigiendo el trabajo y se ve que su esmero era bien retribuido por la fábrica, porque además de sus modestos vicios ahora salía a escondidas a ver el cine. Un día la madre superiora la regaño al ser descubierta en su desliz y le resulto más sencillo alquilar una piecita en el pueblo y trabajar como las otras, a entera dependencia de la fábrica.
A pesar de todo nunca dejó de rezar y de respetar las horas canónicas que, dicho sea de paso, parecían contradecir las horas de la fábrica. Cuando pudo ahorrar un capitalito lo gastó en un televisor y ya su vida estaba resuelta salvo por el hecho de que cada día sus manos temblaban un poco más al empinar el vaso.
Un hombre robusto y mayor, le propuso unir sus vidas .Ella no encontró repuesta a la pregunta de para qué y prefirió beber su vino sola. Nunca más se le presentó la oportunidad de encontrar compañía y tampoco la necesitaba porque había pasado tormentas terribles allá en el monte, sin leña y con frio y ahora todo era blando por ella y para ella.
Cuando cierta reputación de borracha le llegó a los oídos, ya era tarde para hacerse problema porque el mundo pegó otro pequeño sacudón y la fábrica cerró, el tren dejó de ir y venir, las mujeres empezaron a ver partir a sus hijos y a entregarse de lleno al barrido de las hojas de las veredas.
Vino con lo justo a trabajar en Buenos Aires y salió adelante, como siempre, gracias a Dios y ahora le retribuía su bondad con trabajo voluntario. Me estaba por contar algo sobre un indigente caradura que le preguntó su nombre y si tenía marido, cuando entraron los médicos en tropel a revisar al bebé y solo hubo tiempo para una breve despedida.
Me trajeron una comida para mí y para el nene que realmente contradecía en mucho la expresión peyorativa “comida de hospital”: ravioles con estofado, todo muy bien condimentado y con abundante queso rallado. Mi primer plato de comida en muchos días. Tuve que poner los cestos de basura sobre los roperitos de la sala porque el bebín ya estaba lo suficientemente recuperado como para reanudar sus tareas habituales de investigación. Miré al descuido por la ventana, La voluntaria de María estaba en la parada del 176 con su atuendo y unas bandejitas de comida iguales a las que nos dan en el hospital.

viernes, 2 de mayo de 2014

El Pasado, de Alan Pauls: una crítica destructiva.




     Hay una compulsión del narrador que lo lleva a usar larguísimas oraciones con suboraciones intercaladas que, por momentos, resumen en una frase episodios enteros.  Como si la focalización externa (narrador en tercera con el foco puesto en el personaje principal) sufriera un movimiento gravitatorio que lo hiciera volver siempre al registro del personaje que muestra, un políglota traductor con averías.  Se adivina un movimiento libidinoso que tiende a postergar al máximo la unión semántica entre sujeto y  predicado mediante subordinadas que contienen información quizás más relevante o explosiva que la contenida en la estructura principal, lo cual se transforma en un chorizo oracional malabarista que hace gala de una destreza totalmente inútil porque no le aporta mayor complejidad a la novela sino que la hace más superficial, porque la complejidad llega precisamente hasta ahí, es decir, hasta  el despliegue de posibilidades textuales regidas por la estructura gramatical de la oración.
     Un novelista que usó este recurso para desconcierto del lector fue Márquez, quien inventa un cosmos entero en una subordinada, pero lo hace con una frescura que Pauls no ve ni de lejos.  Su narrador explica el mundo de su personaje eludiendo prolijamente la oración simple así como elude las resonancias sociohistóricas  de la época en que sitúa su relato.
     Lo que queda bien definido en la novela es que narra los vaivenes de la vida amorosa de un perfecto pequeño burgués que sólo se compromete consigo mismo y ni eso, quizás.  Rímini y su novia de toda la vida, Sofía, viajan a Europa en los 70, (¿Cómo cualquier hijo de vecino?) con la ilusión de ver los originales de su artista favorito.  Ellos viven en una Argentina distinta en la que, pese a varias alusiones a la vida estudiantil, la dictadura no existe, o no los afecta en absoluto, pertenecen a la típica pequeña burguesía argentina cuya militancia política y compromiso cívico no pasa más allá de la lectura del diario menos oficialista que se consiga en el puesto de camino al trabajo.  La única pálida alusión al clima de ideas de su tiempo que hace el narrador es justamente para banalizar las ideologías políticas de izquierda.
     Pero el clima sociopolítico de los setenta no es el único tema que aparece sesgado.  Porque si bien tenemos registro de los pormenores de, por ejemplo, la biografía del artista plástico Riltse, no se toca para nada el tema de los ingresos o la vida económica del personaje, pero algo es manifiesto  (para reforzar la idea de que la novela narra uno de tantos cuadros de costumbres burguesas de las telenovelas, género con el que dialoga por momentos sin saberlo): no se sabe cuánto gana o cuánto gasta el personaje, pero en seiscientas páginas nunca tuvo problemas de dinero, por cierto.
     La novela atraviesa varias décadas de la Argentina sin mencionar jamás un episodio de su economía, como si nada lo hubiera afectado: ni la hiperinflación ni el uno a uno, ni el corralito, ni los patacones…Como si la historia amorosa de sus personajes fuera una experiencia tan intensa que el mundo exterior con sus notas regionales fueran una cosa fuera de lugar, como un pariente pobre en una fiesta de ricos.
     Cuando el personaje consume cocaína el narrador se demora en la descripción exhaustiva de los efectos de la droga aislada de los fuertes lazos contextuales que hacen posible el consumo mismo: la existencia bien visible de una narcoeconomía con leyes y  contratos  convencionales, la relación de amo y esclavo que se establece entre el proveedor, de clase baja y el consumidor, cuyo poder adquisitivo le permite afrontar los gastos desproporcionados del consumo.  El narrador dice que su personaje no sabía si había consumido treinta o trescientos dólares de cocaína, minimizando la importancia de la diferencia monetaria y acrecentando la mística en torno a la sustancia.  El personaje se entrega al consumo en forma sistemática al tiempo que utiliza los efectos de la droga para traducir textos en forma compulsiva, pero un cambio repentino de las circunstancias (trabajo como intérprete de un lingüista famoso) hace que deje el consumo sin conflicto de la noche a la mañana, no sufre recaídas, ni síndrome de abstinencia, ni cambios aparentes en la conducta o el carácter.  Rímini sale indemne de su affaire con la sustancia más popular y peligrosa de nuestros días.  El hecho de que tiempo después el personaje sufra de pérdida de la memoria de los idiomas que maneja, puede o no puede ser consecuencia del consumo por lo que no podemos considerarlo un factor determinante.  Y no es que se quiera aplicar la lógica judeocristiana del crimen y castigo para demonizar el consumo de drogas, pero el caso de Rímini es demasiado excepcional para ser verosímil: consume a diario y luego no consume nunca.  La depresión aguda le llegará tiempo después, pero por otros motivos.
     Otros temas que asoman pero quedan en la superficie son el aborto y la pérdida de un hijo. Nuestro narrador describe en forma exhaustiva las pajas de Rímini en la época del consumo de cocaína pero nos deja sin comentarios, así de pusilánime es el personaje, respecto de las causas y repercusiones de estos hechos tan potentes en la vida de cualquier persona.  Sofía aborta, Carmen le quita los derechos sobre Lucio, el hijo de ambos.  Depresión y  a renglón seguido, vida nueva como deportista con cierta destreza.  El personaje se traslada de los  antros académicos a los antros burgueses a secas.
      El hecho de que todas las mujeres de Rímini carezcan por completo de ideología política fuera del mundo burgués aparece naturalizado,  y en esa estrategia veo las pretensiones de universalidad de la novela que justamente soslaya los factores sociohistóricos del combo: Argentina- mujer- dictadura- democracia por considerarlos de una vulgaridad campechana como el mate, el gaucho, el choripán.
     Pero lo que sitúa con mayor nitidez la pertenencia del personaje y de la novela en su totalidad, a los objetos simbólicos del mundo burgués, es la biografía intercalada a lo largo de la novela del artista plástico Riltse quien se autoflagela y expone sobre telas partes enfermas de su propio cuerpo, satisfaciendo un oscuro mandato del público burgués que quiere, reclama del artista mucho más que la mera profesionalidad o el talento y pide directamente partes de sus secreciones: sudor, lagrimas,(vómitos o escupitajos en los casos más extremos) cuya materialidad sea cuantificable.  Esta idea la plantea Roland Barthes en uno de los capítulos de sus Mitologías en alusión a las obras de teatro de directores franceses jóvenes pero se puede hacer extensivo al arte burgués en general. Estrellas de rock que se autoflagelan en público, estrellas de pop que no envejecen gracias a dolorosas intervenciones quirúrgicas, vedettes que abortan, actrices que filman su intimidad y todo aquello que denote un esfuerzo cuantificable que justifique el sistema de pequeñas penalidades cotidianas que mantienen la estabilidad del statu quo.
Por último, el final. Si el lector se aguanta las quinientas páginas de “oraciones chorizos” y sufre al niño mimado y aburrido de Rímini, notará un vuelco al final, una maniobra de discontinuidad para la que nada nos prepara.  Porque de buenas a primeras se pasa de un verosímil realista, digámoslo así, con situaciones y lugares convencionales, la calle tal, el bar x, el hospital  fulano, Rímini haciéndose la paja, Rímini leyendo o traduciendo o jugando al tenis, o sirviendo café, fuera de las peripecias “realistas “, digo, no hay, en quinientas páginas, nada sobrenatural, ni fantasmas, ni dobles fondos, ni alegorías…Pero dos páginas antes del punto final, ocurre: irrumpe la otredad, se pasa al otro lado, y el personaje principal y su mujer comienzan a desangrarse, pierden sangre por los genitales. Punto, ahí termina. Discontinuidad como recurso en cualquier texto, existe a condición de que se repita, que forme un rompecabezas o si se quiere, un lenguaje propio. Pero así  empleado no es ni más ni menos que el viejo y querido “Deux est máchina”. Como si el autor no supiera realmente cómo interrumpir la historia.
Si la intención de la novela es incomodar a la clase media con este Rímini que no es ni Astier, ni Gregorio Samsa, Pauls debería comprender que, aun así, es necesario que el verdadero personaje, por mas canalla y representativo de nuestras miserias que sea, logre que también se produzca un guiño, esa complicidad muy intima y hasta inconfesable con el lector que transforma cualquier manifiesto en literatura.
  

quizasblog.blogspot.com Para ver otras miradas...

domingo, 20 de abril de 2014

El 83

 El ‘83

Desde el ’83 yo siempre quise ser presidente. El día 10 de diciembre fue una fiesta: todos estaban felices y todos salían al patio a mirar el cielo y nos mareábamos cantando “¡Al-fon-sin!, ¡Al-fon-sin!”. Lo milagroso, para mis seis años de edad, era la lluvia de papelitos con la cara de Alfonsín tirados desde un helicóptero bueno, no de los que hacían vuelos macabros.
Adentro de cada casa, una cocina, y en esa cocina una radio o una tele nos mostraba a un simpático viejo bigotudo que saludaba agarrándose las manos hacia un costado. Mi mama estaba contenta y ese día accedió a cocinar las papas fritas por siempre vedadas.
-Ma, ¿Por qué somos pobres?- le pregunté.
Yo me acuerdo del día ese que estábamos esperando para entrar al médico. Mi mama tejía (es decir, esperaba) y vino un señor, “un milico”, como supe después, y le dijo “no teja”. Mi mama no dijo nada pero luego e la calle hablo sola. Dijo: -pendejo e mierda, muerto de hambre. Venía tan enojada que no me atreví a preguntarle por qué no lo puteo al hombre, por que no se puede tejer. Pero intuía que era porque éramos pobres porque cada vez que algo “no se podía” era por esa razón. No sé qué vericuetos o andurriales habrá recorrido esta idea en mi cabeza pero cuando llegamos a casa y a mi mama se le había ido un poco el enojo le pegunte: -¿Ma, cuánto vale una limusina? Se rieron tanto que mi interrogante pasó a formar parte del repertorio anecdótico familiar.
-Tu mama a gatas sabe lo que vale la chiquizuela- dijo mi viejo.
Ahora, con Alfonsín, mi mamá podía tejer en la espera del consultorio del doctor y hablar con otras mujeres. Y ella me parecía la más inteligente. Se hablaba mucho del Plan Austral y mi mama lo defendía y lo criticaba a Alfonsín. Por ahí decía “Yo no sé lo que quieren inventar” o si no “Bue, por lo menos este se da cuenta de que estamos en culo del mundo”. (Y “Austral” significo para mi, desde entonces, remoto, ignoto). “La plata no tiene que cambiar de nombre sino de bolsillo”. Pero lo quería, y para mí eso era suficiente, el presidente Alfonsín era bueno, mi mamá lo quería y se le notaba que era bueno cuando hablaba.

Hubo un programa de televisión que se miraba en todas las casas. Era la trasmisión del juicio a la Junta Militar. A mi mama le daba bronca que mostraran el juicio por la tele: “Por que gastan guita y tiempo en ese teatro y no los fusilan en un paredón como hicieron ellos” o “Esta trasmisión es para que los giles crean que hacen justicia aplastando el culo delante del televisor”. Y lo que más bronca me daba era cuando decía ¿”Vos te creés que éstos van a ir presos”? pero no se perdía detalle del juicio. A mí me daba bronca porque no entendía la ambigüedad de su amor. Yo había decidido quererlo a Alfonsín y necesitaba que él fuera bueno para poder quererlo sin obstáculos, incondicionalmente, como se ama de niño.

Mi mama decía que trasladar la capital a Viedma era una idea “progresista” y agregaba “¿Vos te crees que lo van a dejar?” Porque Alfonsín, el bueno, tenía sus antagonistas. Cuando Alfonsín no podía hacer algo era por culpa de sus grandes, invisibles, inasibles enemigos: los Grandes Capitales. (A ese antihéroe abstracto culpable de tantos males yo me lo imaginaba como “el monstruo grande que pisa fuerte” de la canción).

Y nunca deje de quererlo. Cuando pasábamos por la humillación de ir a buscar la caja P.A.N. mi mama nunca le echaba la culpa a Alfonsín. Decía que mi viejo era un vago, que no tenía iniciativa para nada. A lo sumo la oía decir que el problema de Alfonsín era que era muy blando con los Grandes Capitales.
Poco a poco la gente lo dejo de querer al presidente y ya no causaba tanta gracia cuando me preguntaban que quería ser y yo decía “presidente como Alfonsín”.

Un día, en un micro escolar que nos llevaba a la colonia de vacaciones en las piletas de Ezeiza, los pibes empezaron a cantar “Perón, Perón, que grande sos, mi general cuanto vales”. Yo me junte con unas amigas para hacerle la contra a los varones y les enseñe a cantar “La J.R. nació en los barrios con Irigoyen y con Alem, la J.P. en Campo de Mayo y de la mano de un coronel”. Pero la celadora del micro me reto y dijo que yo estaba yendo a la colonia gracias a Perón. Ese día cuando el micro nos dejo en el lugar de siempre, supe que aquello era una Unidad Básica y que todos eran peronistas.

Con la vertiginosa inflación se hacía cada día mas difícil decir sin temor a insultos “Soy Radical, quiero ser presidente”. Pero la culpa de todo para mí siempre fue de los Grandes Capitales y me daba bronca que creyeran que Alfonsín era un ladrón.
Cuando termine 7º grado yo quería ser maestra pero el único Normal Nacional que había en la zona quedaba muy lejos y como era mucha la demanda se tomaba examen solo a aquellos alumnos que vivieran dentro de un radio cercano al establecimiento. En definitiva, mi humilde deseo de ser maestra, (primer escalón en mi camino a la Presidencia de la Nación) se tornaba lejano, inalcanzable. Pero Alfonsín dijo que la educación tenía que ser igualadora social por excelencia e instituyó un sistema de sorteos.
Y la suerte quiso que en el Normal Nacional Rosario Vera Peñaloza yo empezara a comprender por que éramos pobres.
Nunca falto la profesora mal nacida que se quejaba del “rejunte” sin darse cuente de que en ese rejunte estaba yo, chica pobre, futura Presidenta de la Nación.
Ese mismo año la situación se había hecho insostenible, la crisis estallo, Alfonsín se fue de la Casa Rosada en medio de los insultos e injurias de aquellos que lo habían seguido en las horas de gloria. Yo tenía trece años en el ’89 y en mi primer rateada del colegio me fui a un Comité Radical. Me atendió un viejito solitario que al principio no me entendió bien pero cuando le dije que quería que me llenaran una ficha de afiliación se rió de buena gana y me dijo: -“¿Y a quien salió radicheta mi’ja?”. Pero no esperó respuesta y comenzó a narrar vida y obra de Leandro Alem. Que iba a saber yo los sinsabores y las desilusiones que vendrían luego. Cuando comprendí lo lejos que estaba, no solo de la Presidencia de la Nación, sino de la presidencia de lo que fuera.
 El viejo del comité volvió con el mate preparado y repitió su pregunta: -“¿Y a quién salió radicheta mi´ja?”
-Desde el `83 yo siempre quise ser presidente…empecé a contestarle.

sábado, 5 de abril de 2014

Una vez vi a Michael Jackson vomitando.

     Una vez vi de refilón una foto de Michael Jackson vomitando y me quedé pensando en el por qué de semejante descortesía.  La fotografía, que circula aún por la red, fue difundida más que nada por los propios Fans del personaje. Barthes, en sus Mitologías, ya había hecho el análisis minucioso de los objetos culturales privilegiados y también marginales del público burgués y explicado con acierto los modos de representación propios del capitalismo: el detergente, el vino, las papas fritas, el corte de pelo de los santos, la transpiración y su lugar en el teatro burgués contemporáneo.  Dice que en la mayoría de las representaciones teatrales de autores jóvenes obligan de algún modo al actor a la expulsión visible de fluidos tangibles, llantos, mocos y transpiración porque son necesarios para que el público burgués sienta que gastó bien su dinero pagando la entrada.  Lo importante de esta demostración de las secreciones de los actores es que sean visibles y cuantificables, dice Barthes.  Por algo el elogio más usado últimamente para decir que una obra de teatro es buena es “que no tiene desperdicio”,  es decir, no es un desembolso de dinero injustificado.
     Pero vuelvo a la foto de Jackson vomitando y me pregunto hasta dónde hemos llevado a la “estrella” con este afán del público burgués de llevarse a su casa el “aura del artista”: Michael Jackson no podía ser negro y no lo fue, no podía ser viejo y no lo fue.  Marilin Monroe no podía engordar y no engordó.  Los viejos se comieron el útero de Marilin y no la dejaron tener hijos, tampoco  podía envejecer y sin embargo es escalofriante su rostro en algunas fotografías que fueron el fetiche de toda una generación.  En todo caso, no es ningún secreto que Hollywood se cobró ya varias víctimas del trabajo infantil y lo sigue haciendo porque ya no nos conforma ver al cantante cantar, sino que queremos también que siga una coreografía,  un maquillaje, un peinado.
     Ahora me interesa llamar la atención sobre un objeto artístico propio de la cultura posmoderna: el videoclip. Parásito de los músicos pop o populares, es un artefacto simbólico que podemos definir rápidamente en función de su duración media de cinco minutos y por lo tanto se puede decir que el videoclip es al cine lo que el cuento es a la narrativa moderna.  El cuento se lee de “un tirón”,  es decir se supone que parte de su efecto depende de su modo de ser leído y del tipo de lector que presuponen, en el caso del cuento o del videoclip, se trata en principio, de un público que no tiene tiempo para perder y para el cual el tiempo es oro, compuesto por sujetos cuyos jefes les dicen qué pueden hacer con su tiempo libre y de hecho ellos mismos le proveen al empleado de espectáculos hechos a medida de ese tiempo libre.
     El videoclip es fascista en la medida en que se trata de producciones complejas como catedrales góticas, en la que participan multiplicidad de artistas, artesanos  y expertos en tecnología cuya fachada visible es un personaje que ha pasado por un potente ojo selectivo durante “el casting”.  El elenco  que pone el rostro y la firma a estas producciones se crea para sí mismo una trayectoria supuesta como músico o cantante, una prehistoria que obture la visión de lo que realmente han hecho con él: lo han alineado, numerado, tipificado y elegido de entre miles. La estrella pop es la persona que ha sobrellevado la humillación de ser seleccionado con el dedo de algún productor.  El criterio de éstos, aunque parezca que su único fin es el lucro inmediato, se orienta a reforzar una idiosincrasia según la cual  las personas deben ser blancas, delgadas y sobre todo, eternamente jóvenes.
     En cuanto al volumen del físico ideal,  este ha variado desde los noventa cuando se imponía una delgadez casi esquelética, prueba de ello lo vemos en Madonna, kylie Minogue, Mylene Farmer, supermujeres que no comen y entrenan todo el día bajo la vigilancia de un profesional que determina el volumen muscular .  Los rasgos de sexualidad adulta, como la maternidad, se evitan muchas veces con ayuda de un cirujano al cual se le encomienda la ardua misión de mantener por siempre a las estrellas parecidas a sí mismas cuando tenían treinta años.
     Cirugía y ejercicios no bastan para constituir un artista a la medida de un público tan exigente, también es necesario que esta sexualidad adolescente se manifieste con su variante de relaciones isofílicas en las cuales es común besarse con personas del mismo sexo: lo hace Madonna con Britney Spears, Mylene farmer en sus presentaciones en tv también intercambia saliva con unas chicas.  Porque se trata de representaciones respecto de por dónde hay que encaminar la energía sexual.  La sexualidad adulta burguesa incluye un recorrido que va de la satisfacción productiva de capital a la construcción del organismo familiar acorde a este esquema y no a la inversa.
     También se le suele pedir al artista que soporte cosas repulsivas, como por ejemplo, en un videoclip, Mylene farmer  tiene que soportar que le camine una rata por el cuello. Michael Jackson, por su parte, fue protagonista de uno de los sucesos de consumo más grandes del siglo pasado en el cual rompe las barreras de la especie humana para mostrarse como hombre lobo, me refiero al videoclip “Thriller”. Por otra parte, se puede decir que Jackson fue una de las figuras que más fielmente acató los parámetros que le imponían productores y público, pasando innumerable cantidad de veces por el quirófano y por sobre todo por los escándalos en los que  se insinúa que lejos de tener una libido orientada a objetos del mundo adulto, Jackson padece de un fuerte estancamiento que se traduce en serias acusaciones de pedofilia. La exigencia física a la que se lo somete incluye complicadas coreografías que debe compartir con bailarines mucho más jóvenes que él. Es penoso verlo caer extenuado en el escenario como puede verse, por ejemplo, en un homenaje por los treinta años de “Thriller” donde comparte el show con nuevas  estrellas de la industria veinte años más jóvenes que él. Allí mismo puede verse la tendencia a la cosificación del hombre presente en el modo en que los cuerpos se expresan mediante complicadas coreografías (Break dance) que se caracterizan por imitar los movimientos de un robot.
Hay, también son parte del género, videoclips que denuncian en clave irónica la avidez del público. Es interesante el videoclip en el que Robin Williams (Rock DJ) inicia un baile sexual para una ronda de mujeres hermosas, exigente y abúlica. La estrella lo intenta todo, hasta un streep-tease completo, pero el público de chicas ni siquiera se inmuta, finalmente, acepta el desafío tácito y comienza a extender el streep-tease al cuerpo mismo y se arranca la piel, el corazón, los músculos, hasta convertirse en un esqueleto. Como el público caníbal de “Las ménades” de Cortázar, solo los pedazos sangrantes del artista causan satisfacción como aquellas tribus remotas en las que se practica la antropofagia, o como en los ritos cristianos donde la ingesta de la carne de Cristo representada en la hostia, implica la incorporación de la santidad del dios.

domingo, 9 de marzo de 2014

Mamá Miraglio: Especial cumple de Pablito.

Mamá Miraglio: Especial cumple de PABLITO.
No hay relación entre el acto sexual y la procreación de un hijo. Es infinitamente desproporcionada la simpleza del coito y la complejidad del mecanismo que la naturaleza activa, que finalmente produce un ser vivo, un mamiferito de la especie humana hermoso como son los hombres y mujeres que ven la luz.
Me encuentro repentinamente atada a un amor loco, más aun que el que sentí de adolescente. Un amor desopilante al que a veces le llaman instinto, me hace perder por completo la repulsión que sentía por los pañales y los biberones. Un amor extraño que me hace comprender todo lo que parecía insondable, la vida, la muerte, las estrellas, la alegría por la caca.
Siempre escribí una cosa como poesía y me parecía aberrante: que los sentimientos se alojaran en el corazón, que el alma fuera una creación sobrevalorada de la cultura judeocristiana, que se malgastara tinta en notas estúpidas sobre puericultura, paternidad y “El ser mujer”. Sin embargo aquí me tienen, cantando mi versión de Kising a full de George Michael.
Cultura escritutaria.
Cómo no recodar los textos de Walter Ong sobre la historia  de la escritura y la recepción de la cultura escritutaria por parte de las culturas ágrafas ahora que Pablito me muestra otro recorrido posible para la adquisición de la escritura como tecnología.
Recuerdo que una de las etapas  de la apropiación de la escritura en nuestra infancia era el juego de tomar un lápiz y “hacer como si” escribiéramos  “rápido”, es decir, a la velocidad de una persona que ya maneja la motricidad necesaria para usar el código verbal escrito. Pablito hace lo mismo pero con el teclado, primero le pegaba a las teclas con toda la mano, pero ahora pulsa tecla por tecla con los deditos y lo más cómico es que “habla” mientras escribe usando largas olofrases con el tono un poco exagerado con que los grandes leemos “había una vez”. Y es que, como reza la frase atribuida a Einstein que se ha puesto de moda en las redes sociales, una vez que la inteligencia se expande ya no puede volver a su estado anterior. Porque es privativo del humano la presencia de un sistema de ayuda a la adquisición del lenguaje que cuando se estimula es irreversible, prevalece la necesidad del individuo de integrarse como sujeto de la cultura mediante el sistema de representación de las cosas.
En relación al lenguaje como sistema de representaciones, ya viene Lacan a explicarnos dicho mecanismo en toda su complejidad, pero mi idea es ver cómo funciona la escritura en tanto tecnología, ahora que el soporte ha cambiado radicalmente del lápiz al teclado.
He observado que niños muy pequeños manejan instintivamente, casi, el cursor y el teclado, Pablito no es la excepción, pero así como yo me resistía a abandonar la cultura manuscrita al tiempo que me alfabetizaba lentamente en el uso de la PC, el bebé pulsa con el índice las letras de los libros como hace con las teclas de la computadora. Aunque tiene un añito, sabe que algo del orden de lo alfabético está presente en ambos soportes: el teclado y las páginas de un libro.
Pero la adquisición de dicho saber recorre el camino inverso al de mi generación, pues cuando nosotros aprendimos a escribir no había nada que se interpusiera entre la escritura y el pensamiento, no sentíamos como una dificultad escribir mediante lápiz y papel. La escritura digitalizada, nos cayó como una ortopedia. Y el mismo Ong muestra ejemplos de cómo en la antigüedad el mismísimo Sócrates se resistía al uso de la tecnología escritutaria  alegando que atentaba contra la memoria y la imaginación del mismo modo en que nuestros padres renegaron de la tv y nosotros de la escritura informatizada. Cada vez que una madre me comenta que le restringió el uso de la PC a su hijo en señal de castigo, recuerdo la vieja anécdota de mi mamá a quien castigaban obligándola a cerrar el libro, apagar la luz y dormirse de una vez.
No estoy haciendo una defensa a raja tabla del uso de los más recientes chiches de la tecnología y la ingeniería en comunicaciones, los cuales vienen a cumplir un rol muy complejo en la sociedad posindustrial, simplemente  pienso que el matete de lo que llamamos informática debe ser desenmarañado:
Esclarecer las diferencias entre usuario y productor de los sistemas de tecnología en comunicación, dado que la alfabetización escolar, en ese sentido, solo asume la posición de formadores de usuarios, consumidores, en tanto que los productores, es decir, la elite que conoce el mecanismo detrás de la pantallita de colores, permanece en un raro estado dual de ocultamiento y exposición. Así como del hueso se deduce el dinosaurio, de la existencia de estas tecnologías se deriva que han de existir grandes centros de estudios y de capitalización del saber capaces de producir un sistema binario, el soporte digital, la puesta en funcionamiento de satélites orbitantes.
Como ya lo hizo notar el recientemente fallecido escritor de ciencia ficción, Bradbury, en el cuento “El cohete”, la posibilidad de viajar a la luna existe, pero no los pobres quienes siguen soñando con viajar algún día, viviendo entre la chatarra de los cohetes, es decir, la tecnología a secas permite los viajes, pero la sociedad sigue sin resolver el problema de la equidad en la repartija de capitales económicos y culturales. Como ya habrán podido suponer, lo lamentable es que el acceso al conocimiento que permite la producción de tales maravillas, nos es cuidadosamente vedado por los grandes centros del saber relegándonos al papel de usuarios.
Bueno, pienso entre mi, pero si bien el gran productor de lápices, el señor Faber Castel, se hizo rico, digamos que tampoco se le atribuye la construcción de un imperio. La escritura como tecnología del manuscrito aun otorgaba cierta libertad, y muy relativa a los efectos del complejo fenómeno de la comunicación masiva, por cierto, porque exigía determinado estilo y formatos propios. Gracias a ello existe la evolución de la lengua, el devenir del público lector y los cambios en los modos de interpretar “lo manuscrito”. La escritura en su versión digitalizada, en cambio, trae consigo la teoría aplicada de lo que Batín llamó géneros discursivos y la utiliza para aplicar los formatos a sus sistemas de manera tal que el usuario es suavemente atado y sujetado a determinados modos de escribir. Esto lo pone bien claro, por ejemplo la novela Guan chu fak: una conversación de “chat” vulgar y “mal hablada” se cuela en la vida de su hermana de mayor alcurnia, la novela, símbolo máximo del intento moderno de dominar  el mundo. Hasta aquí, uno de los tantos ejemplos de apropiación de la escritura como tecnología.














lunes, 3 de marzo de 2014

El arreglo.

    Todas las luces de la casa estaban encendidas como cuando ocurre algo fuera de lo común. El service se instaló con su caja de herramientas en la mesa del comedor, sus movimientos parecían en cámara lenta. Por fin trajeron la tele, El Padre la manipulaba con la delicadeza con que tomaba en brazos algún niño enfermo. Era la hora de salir al patio pero ninguno quería perderse las operaciones del señor  de la tele y aunque Doña Rosita los espantaba con un repasador, como a moscas, todos encontraban un sitio en torno a la mesa. Es difícil suponer que aquel hombre, el service, advirtiese que nunca antes ni nunca después de aquel día su rostro habría sido estudiado con tanto detalle como en ese momento en que veintipico de miradas se posaban en su cara, en sus gestos, en la mas mínima alteración del ritmo respiratorio. Uno de los chicos por primera vez estaba advirtiendo que la gente grande tiene pelos en la nariz. Otro calculaba, in mente, la edad del hombre y le pareció viejísimo. La cara del hombre acompañaba bastante bien el mágico oficio que profesaba, porque era roja, rosa, con cejas y bigote blanco, parecía abuelo del Albino, pero un súper abuelo, porque el Albino era bien chiquito y apocado.  Por la nariz encarnada y las manos temblorosas, El Padre pensó: alcohólico. Pero lo pensó sin prejuicios, como quien descubre si alguien es legalmente casado o soltero por el anillo. Doña Rosita también sacaba conclusiones mientras se paseaba con el plumero justo por ahí, aunque en la cocina estaban meta charla.
El service quitó, con gran esfuerzo contenido, los tornillos del aparato y gracias a un movimiento seco y preciso, quedaron al descubierto los misterios jamás indagados detrás de la maternal pantalla. Al tubo algunos lo conocían ya de vista, pero algunos lo conocían por nombre nomás y otros ni eso. El Zarpa hizo un gesto señalando al Albino por el parecido obvio, pero nadie le prestó atención, primero porque de tan evidente el chiste no causaba gracia, y segundo porque, en todo caso, ya habría tiempo de sobra luego, para  joder a sus anchas. Algo es cierto, sin embargo, y es que rápido y  efímero como un rayo pasó por la mente de Doña Rosita que ése tranquilamente podía ser El padre o el abuelo del pobre Albinito. Un chicle pegado al piso la llevó por otros pensamientos. El padre estaba  perdiendo autoridad, ese chicle era la prueba irrefutable.
De dónde venía y hacia dónde iba el sistema de ideas según el cual ellos eran una familia en cuyo seno se alimentaba la bondad y sobre todo la castidad, ella no tenía ni idea. Le causaba muy poca gracia consagrar su vida a esta familia que la ataba como propia pero era del aire, del gobierno, o peor aún, del estado. En los años mozos de su vida, había fantaseado tanto con tener algo con El Padre, que rechazó a las apuradas a un candidato cierto, albañil y buen mozo. Jamás hubiera sospechado, ni entonces ni nunca, que el Padre pertenecía a otra clase social de cierta insignificante alcurnia de literatos sin dinero pero lejana, es cierto, al charco al costado del cual se crió la tal Doña Rosita, niña moza en sus años juveniles, actual mujerona espectral, que parecía enferma por lo delgada y amarilla, pero estaba más sana y fuerte que un roble. Acostumbrado y sin fatiga sojuzgado por los refinados perfumes de su madre, al halo de misterio de las noches  de pelea literaria con bebidas nada austeras  y hasta con hierbas, con la idea de estar cambiando algo del mundo mediante tales acciones, para El Padre, Doña Rosita nunca había pasado de ser lo que era, una celadora , un ordenanza, como la cocinera, que  en la casa de la madre del Padre también había mujeres de servicio y no admitió nunca el olor de los vapores culinarios fuera del plato.
Indiscreta, causa de la vergüenza ajena del Padre, la señora Directora preguntó  al hombre de la tele si gustaba quedarse a comer, lo cual rompió el hechizo por completo. Cualquier actividad cotidiana y normal, parecía superflua  justo ahora. Comer, bañarse, hasta ir al baño incluso, era una locura. Juancho pensó algo que jamás se le hubiera ocurrido antes: si los grandes no pueden mirar tele, ¿para qué viven? El hombre había hecho el primer milagro y fue que ningún hocico se movió de allí, rumbo a la cocina, el olor a verduras cocidas y fritanga no les llegó al estómago. La cocinera comprendió todo en un  solo pensamiento y alzó los hombros. Doña Rosita pensó que el service les pareció un mago, por falta de diversiones regulares. La directora también lo pensó pero su deber era la educación,  no el esparcimiento. Ni en pesadillas hubiera admitido semejante infancia para sus propios hijos, pero el tamaño de la infamia era tan grande que  parecía invisible, como disuelta en la atmósfera.
Lo mejor estaba por comenzar: cuando sonó la campana y todos se trasladaron al comedor iluminado con la luz lechosa de los paneles transparentes. El día era tormentoso, por cierto. El hombre de la tele tenía un abrigo negro de grueso paño, gorro y una llamativa bufanda roja. Tenía el pelo bastante largo y  alborotado, realmente contrastaba con la figurilla oscura del Padre. La señorita Directora, El Padre y Doña Rosita, hicieron el honor de sentar al  hombre a su lado. Estaban todos tomando la sopa sobre el gran mantel a cuadros verdes, en silencio y ya se sentía el olor a estofado, el plato principal, cuando ocurrió algo de lo más inesperado y fue que el hombre largó una carcajada de Papá Noel y dijo que no tenía una idea muy alegre de lo que  era un orfanato, pero, este hogar… ¡Faltan las antorchas de fuego y los encapuchados, che! 
El Padre se rió condescendiente pero sin ganas, Doña Rosita se rió porque el Padre se rió, pero la Directora lo fulminó con la mirada, o intentó hacerlo, porque el hombre de la tele era inmune a las caras significativas.
 Le hicieron preguntas sobre el pronóstico de la tele averiada, el hombre aprovechó el turno de ejercer su cuota de poder y dijo “según”. Ni el más avivado de los chicos estaba en condiciones de saber lo incierto, lo evasivo de la respuesta “según”. Pero no la cuestionaban porque era lo que les respondían los grandes la mayor parte del tiempo. Antes de terminar el almuerzo, el hombre descubrió, paseando la mirada por las paredes, que había una guitarra y unas panderetas. Pero la guitarra tenía solo tres cuerdas así que el service se conformó con las panderetas y, mientras las mucamas y La Rosita  levantaban la mesa, ocurrió un prodigio: con las panderetas el service  cantó canciones viejas y nuevas, todas divertidas:” Los chicos que comen moco son pocos, son pocos.” Cantó paso doble, “Porqué no te casas niño dicen por los callejones. Yo estoy compuesto y sin novia, porque tengo mis razones” y Cantó cantos de esclavos: “Pan alivio pan alivio, hambre, hambre.” “Quiero me casar, ya no sé con quién-cásate con el carpintero que ése a ti sí te convén-y ese carpintero a mí no me cumven, carpintero corta madera puede cortarme a mí también”. Los chiquitos hacían palmas y los pibes usaban la mesa de tambor.  Todas las canciones eran divertidas y el service tenía un vozarrón de trueno.
La directora dio orden de retirarnos al patio para que el hombre pudiera trabajar tranquilo, pero lentamente, se fueron acercando uno a uno otra vez a la mesa del comedor. Mientras el service examinaba la tele, los chicos veían que hacía gestos de disgusto y hasta se escuchó ¡Qué lo parió, che!”, momento en que El Padre nos obligó a salir y cerró la mampara  que comunica el comedor con el patio. Dos de los más grandes, el Coco y Pablito, se subieron al entrepiso y escuchaban apenas lo que hablaban, el hombre permanecía tranquilo, pero hacía que no con la cabeza y se escuchaba que decía que era hora de pensar en una tele nueva  porque ésta ya no tenía repuestos y no valía la pena arreglarla. El padre se ofendió por el comentario porque la tele la donó  justamente él, cuando la cambió por una mejor, por supuesto, y lo obligó a armar de nuevo la vieja tele, única evasión de los muchachines.

A pesar del certificado de defunción, el service estaba de buen humor y se reía a carcajadas de sus propios chistes. El Padre y La Rosita estaban con cara de preocupados.
Esa noche, El Padre se quedó despierto hasta la madrugada buscando teles usadas en Mercado Libre. Había buenas oportunidades, pero como estaban las cosas, había que pensar en algún recorte- las venas, porque ya no se podía recortar más nada-, había que pensar en algún aporte extra, para colmo la madre hubiera donado cualquier libro o enciclopedia, pero estaba totalmente en contra de la tele por  buenas razones pero que solo tenían sentido en otro mundo, no en éste, donde vivían los chicos del  pequeño hogar La Sagrada Familia, resabio de épocas mejores de la parroquia de la pequeña ciudad. Dios proveerá, pensó La Rosita y se durmió.
En el cuarto de los chicos, por el contrario, reinaba la agitación y se tejían miles de conjeturas: si es el tubo, sonamos, porque no tiene arreglo. En una de esas, la directora consigue alguna tele donada…para colmo mañana daban el último capítulo de Los simuladores. Los más chiquitos estaban tristes o con ganas de llorar pero no por la tele en sí, por cosas que ni ellos sabían, como  un miedo a pasar frío o hambre. Los   grandes, Pablito, El Zapa, Coco y el Albino, ya no miraban tanto la tele últimamente, pero era asunto de ellos al fin y  al cabo, en esa familia con subsidio del estado. Cuando los más chicos se fueron durmiendo, hablaron de plata: había como para una tele robada. Del barrio, se entiende. Coco tenía un hermano mayor que salió de ahí y que lo visitaba en fechas más o menos regulares, era cuestión de darle la plata y en una semana ya se podía tener tele nueva. Se fumaron un porro y se fueron a dormir.
Por supuesto, como presagio, esa noche todos tuvieron sueños muy intensos: el Albino soñó que al hermano del Coco lo metían preso de nuevo por culpa de la tele, hasta soñó que le rogaba al Coco, no, mejor dejá, por favor…
Pero aun así el problema de los más chicos no estaba resuelto: el último capítulo de Los simuladores era mañana.
El pequeño hogar La Sagrada Familia era el anexo de la parroquia de Los Pinos, un barrio del conurbano con calles de tierra y potreritos en las esquinas pero muy, muy poblado, como todo lugar al borde de las ciudades, así que sería erróneo imaginarse los Pinos como lo que realmente era, un sitio atrasado con pelotas de abrojo corriendo por las calles. Esa sería una buena metáfora de lo que era a nivel sociocultural, pero la verdad es que los jóvenes, adeptos al bullicio, no podían estar más a gusto ahí: había bailes, bares, conventillos con patios también pobladísimos y casas de tres pisos. En casi todas las esquinas, los hijos mayores de las familias hacinadas en cuartuchos, buscaban el aire de la tarde y la cerveza lo único que, mezclado con pastillas, podía suavizar la fealdad de las calles embarradas y llenas de basura.
Los mayores del hogar hacían sus  escapadas, pero más que nada para ver chicas: aun las más bonitas se prestaban al diálogo piadoso con los huerfanitos: eso decía el Albino, que era el más feo, casi un monstruo a esa edad en que hasta la más linda jovencita se siente fea.
A pesar de que los celulares estaban prohibidos, se aceptaba que los grandes tuvieran el suyo, en esa época era posible inventarse una vida en la web y todos estaban registrados en sitios de internet, redes sociales, salas de chat y todo lo que puede distraer hoy a un chico de doce. Gracias al Google, muchos habían viajado bastante y no perdían tanto tiempo en pornografía como se cree, aunque estaba todo a un clic. Tener un perfil era distinto porque permitía, mediante unas sencillas operaciones de recorte, montar una realidad un poco mejor que la realidad a secas, sin retoques. A ninguno se le hubiera ocurrido decir en su información personal que era huérfano, o lo que es peor, separado de sus padres por orden de un juez. Además, todos mentían con la edad, aunque en las fotos se hiciera evidente que ninguno pasaba de los dieciocho. EL zapa ya había tenido un encuentro a ciegas con una chica que conoció en el chat, aunque algo siniestro habrá ocurrido porque mucho no quiso contar siendo que a él le encantan los detalles
Otra cosa que puede parecer rara es que muchos se habían leído ya la humilde biblioteca de la parroquia: se sabía quién era Neruda, Poe y Márquez. Antes de la internet, chiquitos ellos, hicieron la travesura de leer un libro que olvidarían casi hasta la vejez “El diablo en el cuerpo” que evidentemente eligieron por el prometedor título aunque de erótico, al final, mucho no tenía. Habían leído a Stevenson, London, Verne y las novelas clásicas del siglo diecinueve, porque los domingos con lluvia, también había lluvia en los canales de la tele y era mejor apartarse a la cucheta con un libro y una galleta. Lo de fumarse el último y echarse a mirar la lluvia, era un suicidio del que se volvía con  lectura y  televisión.


Al día siguiente, bien temprano, como todos los días, el Padre ofició la misa con las puertas abiertas a la comunidad. La tal comunidad era un grupo de viejas locas toca santos que compite entre ellas a ver quién es más constante y obsecuente con el Padre, quien por otra parte las detesta y las soporta por las magras donaciones que las viejas esposas de pequeños y medianos cargadores aportan para afinar el piano, pintar las fachadas, comprar flores, y demás detalles que hacían al sostén de la parroquia como entidad. En cuanto a su función de hogar…bueno, había toda una teoría sociológica al respecto detrás del mate cosido propio del lugar.
Después del oficio pasamos al comedor a desayunar y en eso se oyen fuertes palmadas: era el señor de la tele, se supo de inmediato por la bufanda roja que se traslucía por la mampara que separa al comedor de la entrada. Pero no fueron tan cordiales como el día anterior y lo atendieron a las apuradas allí mismo, como a propósito, como quitándoles a los audaces el deseo de decirle al hombre de la tele que por favor haga algo. Algo como qué, esa era la pregunta. Los grandes lo pensaron, acortar trámites y pedirle al hombre que les venda una tele usada, por ejemplo.
Al parecer, el hombre se había olvidado algo y ese algo quizás fuera un paraguas porque allí mismo lo despacharon al jovial service. Pero no pasó ni un minuto de que el hombre quedara para siempre flotando en el aire, cuando sonó el timbre otra vez. Esta vez El Padre ni se asomó y salió La Rosita a atender: el segundo milagro del service estaba allí, una hermosa tele nueva o usada pero nueva había sido abandonada en la puerta. No era una tele así nomás, era de las más nuevas con pantalla de alta definición y súper plana, también se podía conectar a la computadora para usarse como monitor. En cuanto a las dimensiones, eran definitivamente enormes: parecía la tele de un multimillonario.
La Directora no dejó que los más chicos festejaran y envió la tele a la comisaría a ver si había alguna denuncia por robo de ese aparato y ordenó que la dejaran ahí hasta que su verdadero dueño apareciera a reclamarla. Allá se fue La Rosita medio endomingada con Pablito a la comisaría y al rato vinieron en patrullero y con la tele de nuevo. El oficial habló con El Padre y le dijo que era obvio que se trataba de una donación porque al dorso de la pantalla estaban las señas del dueño al cual llamaron por el teléfono que allí figuraba y resultó ser del service nomás. Pensar en devolvérsela era comprometedor porque ya se había difundido el chisme en el barrio y todos estaban al tanto de la donación, de hecho, el panadero también se acordó de ser bueno y mandó pan y facturas. El carnicero ofició el tercer milagro y donó un asado para el próximo domingo. La Directora se fijó, y efectivamente, en el dorso de la tele había un calco con el nombre y el número del service, pero, contra toda costumbre, La Directora no lo llamó para agradecerle y prefirió creer que la tele era el producto de algún chanchullo deshonesto para no asumir su propia mezquindad porque con una rifa, por ejemplo, los chicos podrían haber tenido esa tele sin necesidad de que viniera un extraño de afuera a regalarles nada, que al fin y al cabo éstos son los niños pobres de ésta parroquia  y de la parroquia deben surgir la voluntad y los medios para seguir adelante.
A la noche, los pibes grandes se escaparon al baile y aunque era medio tarde, las diez, se fueron fumando hasta la casa del service a darle las gracias  y juran los que estaban que encontraron la calle, la casa , el cartel, la luz prendida, y adentro, a trasluz de una gran ventana, se veía  al hombre de bufanda roja trabajando con la espalda semiencorbada y les pareció mentira ver que el hombre era un pobre y hasta miserable trabajador y no una aparición fantasmagórica como tendría que haber sido, la verdad.

sábado, 22 de febrero de 2014

La casa de Laura Perdriel.


La casa de Laura Perdriel.

La fiesta en casa de Laura Perdriel se prolongó más de lo esperado y la tormenta arreciaba por lo que se hizo imposible conseguir un remís.
El cumpleaños infantil devino en sesuda sobremesa de pensadores menores y altisonantes. La cerveza y otras hierbas hicieron el resto. Dado que habíamos comido y bebido a rabiar, nos opusimos sin demasiada energía y aceptamos una incómoda cama improvisada.
Mientras me dormía pensaba en estas legendarias paredes donde había vivido mis imaginaciones de adolescente. El ruido de la lluvia sobre las tejas era envolvente como el arrorró.Todo era acogedor después del periplo de colectivos y trenes que transitamos hasta la casa de tejas venecianas de ese barrio perdido en la época dorada de Perón
La casa queda en un pasaje no conduce hacia ninguna parte. Penetré en la vida de varias familias de clase media en ese pasaje y vi como era vivir mejor. Yo nunca había visto muebles de madera tallada, con volutas decorativas e innecesarias, los empapelados señoriales, las arañas pendientes sobre la mesa del comedor. El suelo de mármol vestido con hermosos tapetes made in china. Todo era un poco grandilocuente teniendo en cuenta que la familia apenas tenía recursos para comer. Sin embargo todos los objetos de uso diario tenían (tienen) algo bello: las cucharas ostentaban trabajos maravillosos en bajorrelieve. Los estantes atiborrados de ediciones de lujo tenían columnas con figuras talladas. Los sillones estaban un poco sucios, pero eran de  brocado dorado, y para mí, acostumbrada a los muebles de austera forma, de pino, la casa era mi ideal de hogar cuando teníamos quince años y fumábamos en el living como grandes señoras. Sin embargo dos cosas de la casa me desagradaban: El cuarto de baño, habitación tomada por cucarachas impudorosas, y el pabellón anexo a la casa donde dormía Patricio, el hermano siempre enfermo a la espera de un trasplante. Era el único cuarto al que jamás entré, pero de solo aproximarme al pasillo me invadía el vapor enfermo del que vive entre sueros y pañales, postrado, en la flor de la edad.
El reencuentro después de veinte años fue consecuencia de la nueva manía de buscar gente de antaño en la web. Y aunque siento una natural nausea hacia todo tipo de “reencuentro con ex compañeros de lo que sea”, no pude resistirme a Laura, madre ya, mujer que en otro tiempo me sacó de la marginalidad oscura en que me tenían el resto de mis compañeras, casi todas altas y rubias. El insulto en el que más concentraban su odio era “Bolita” o “Boliviana”. A Lali, así la llamábamos cariñosamente, la discriminaban simplemente porque su padre, pequeño comerciante y gran filatelista, se había declarado en quiebra. No supe sino en la universidad lo estigmatizarte que es para los pequeños y medianos cagadores haber administrado mal el capital.
Patricio me amaba, todos lo sabían y eso era una carga para mí, porque durante algunos años yo era invisible para el resto de los chicos de la pandilla. Por humilde que sea una historia de amor, siempre causa una curiosidad telenovelesca saber qué se dijeron, cómo fue aquello.
Bueno. A pesar del trato hostil de Patricio, teníamos un gusto raro en común: nos gustaba el cine erótico-bizarro; aunque yo jamás había cogido y él mucho menos. Mirábamos nuestros hallazgos con atención y comentábamos cosas graciosas y serias como críticos expertos. Los sábados por la noche cada vez había más público en el living de Laura Perdriel. Vanesa, Laura y demás, hacían siempre el mismo y único comentario de las películas: “Qué asco”.
Se iban a la biblioteca a jugar a las cartas, porque eran adolescentes de verdad y les asustaba un poco ver el coito en presencia de otros chicos. Yo era simplemente un pequeño monstruo en ciernes, triste en la soledad de mis deseos prematuros. Ahora que soy adulta comprendo que los varones quizás estaban incómodos, pero yo también era niña y no sabía que el miedo puede ser altisonante.
Los pibes fumaban sin parar y se reían nerviosos o por ahí quedaban en silencio, atentos a la trama.
El pequeño taller de cine casi siempre tenía final triste: todos a sus camas, a sus casas a masturbarse, echados a los gritos pelados del pelado señor Perdriel, que solo pretendía dormir en paz en su cuarto mientras media docena (a veces el doble) de adolescentes estaban recibiendo su formación sexual como quien comete un crimen, rebuscándoselas con películas eróticas para aprender algo y no pasar calor en la vida real, en el debut.
Yo había inventado dos juegos que me costaron el mote de “trola” entre las otras chicas. El primero que me acuerdo era con cartas y se llamaba “El tocador y el tocado”. Después de varios inviernos jugando al truco, todos aceptaron el juego, menos las chicas.
Quedé con Patricio, Javier y Adrián. Una carta definía la zona a tocar. Otra, (el diez de basto)  quien era el tocador y la última quien seria “el tocado”.  Yo les tocaba el pene por encima del jean y ellos las tetas sobre el corpiño armado con escudos de alambre y plush. También había besos en la boca: piquitos (los más populares) y los de lengua (los menos frecuentes).
Todos se excitaban y se reían de los nervios pero Patricio jugaba concienzudamente, serio, sin beber cerveza como todos. Parecía que las cartas nunca lo favorecían porque si el tocador y el tocado eran dos varones (las cartas, ahora me acuerdo, también lo definían) la caricia exploratoria era innecesaria, así que se traducían en patadas en el culo o  pago en cigarrillos, según.
Laura Perdriel y sus amigas (yo no tenía a nadie de mi lado en el juego) estaban “adelante” en la biblioteca, tomando mate, abandonando por fin la pose de bebedoras de licor de chocolate.
Como las cartas realmente estaban malditas, un pibe, “El Coto”, le cedió su derecho a tocarme los pechos (sobre el corpiño) a Patricio. El aceptó encantado y todos nos divertimos, pero en la parada de colectivo, cuando me iba, sentí un raro alivio.
Tomaba miles de precauciones cada vez que nos bañábamos en la pileta para que él no me viera semidesnuda. Fuera de esa pequeña incomodidad mi amistad con Laura era un bálsamo y las largas charlas en el banco del parque era lo más ansiado para ambas, hasta diría que corríamos aventuras para después poder contarnos cosas delirantes y reírnos como borrachas hasta el amanecer.
Me decepcioné bastante, sin embargo, de Laura, cuando supe que la ventana detrás del banquito del parque daba a la habitación de Patricio, o mejor dicho, a un anexo, un tallercito que tenía y desde el cual seguramente veía y escuchaba nuestra intimidad. Me lo imaginaba fisgoneando con su cara pelirroja y pecosa, su barbita en punta, los ojos verdes muy hundidos. Laura lo sabía todo pero casi por caridad oficiaba de acolito de su hermano. Nunca pude enojarme con él pero tampoco pude vencer la repugnancia de su voz agonizante, el silbido de su pecho, su cuerpo inválido y fétido.
No sé si mi paulatino alejamiento se debió a la muerte de Patricio o a la dificultad de llegar al pasaje Fleming desde que me mudé tan lejos.
Me dormía lentamente y llovía y yo era otra pero la misma, esa noche de la fiesta, los recuerdos, como el floripondio, me dejaron divagando hasta el amanecer, mi último pensamiento placentero fue “a pesar de todo, en esta habitación, el joven más bello de mis amigos, me declaro su amor”. Con la luz del día se dibujaron nuevamente las cosas, los muebles ajados y hechos para siempre que representaron la gloria de Perón. También pude distinguir un extraño movimiento en la quietud que me hizo fijar la vista en mi marido a quien le caminaban por el rostro y por el interior de la ropa horribles cucarachas marrones. Algunas tenían alas tornasoladas y se posaban en sus párpado o en su boca.Le cubrían todo el cuerpo
Yo lo desperté en silencio con un apretón de manos y lo miré haciéndole entender que no era conveniente gritar a pesar del asco y el espanto. Nos levantamos  de un salto. Con la linterna de mi teléfono alumbré el cuarto y vimos como todas (eran muchísimas) las cucarachas corrían en la misma dirección, el cuarto de Patricio.
Nos calzamos a toda velocidad, (por suerte estábamos vestidos), juntamos solo las pertenencias que teníamos al alcance y salimos en puntillas de la casa de Laura Perdriel a quien jamás volví a ver.