jueves, 5 de abril de 2012

Memorias impuras de Liliana Bodoc:reseña.


“En ocasiones, para instaurarse o para sostenerse, el poder necesitará un número de muertos absurdos o inocentes. A veces azarosos. Quienes no comprenden las reales exigencias del mando, llamarán inicuos a estos menesteres. En cambio, quienes somos capaces de comprender, sabemos que se trata de la inevitable parte de arbitrariedad  que impide la degradación del orden. Porque apenas el vulgo es capaz de conocer el sistema de leyes y de castigos, encuentra la manera de hostilizar, exigir y oponerse. Una de las principales condiciones del poder es su carácter ignoto, será como una construcción insensata donde la gente se pierda: pasillos sin salida, ventanas tapiadas y pozos inesperados ¡Cuidado con hacer del poder una casa que pueda visitarse sin riesgo, porque de ese modo la tomará por asalto!”  Diario sobre el poder. Cayo Catarina.

                                                                                  Liliana Bodoc. Memorias impuras.

“Las gallinas de ojos tumefactos estaban silenciosas como los niños. Apenas cloqueaba alguna y aleteaba otra, pero todas atendían a los suaves movimientos de la cue cué que estuvo meciéndose con los ojos entrecerrados, como si quisiera escarnecer al destino mostrándole que no tenía mando ni presencia en el sitio donde una mujer elige no llorar”.

                                                                                 Liliana Bodoc. Memorias impuras.

“Era la danza más antigua del mundo: piojosos contra piojosos, desesperados contra desesperados”                                                     

                                                                       Liliana Bodoc. Memorias impuras.

“Él decía: “No hay que temerle al pueblo sino a sus héroes…”

“Y sus poetas “_completó Junia

_Temerle a los poetas.-repitió Catarina. Y anotó ese comentario en su memoria.

                                                                       Liliana Bodoc. Memorias impuras.

“Todas las convulsiones, todas las plazas tienen sus grandes sabihondos, doctos en cualquier materia que anuncian lo que ocurrirá y explican lo que ha ocurrido.” 

Liliana Bodoc. Memorias impuras.



“El poder tiene la fuerza de la lejanía. Y más que cualquier distancia, apabulla al hombre. Porque, ¿Cuántos pasos separan a la muchedumbre del condenado que aman? Y sin embargo, nadie los camina. ¿Qué grosor puede tener el muro tras el cual el mártir se desangra de apoco, y sin embargo, nadie lo derrumba. No es la distancia o el grosor lo que detiene a las multitudes. Es la potencia del poder sobre las imaginaciones simples”.

                                                                       Liliana Bodoc. Memorias impuras.



“Uno termina siendo el personaje que mejor le sale”

                                                                       Liliana Bodoc. Memorias impuras.



“Yo amo la libertad tanto como tú la amabas, abuelo. Y si estoy en esta posada escribiendo mis crónicas bajo la luz ambigua de la invención es porque creo en ella. Creo en la gracia del cuento para decir la verdad”

                                                                       Liliana Bodoc. Memorias impuras.



Traicionando el verosímil.

En la mesa de saldo encontré esta novela, Memorias impuras, de la Bodoc. Editada en 2007, cuenta la atrapante y deslumbrante historia de las revoluciones latinoamericanas  creando su propio verosímil: Largo Yanga, Tito Atauchi, Zope Zopahua, Zuca Huayna son los nombres de los revolucionarios furtivos de Álbora, la ciudad virreynal. Con la muerte del Virrey Crispino, que sabía que para conservar el poder, había que ceder alguna porción, se término el período de relativa conformidad del pueblo, de convivencia con la raza mitimae, la cues cués y la cruda, El regente Cayo Catarina, aprovecha la ocasión de la muerte de Crispino para consolidar el poder del virreinato ante los ojos de la comitiva enviada desde la Metrópoli para observar el ambiente colonial y la posibilidad de revuelta. A partir de entonces comienza la captura y muerte de las antiguas razas que creen en los sueños y los poetas.

La primera medida de Junia, viuda del virrey, es capturar a la amante de su marido con la cual había tenido dos hijos. La cue cué, Bérnaba, era princesa en su tierra, pero en Rodal Crudo, la ciudadela virreinal, es una simple esclava que traicionó el trono de su pueblo por irse con un “crudo”. Junia la odia y le depara un castigo ejemplar, matando a sus hijitos y dejándola prisionera en un gallinero a disposición de todos los hombres que quieran servirse de la cue cué .El Silvador, mata a débiles como los niños cambujos, es decir los hijos de Bérnaba y el virrey Crispino, para poder comerciar  con los Perpetuos, un pueblo que se alimenta de vísceras humanas las que consigue a cambio de pulpa de Trenzado, un fuerte alucinógeno.

A partir de la muerte de los niños la novela es un recorrido por innumerables peripecias de los rebeldes para recuperar los cuerpos momificados de los niños cambujos. Porque los Perpetuos, a cambio de cada momia piden un muerto fresco. Zuca Huayna, mata al carcelero de la cue cué y la libera .Los rebeldes la ocultan de la virreina. La cue cué está embarazada de una niña. Con el cuerpo del carcelero, Zuca Huayna, negocia la momia del niño más flacucho, porque el más gordito parece que les había dado un poder inusitado, el maestro que comió su corazón había rejuvenecido como un muchacho. Para conseguir la momia del otro niño, el más chiquito y gordo, los Perpetuos le exigen un muerto importante.

A todo esto, la ciudad se prepara para los públicos acontecimientos que acarrea la llegada de un cometa y el poder virreinal decide apropiarse de la estrella como símbolo del virreinato y arrebatársela al pueblo mitimae que la veneraba como símbolo de revolución. Con ese fin deciden organizar la visita del enviado de la Metrópoli para la fecha estimada de la llegada del cometa.

La virreina Junia tiene una alcahueta que la abastece de datos de toda la ciudad, le señala la aparición de un rebelde de la batalla del calabacillo que fue una revuelta impulsada por el poeta Tóvar , lo rebeldes que pudieron escapar a una isla, mantuvieron la esperanza de unirse , de tomar la afrenta de Bérnaba como una afrenta al pueblo esclavo , pero la dosis justa de garrote y circo  mantenía ocupado al pueblo a un punto tal que el día señalado, al actor rebelde le cortan la lengua por acostarse con la reina en tanto tramaba un saludo revolucionario en clave para decir ante la visita y el pueblo no se levanta contra sus opresores. El maestro y jefe de todo un pueblo, solo atinó a un acto desesperado y aislado por lo cual sigue en la clandestinidad de por vida.

Pero da la casualidad de que Zuca Huayna , uno de los héroes de la revo, también es amante de Cussi, la chica que vive del chisme y la delación. Como es plebeya y vive en los barrios bajos, tiene debilidad por los niños de los callejones de cuartos.  En un apuro, para escapar de la redada de la Guardia Blanca, Zuca Huayna no tuvo otra opción que esconder la momia del niño cambujo (mezcla de cue cué y crudo) en el cuarto de Cussi y confiar en que sus ideales fueran más fuertes que los impulsos del  estómago a los cuales responde con su trabajo de alcahueta de la virreina.      

Los vaivenes de esta lucha que enfrenta Cussi la transforman lentamente (o rápidamente) en la protagonista de la historia: según como dosifique la información que le vende a Junia, la revolución prospera o retrocede. En un momento llega a plantearse  cómo serían sus condiciones de vida puestas al servicio de los revolucionarios si con ser alcahueta del poder sólo le alcanzaba para el guiso y el vino en el barracón. Hace lo que puede. A través de este personaje, el narrador sale del foco del centro del poder (Rodal Crudo, palacio y ciudadela de los blancos) y se sitúa al margen , del lado del populacho, al cual, dicho sea de paso, se critica constantemente como una masa pueril , conformista y supersticiosa. Cussi según el caso, también oficia de buscona, de cuidadora de enfermos, maestra, cocinera, vendedora…cuida dos niños: uno vivo y otro momificado. Bodoc transforma el horror inicial por la muerte espantosa de los hijos del virrey (el mayor estaba cambiando los dientes cuando la Guardia Blanca los arrebató de debajo de la pollera de su madre) en otra cosa muy distinta y matiza el dolor con el rito y la convivencia diaria con los muertos. Cussi esconde en su cuarto a Momiño, nombre con el que bautiza a la momia del niño que veía a diario cuando el Virrey vivía. También cuida a la niña de una buscona enferma y aquí es donde comienza la traición de su propio verosímil: siendo sexualmente activa…nunca queda embarazada y si bien como alcahueta y médica puede tener métodos anticonceptivos o abortivos, nada de esto se menciona por lo que la fidelidad, naturalista casi, del narrador se disuelve en imágenes que dialogan más con otros discursos, apartados si se quiere, del relato colonial, como por ejemplo la telenovela: Cussi es alcahueta del poder pero para comprarle el maíz con leche a una niña, cuya madre a punto de morir, se recobra gracias a unas hierbas…La focalización minuciosa de la cotidianeidad de la vida de Cussi es desproporcionada en relación al breve relato del parto de Bérnaba, y su muerte, por ejemplo. Como crónica de la derrota el lector ya puede suponer el final trágico de la historia aunque eso no le quita interés al relato y su devenir: Cussi termina negociando el cuerpo de Bérnaba a cambio del de su hijito cambujo…Y un poco de leche para la bebé que la cue cué acaba de parir…

Como en la tragedia clásica, Bodoc comprende el fuerte vínculo entre sexualidad y poder pero sin caer en escenas de alcoba, se detiene, en cambio, en la descripción de modos de pensar Mágicos y alejados de la lógica cruda: se puede soñar en forma colectiva .La vida está en el sueño y la vigilia es soló un intervalo irreal.

Pero le reclamo a Liliana Bodoc algo que es de esperarse en la lectura de la loca empresa que llamamos novela: No hagas lo que hacemos los malos novelistas, empezar una cosmogonía y comprender en el camino que hay que tener la fuerza de un dios para construir semejante obra, que el recurso de la discontinuidad, la elipsis, las prospecciones, retrospecciones y demás engañifas del tiempo narrativo no nos eximen de contar todo lo que hay que contar. Se le puede achacar hasta cierto punto al tirano editorial el hecho de que en 2007 nadie lee una novela de ochocientas páginas que es lo que tendría que haber durado la novela para ser la gran novela. En cambio nos encontramos conque falta libro o sobran personajes pues sus historias se diluyen: ¿Qué sentido tienen las peleas de los príncipes niños Mizquiel y Cuevas?, ¿Para que tanta lucha por las momias si parece que al final quedan en manos de Cussi…???

A todo esto hay un cronista que da cuenta de las condiciones de esritura de la historia de los rezagos revolucionarios de la batalla del Calabacillo (historia del pasado anterior al tiempo de la narración central de la vida en la colonia tras la muerte del virrey  Crispino), pero digo que la novela traiciona su propio verosímil porque la revolución que cuenta, no estaba para nada organizada. El día de la plaza, ¿se esperaba todo de la soga de Tóvar, un amuleto?,¿Se esperaba un alzamiento masivo y espontáneo?...Otra: la idea de poesía como arma revolucionaria está reñida con el saludo en clave de Cayo Catarina y el actor Rumiñavi: aquí se le asigna a la poesía el poder de transmisión inmediata (mensaje cifrado) desestimando el poder de la poesía popular como arma ideológica gracias al poder mismo de la creación literaria (qué sé yo…). Mejor pensado, diría que sobrestima a la poesía y,  para materializar la idea y darle carnadura, recurre al discurso literario pero para introducir un mensaje no literario, informativo: le han cortado la lengua a Rumiñavi.

Otro aspecto notable de este verosímil es la ausencia de la iglesia como institución legitimadora del poder arbitrario, como si el relato no deseara cargar las tintas sobre la religión católica , la cual ya se ha “retractado”, para permitirse una microfísica del poder político más amplia y menos maniquea: en la cotidianeidad de la colonia, cada cual cree en lo que quiere: los muertitos, los sueños, la realidad del barracón. 

La Magia de la revolución se diluye en rigor a la historia, Y la novela de Liliana Bodoc  le es fiel a expensas de la ficción que pide no sólo ser leída sino deseada…Así y todo, la obra es original, dinámica, sorprendente…    

miércoles, 4 de abril de 2012

Cómo es un loco.


Teorías pendientes de comprobación: Locura.





 Siempre escuché, por parte de estudiantes de psicología, que Lacan es un tipo difícil de leer…A la altura en que estos estudiantes se chocan con Los Escritos, han asimilado la estructura discursiva del texto “académico” al punto de que no se vislumbra con claridad el hecho de que toda realización teórica se expresa a través de signos, de representaciones de los hechos. La pretensión de univocidad de significado de los tratados de psicología se desmorona con Lacan, porque él comprende  el modelo estructuralista (primer Lacan)   en el campo paradigmático de la lingüística  en boga al momento de pensar en la etiología de las psicosis. Lacan escribe, entonces, a sabiendas de  que lo que hace, es ante todo, un juego con el discurso, no es casual, entonces, que el núcleo más potente de su teoría lo desarrolle con el título de “Escritos”. Lacan coloca al sujeto en el devenir de una cadena de significados que lo anteceden y lo preceden y se puede decir, groseramente, que un ser humano al nacer no es más que un conglomerado de carne y huesos informe hasta tanto sus padres o quién sea, lo introduzcan en el entramado de los símbolos. El acto mismo de ponerle nombre implica que ese pedazo de carne se inserte en la cadena, el nombre lo designa y lo envuelve en una tradición: los padres le dan así la primera cualidad del sujeto. La famosa teoría de “La metáfora del nombre del padre” (imposible de desarrollar en una entrada de blog), explica la incorporación del bebe al mundo de los signos a través de su propio nombre, es decir, la  representación de sí mismo,  primer paso en la conformación del sujeto, del yo y su ingreso a la cultura. Cabe aclarar, en esta rudimentaria explicación, que las analogías entre el signo lingüístico y el signo o “la letra “del inconsciente, sirven como modelo explicativo pero no son lo mismo, la facultad de estar “sujeto” a una cultura mediante la representación de uno mismo en el lenguaje, se logra a expensas de la sustracción del ser: el signo no es la cosa y existe sólo como representación, en tanto que, el “nombre” no es la persona, sino su ausencia.

La psicosis, la enfermedad mental crónica, que no se “cura”, tiene su origen en un fenómeno muy complejo que se traduce “forclusión” o “rechazo”: La metáfora del nombre del padre se desmorona, no se asimila la mediación entre el lenguaje y lo tangible, lo real. La ruptura del vínculo entre significados imposibilita la conformación del individuo en tanto sujeto “de la cultura”.

En la medida en que más o menos me fui interiorizando de este mecanismo me preguntaba qué pasa con ese ser humano que no pudo alcanzar la facultad de sujeto…(Algo me decía que esto era una nueva condena a la locura, que un loco no es sujeto de la cultura…algo así como “los perros no van al cielo”). Hay un texto fundamental para comprender la psicosis que revolucionó la psicología: el viejo y querido Freud había llegado a comprender que las psicosis y las neurosis son muy distintas, optó por centrarse en esta ultima patología, propia de la mujer victoriana,  consideró a la psicosis como incurable o intratable mediante el método de la transferencia y  dejó el camino abierto  para que Lacan desarrollara “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”.

Cuando me han preguntado cómo hago para vivir entre locos yo resumo toda la teoría en una breve explicación: todo loco, aunque no se le entienda cuando habla, o tenga un discurso caótico, también tiene una parte sana, por mínima que sea y con esa porción del sujeto que puedo comprender, vivo, interactúo, comparto y sufro. Leer la “Obra Completa” de Freud y Lacan, no cura, así como leer un tratado sobre Kinesiología no calma el dolor muscular…Pero es necesario conocer ciertos mecanismos para sobrellevar con dignidad la locura.

 Ahora me voy a apartar de lo general y voy a tomar nota de lo que es un loco, cómo es su vida, su economía, su sexualidad, su vida social. Hace poco le pregunté a una escritora que admiro si sabía lo que es un loco o si alguna vez había visto locos de verdad (y de cerca, sobre todo) y me dijo que realmente no, que solamente conocía locos menores o fingidos. Yo voy a hablar de la clase de locos que  conozco y que pertenecen al grupo de los esquizofrénicos, nombre harto genérico pera designar la naturaleza absolutamente  variada y compleja de las manifestaciones de esta enfermedad.

Vida del loco.

Como es de suponer, cada cultura tiene su propia visión respecto de la locura y la bibliografía al respecto es apasionante de leer sobre todo en Foucault, por lo que no quisiera entrometerme en un campo que apenas si conozco como lectora. Me limito a situarme sociohistóricamente en mi país, mi región y mi cultura.

Las posibilidades de tratamiento de la psicosis infantil están severamente marcadas por las variables económicas y educativas del entorno del niño. Los hijos de obreros que tienen esta enfermedad no tienen acceso a los centros especializados o lo tienen pero no disponen del capital cultural necesario para detectar la enfermedad y las posibilidades de tratamiento. Los chicos con psicosis van a parar a las escuelas especiales para chicos con distintas enfermedades, depósito tristísimo de niños que bien podrían interactuar con otros de las escuelas “comunes”. La esquizofrenia en muchos casos representa un deterioro importante de las capacidades cognitivas, pero en otros, la capacidad de aprendizaje está intacta y muchas veces, lejos de verse estimulada, se ve aplacada por un trato “diferencial” que no siempre es trato especializado precisamente.

Un niño con psicosis debe padecer las implicancias más remotas y brutales de la vieja pulseada “natura- nurtura” por lo que ha de deambular por psicopedagogos, psiquiatras, psicólogos, neurólogos quienes toman una parte de ese niño epistemológico, ya sea desde lo fisiológico, lo mecánico, lo sistémico, lo cognitivo, lo descuartizan y lo estigmatizan a temprana edad.

Unos padres (casi siempre madres, a decir verdad) de un niño con psicosis nunca son bien informados de la situación de su hijo y puedo señalar las dos causas más comunes: por un lado, los profesionales saben que realmente se trata de una enfermedad grave e incapacitante por lo que temen enfrentar la angustia de los padres, por otro lado, se subestima la capacidad de comprensión del fenómeno y consideran que los conocimientos “construidos popularmente” fuera del ámbito académico, son nocivos, peligrosos.

Aquí ya me he metido en otro problema relacionado con la economía de la cultura y es la lucha por el poder de “la especialización académica” en oposición a las lecturas no reguladas de las teorías de la mente. La apropiación de un profano en la materia de los conocimientos protocolares de la psiquiatría y sus amigas, la psicología y la neurología, es considerada peligrosa. Entre explicar “más o menos” qué está pasando con su hijo, y meterse de lleno en una materia pantanosa donde no existen La Psicología, La Psiquiatría, etc., como entidades alineadas a una misma doctrina, a una sola explicación, los profesionales prefieren no decir nada.

Por otra parte, el niño con psicosis debe enfrentar los estereotipos del cine y la literatura mal entendidos como reflejo de lo real: el psicótico es un asesino en potencia, usa sus personalidades múltiples para hacer el mal, mata a la madre, viola niños. Como todo artefacto artístico, los personajes sin conflicto carecen de atractivo (ver Cohelo, Pablo), y dentro de los tópicos del fantasy están profundamente arraigados y bellamente representados los personajes locos que hacen algo terrible a causa de su mal, lo cual no significa que un loco “normal”, corriente, necesariamente “termine” matando a alguien, o si lo hace ocurre en igual medida que en el mundo de los delincuentes comunes.

Decir “fulano es psicótico” por “fulano es un hijo de puta” también atenta contra la integridad social del niño con psicosis, una enfermedad maldita. Una vez que se sabe que un niño tiene psicosis, dejan de frecuentarlo por temor al contagio o el final trágico que puede desencadenar un loco. No lo invitan a los cumpleaños, no lo dejan ingresar a una escuela común, mucho menos en un equipo de futbol así sea de potrero. La gente en la calle siente pena por el niño y la madre que reniega con una pataleta, pero todo el peso recae en la madre, mientras la sociedad y la misma familia ignoran esa carga y sigue de largo…

Si un niño con psicosis, como todo niño, se encapricha con algo imposible (el ventilador de un comercio, por ejemplo) cualquier persona, cualquier transeúnte, se cree con derecho a dirigirle la palabra para “hacerlo razonar” y “enseñarle”, dos cosas que el niño sabe hacer perfectamente “cuando quiere”. Cualquiera se cree con derecho a “corregir “al niño con psicosis quien pone en jaque los estereotipos más básicos de la sociedad occidental: la propiedad privada, (todo le pertenece), la educación escolar (aprende de maneras atípicas, sobre todo lo referente al lenguaje, puede imitar el habla de un animal, el lenguaje de las traducciones mejicanas de películas de Hollywood), el derecho penal (sus actos son inimputables en todos los ámbitos).

Si el niño con psicosis además es pobre, es común que lo obliguen a trabajar vendiendo en la calle, o directamente es obligado a mendigar…si tiene muchos hermanos, el psicótico es condenado a la marginalidad, hoy, en mi país.

En situaciones menos extremas, el niño con psicosis, interactúa con su entorno bajo el mote de retrasado y  sus  actos son vistos con mayor indulgencia, lo cual no lo exime de la hostilidad social. Nadie desea tener como vecino a un niño psicótico que grita a cualquier hora o por cualquier cosa (tiene hidrofobia o siente que lo están torturando cuando lo bañan, necesita gritar con todas sus fuerzas antes de dormir, no soporta dormir en la cama, etc., etc., etc.).Si su familia vive en una casa alquilada, es probable que no quieran renovarle el contrato por los ruidos o las actitudes molestas del niño enfermo.

La presencia de un niño con psicosis pone a prueba la tolerancia del entorno extrafamiliar y la mezquindad de cada uno frente a lo que cuesta entender. En el imaginario social, el niño con esta enfermedad tiene que compensar sus arranques con alguna genialidad, como en la famosa película Raiman, cuando lo más probable es que a cambio de sus arranques el niño con psicosis no tenga preparado ningún número de circo…

Psicosis en el adulto.

Es extraño hablar de adultez en los casos de esquizofrenia ya que la evolución psicosexual de la persona corre por carriles distintos  al de las personas sanas y lo más difícil de entender es el hecho de que el “correr” que implica una linealidad cronológica  no existe en la esquizofrenia, tampoco conviene usar la palabra evolución en el sentido de mejoramiento ascendente ya que la generalidad es que la enfermedad evolucione en el  sentido de un deterioro psíquico cada vez mayor.

Por lo tanto no se puede hablar de adultez sino de la vida de la persona esquizofrénica  más allá de los 20 años de edad época en la cual se definen con mayor facilidad los rasgos de la esquizofrenia y probablemente cuente con algún tipo de tratamiento de orden psicofarmacológico. Los antipsicóticos funcionan sobre el sistema nervioso central inhibiendo o estimulando la dopamina y otras sustancias de orden químico que sufren alteraciones y producen alucinaciones visuales, auditivas y táctiles, alteraciones del sueño y en la alimentación, afasia, movimientos espasmódicos, risa inmotivada…

La apariencia típica del loco con pelo desgreñado y ropa grande, descolorida, tiene su explicación en el impacto que provoca en una familia con padre seniles o fallecidos la presencia de un adulto muchas veces incapaz de acceder al empleo, de generar su propia manutención por lo que sus allegados no quieren o no pueden “hacerse cargo” de una persona económicamente inactiva.

El loco que se queda sin padres depende de la caridad, la ropa usada, la pensión que otorga el estado, las academias de peluquería que necesitan voluntarios.

Qué hace un loco para no serlo, cómo se comporta, qué piensa y cómo vive son cuestiones que de por si ameritan su desarrollo en apartados siguientes.
http://www.angelfire.com/pe/actualidadpsi/lacan.html

lunes, 12 de marzo de 2012

Bloggeando desde un telefono.

Esto es como gritar adentro de un tanque y descubrir el eco...cuando se es niño. Esto de bloggear desde el telefono. Es un eco que nadie mas que uno mismo puede escuchar...Soy una forra porque tengo caracter intratable, sin embargo, siento que sin el apoyo de alguna amiga yo voy a renegar cada vez que caigan un par de gotas. Como una gotera que no recibe arreglo, yo atiendo a la pena cada vez que llueve. Como veo que ya oscurece, yo sufro algo dulce porque el no vendra. Atiendo a mis penas y no tengo amigás que despotriquen conmigo porque llueve y el no viene. Yo sufro en rosa y atiendo a mis penas. Y la culpa se sienta a sus anchas en mi cabeza. Aunque yo pago las cuentas y al peluquero que me fabrico asi como me ven, yo tengo una suave molestia porque el no aparece a pedir perdon. Extraño una madre que tambien atienda mis penas y me mienta un poco , aunque la culpa siempre sera mia y de un polvo apurado que me eche una vez.

sábado, 10 de marzo de 2012

Males menores.


Mis maldades.





Recién vengo de acompañar a mi hermano a la parada del colectivo, la cual consiste en un sucucho de chapa rodeado de pastizales, sobre Ruta Ocho. Una locura ponerse las sandalias con plataformón, pero no me quedó otra, caso de apuro…La cosa es que en esa esquina baldía ahora hay una cancha con muy lindo césped y se puede decir que es un espacio recuperado para el deporte sano. Nada más lejos de lo real, sin embargo: allí se dan lugar las más oscuras asociaciones que se puedan imaginar. Los “deportistas” son gente fracasada en sus delirios futboleros, dicho fracaso lo amenizan con litros y litros de cerveza. Algunos equipos son realmente patéticos: empleados contra jefes, empleados que invitan a un jefe y le tiran los mejores pases…(no me lo contaron, yo lo vi).Otros equipos de dudosa procedencia son los “amigos” contra amigos, puesto que  no existe la amistad en el futbol de canchita alquilada, ya no dejan participar del evento deportivo a cualquiera que se ofrezca a la ingrata posición del “ falta uno”, los partidos son meticulosamente programados porque los jugadores , al no ser profesionales, deben sortear muchos obstáculos : agenda, familia, trabajo, descanso…

No me gustan los equipitos improvisados con la lógica del “pan y queso” porque desde siempre dejaron afuera a los gordos, los putos, los rengos, los tímidos y “al chico pobre”, mediocre como los demás, pero sin dinero suficiente para el pancho, la coca y la cancha misma. Jugar de noche es más caro, además, por la gran cantidad de energía que demanda la potente iluminación que imitan los cánones televisivos y dan la sensación de escenificación, de evento. Los usuarios de este complejo deportivo, salvo excepciones, vuelven a sus casas en modestos vehículos, pero una o dos camionetas son de algún que otro jefacho, pequeño o mediano garca. Garca lo defino como la persona que tiene la mejor onda, las mejores intensiones, pero no dispone de tiempo para ejercerlas a causa de que todo lo ocupa en hacer guita ( poca o mucha, no importa el “romperse el orto laburando” para comprarse una camioneta fachera y muy cara…).Pero a pesar de la modestia de algunos jugadores, el ordenanza cree que anotar un punto para el equipo del “mejor” lo iguala de algún modo con el garca que odia pero desearía ser en recónditas fantasías.

Sí, les tengo una rara especie de bronca…no a todos los equipos, los pibes quedan más o menos a salvo de mi prejuicio. Pero los padres de familia…dudo que introduzcan a sus hijos con la misma pasión a la danza, el canto, el patinaje, la pintura, las lecturas…La mayoría deja “todo” por un rato y se imaginan que son mejores jugadores que los otros y anotar un punto los colma de placer…mientras la doña lucha con los hijos o los amantes, los peluqueros, los psicólogos, los supermercados chinos, la telenovela inverosímil…

Bueno, el destino quiso que una vez que el gordo se tomó el colectivo, una pelota volara, acompañada de un profundo UUUUhhhhh!!!!!, dicho a coro por el equipo damnificado. El balón cruzó la ruta poniendo en peligro el pasaje completo del 303 y el 365, quedó entre las ruedas de un vehículo particular y se estacionó en Chile y ruta ocho. Yo crucé en cuanto el tráfico me lo permitió y primero pensé en un gesto heroico: devolverles la pelota de una patada. Pero a medida que me aproximaba al balón comprendía que era imposible alcanzárselos de un solo envión y que sería un papelón mandarla de nuevo a la ruta…Además con las plataformas me era muy difícil caminar guardando la compostura a sabiendas de que veinte tipos me estaban mirando caminar de espaldas hacia la pelotita, con mi vestidito corto y mis tacones y lo único que escuchaba detrás era ¡la pelota!,¡ la pelota!...En fin, suma de todo y nada, tomé la pelota entre mis manos y les hice un gesto bastante evidente que vendría a significar “chau”, caminé doscientos metros hasta mi casa y salvo los gritos, nadie se dignó a correr por la pelota de cuero negro y naranja (después la vi bien) demostrando  así que el deporte es lo de menos en estos casos …

viernes, 2 de marzo de 2012

Carta a la Presi.

Le quería decir , con todo respeto, que su visión de lo que es un docente atrasa.La maestra normal o el profesor de saco y corbata son fósiles de museo.La mayoría de nosotros somos hijos de obreros y hemos estudiado durante la crisis del 2000, mis primeros sueldos los cobré en patacones que no pude guardar porque los necesitaba para el alquiler.Esos años fueron duros, viajábamos al profesorado colados en el tren, deseábamos la materialidad del libro y nos conformabámos con fotocopias.Yo, lo confieso, he robado porque no tenía libros en qué leer y me parecía que robar libros era como robar pan para comer...Disculpe que sea tan autorreferencial, tal vez no todos los docentes la han pasado tan mal como yo, que en mis primeros años como suplente más que tener vacaciones, me quedaba en la calle hasta marzo, con la incertidumbre de dónde habríamos de ir a parar...yo he salido a vender latas de gaseosas en pleno verano y cuando volvía aplastaba el culo en la silla para traducir Griego y Latín.Como miles de estudiantes en todo el mundo, mientras estudiaba lenguas muertas todo se caía a mi alrededor...
Bueno, le decía que lo de las vacaciones, además de ser un dato erróneo, es muy extraño, con la carga familiar que tengo , nunca me alcanzó este sueldo choto para ir a ningún lado.Las vacaciones las usé para leer, actualizarme, pensar cómo he de vérmelas este año con nuevas lecturas y las net, que aunque a mí no me la han dado, me parece una de las mejores cosas de su gobierno junto con la asignación universal por hijo y la jubilación de ama de casa.
Le quería comentar que de los doce años que hace que estoy trabajando y pagando religiosamente los descuentos por IOMA y Suteba, nunca usé sus servicios médicos hasta el año pasado en que nació mi hijito bebé.Todos los estudios de alta complejidad y el parto mismo (2000 pesos, una ganga para el actor de cine que me dieron a cambio)los pagué de mi bolsillo porque no podía ajustarme a la burocracia de IOMA en los casos de apuro y nunca puedo ajustarme a la burocracia sindical.Me sentí humillada cuando en Suteba General Sarmiento, me pidieron que escriba una nota y documente que fui mamá para que me "den" trecientos pesos y digo:¿Por qué, acaso existe algún compañero que mienta y finja haber tenido familia para currar 300 pesos?Si la burocracia sindical no me cree por el solo hecho de que declar que nació Pablito, que se guarden sus "beneficios".
Señora presidenta, no quiero alquilar más, el banco provincia no me facilita el crédito hipotecario, por motivos burocráticos no figuro como titular porque no salió la resolución (aunque soy titular desde 2007) y eso me impide gozar de los adicionales que me corresponden y el escalafón por antigüedad...Historias así hay miles, ya lo sé, pero yo le digo porque ya que me estoy tomando el trabajo de escribirle esta carta, le comento mi situación...
Por último, le quería decir que me da bronca que la critiquen por cualquier cosa, su aspecto personal, por ejemplo, me encanta que se arregle y use esa ropa que le queda tan bien, las joyas tampoco me parecen mal, usted es millonaria, todos lo sabemos por su declaración pública de patrimonio, por eso no me parece mal que se muestre tal cual es, sin la demagogia de hacerse la dama de hierro.A mí también me gustaría tener el brushing todas las mañanas y usar ropa linda (no digo de marca, que si no, no comemos)y maquillarme tan divina como usted...lo de las joyas no, porque sería una provocación para los estudiantes que se pelean por un panchito que el gobierno, o sea usted, les da para que coman...

jueves, 1 de marzo de 2012

Una esposa.Una amante.


Escuchó los pasos de su mujer y, por las dudas, volvió a meter el maniquí en el viejo  ropero del garaje. Calculó que ya sería la hora de cocinar, así que cerró todo con llave y fue a la cocina.
Husmeó  qué estaba haciendo su mujer.  Estaba frente al caballete  retocando  con barniz la figura de cuerpo entero  del muchacho  ese que quién sabe de dónde lo sacó. Seguro era un vendedor de baratijas venido de Argelia de esos  que tanto abundan ahora. Era simpático el negro y sabía tomar mate. Lástima que el pequeño atelier está  justo al lado del garaje lo que resulta una amenaza constante de intromisiones.
Se puso a cocinar un pollo  y mientras calentaba el horno, fue a sentarse al lado de su mujer. Hablaron de lo bien organizada que estuvo la fiesta de los egresados del conservatorio y de la ovación que había recibido ella al terminar su sentido discursete. Él la atrajo hacia sí y le dio un beso en el cuello. Realmente amaba a esa extraña mujercita gritona y linda, sentía respeto y envidia por su profesión de artista y por su delirio de grandeza.
 Como los dos son socialistas de palabra y en las acciones, no admiten la posibilidad de tener una señora inmigrante trabajando en las tareas domésticas, además de que tampoco entra en el presupuesto, entonces él se ocupa de los pequeños quehaceres de la casa y sobre todo de la cocina. No le desagrada, al contrario, siente que prepararle la cena a su señora lo eleva respecto de otros hombres incapaces de vérselas con empresas tan sutiles .Ella lo inspira y se siente libre entre los condimentos y el fuego .Su arte es efímero pero vital.
Preparó la mesa y llamó a Estela. Ella apareció en seguida con uno de sus increíbles atuendos. Quien la viera así vestida pensaría que Estela había viajado mucho y era mujer de mundo, pero no, siempre dependió de un salario del gobierno para vivir, aun así, vestía vestidos estrafalarios. Ahora se había puesto una especie de túnica o más bien un trapo rojo agujereado aquí y allá, caprichosamente, dejando ver su cuerpito casi infantil. Mientras comían ella estaba como pensando en algo que le molestaba. De pronto le preguntó si por casualidad él no había visto un par de aros de fantasía que habían comprado el fin de semana en la feria de artesanos. Él pensó un momento y le dijo que no, no los había visto pero estaba dispuesto a buscarlos después de cenar. Ella se lamentó de no haberlos usado siquiera y temía haber perdido en el camino el paquetito. Más tarde se fueron a dormir y de la nada ella le empezó  a tocar el pene. Tuvieron un orgasmo sin sobresaltos y se durmieron en seguida.
Al día siguiente Estela trabajaba de mañana así que él se levantó temprano y fue a comprar el pan. La piba que lo atendía siempre lo miraba con simpatía y él creía que hasta era posible que se le estuviera insinuando. Este sentimiento era acompañado de un dejo de superioridad. Creía que si bien la jovencita era apetecible, resultaba tonta e insulsa al lado del torbellino de pasiones que era su esposa.

Cuando volvió ella estaba llorando frente al espejo. Él la abrazó y le preguntó por qué esa tristeza y ella le dijo que se había imaginado lo amarga que sería la vida  si a ella le pasara algo y lo dejara solo. Él sintió una ternura como la que podría experimentar por un animalito en desgracia y la abrazó con fuerza: “Sin vos me muero”, dijo. Desayunaron y ella se fue a sacar el auto. Casi siempre, los días que tenía que madrugar, ella lloraba por cualquier motivo. Él hubiera querido ir corriendo al garaje a continuar con lo suyo, pero sabía por experiencia que ella podía regresar al momento porque se había olvidado algo. Así que juntó los restos del desayuno y dejó preparadas algunas cosas para el almuerzo.

Cuando calculó que Estela ya estaría en la escuela de arte, sacó de nuevo al maniquí de su claustro y le dio un beso. Lo sentó en un sillón sucio de lamparones de grasa y empezó a peinarlo con esmero. Después le pegó una pestaña que estaba por salirse y le cambió el vestido. Tenía dos: uno de noche y otro casual. El primero era un disfraz de sirena de lentejuelas rojas que Estela se puso una vez hace años para una fiesta. Lo atractivo de ese atuendo era el escote del cual asomaban los pechos  del maniquí. El vestido de día era también de Estela: cuello de camisa y estampado negro con pequeña florcitas blancas, un modelito pasado de moda pero con la pollera lo suficientemente corta como para dejar ver el nacimiento de la cola .Hoy había una novedad, los aros nuevos. Pensó: “Tengo una sorpresa para vos, puta”. Y le puso los aros. Se desilusionó de que uno le quedara más alto que el otro. Además como nunca se los había visto puestos a Estela, no pudo decidir si eran lindos o no.

Por supuesto el maniquí tiene nombre, Patricia se llama. Vino a parar a la casa como tantas otras cosas que Estela traía de la escuela por falta de lugar. Vaya a saber uno para qué lo usaban esos loquitos de la escuela de arte. Él sabía que Patricia no era virgen: algún pintor sensible ya la habría utilizado para saciar sus deseos…
Cierta vez que hicieron limpieza, Estela le dijo que lo llevara en el auto y lo tirara por ahí. Él obedeció, se fue con el auto hasta un lugar bastante desolado al costado de la ruta ocho y cuando lo estaba por tirar se le cruzó la idea de hacerse una paja y eyacular sobre el maniquí, en la boca del maniquí. Cuando lo dejó  trató de ocultarlo y ponerlo al resguardo de la lluvia.

Esa misma noche cuando fue a dejar a Estela en la escuela-trabajaba en el turno vespertino a veces- pasó a buscar al maniquí y por suerte allí estaba, un poco despeinado y polvoriento pero con la mirada muy clara y real. Desde entonces lo tiene oculto en el garaje y su pasatiempo principal es peinar y maquillar a Patricia para lo que viene después.
Cuando terminó con los aros empezó el juego. Patricia era una enfermera que salía del trabajo y esperaba el colectivo, en ocasiones él la abordaba como un caballero y la convencía con un discurso lascivo de ir a coger. a un zaguán. Otras veces él simplemente la golpeaba y la violaba por andar de noche con semejante escote y sin corpiño. Durante uno de esos episodios violentos, cayeron los dos al suelo y las lesiones de ella fueron graves: se le salió un brazo y se le descascaró la nariz. Él trató en vano de reimplantarle el brazo, no hubo forma. A pesar de la nariz mutilada, el rostro de Patricia era perfecto y sus ojos muy expresivos. .

Después del acto sexual (porque eso no se sabe si era coger, forcejear, cualquier maniquí de ocasión no estaba acondicionado para una vida sexual tan activa). siempre limpiaba al maniquí con una toalla y lo volvía a guardar en el ropero .
Por otro lado, esta actividad no le impedía desear a su mujer y hacerle el amor con regularidad. No pensaba en Patricia cuando estaba con ella.
Guardó, como siempre, a Patricia  con sumo cuidado de no dejar evidencias. Una vez se sobresaltó porque había sonado el timbre y en un descuido imperdonable le había quedado el vestido  sobresaliendo del ropero. Fue un milagro que Estela no se hubiera dado cuenta de nada.

Luego de las precauciones de rutina, se puso a mirar la tele  esperando el ruido del auto y el portón, pero en lugar de eso sonó el teléfono .Estela le avisaba que se quedaba a dormir en casa de una compañera que recientemente se había separado del marido. Bueno, pensó, ella también tenía derecho a pequeños permisos.

 Hizo algo que no había hecho antes: cenó en compañía de Patricia. Pero le dejó puesto el vestido de día porque el otro le pareció muy indecente para la mesa hogareña. Parecía que comían en silencio, pero  tenían un dialogo bastante fluido, él le comentaba los pormenores de la receta y ella le contestaba con frases humildes y breves, totalmente distintas a los elocuentes discursos de Estela. Eso lo desanimó un poco,  pero no se lo dijo a Patricia que parecía contenta con el evento.

Después de comer Patricia creyó que la llevaría a la cama matrimonial,  pero fue conducida al feo garaje. Esa noche él tomó el camino de la conquista galante, pero ella ponía cara de absoluta indiferencia. Entonces él le dio un beso brusco y la agarró del pelo. Patricia no gimió ni pidió socorro como acostumbraba cuando la violaban. Quizás por esto mismo a él le costó eyacular. Si Patricia creía que podía ocupar el sitio de Estela estaba muy equivocada, además, ¿desde cuándo tantos remilgos? La tomó de su único brazo y la estaba por meter de prepo en el ropero cuando le pareció que le había susurrado “cornudo”. Entonces la zamarreó y le pegó un cachetazo.” Mañana la tiro a la mierda”.
Pero Patricia no se asustó porque esta escena no era nueva.  Cada vez que Estela se va a dormir con uno de sus estudiantes, él pelea por cualquier cosa, pero al día siguiente parece olvidar todo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Lo alegórico en Daniel Moyano.La fábrica.


En 1960, Daniel Moyano publica su primer libro de cuentos Artista de variedades entre los que se incluye el que pego abajo: "La fábrica". Estos cuentos, al igual que los de La lombriz (1964), despliegan atmósferas asfixiantes con una cantidad mínima de elementos narrativos (no por nada Andrés Avellaneda realizó en los 70 un espléndido artículo narratológico titulado "Encuentro, pérdida, búsqueda, en los cuentos de Daniel Moyano."). En "La fábrica", en particular, se tematiza la alienación de un conjunto de hombres que obnubilados por una fábrica que les promete un futuro promisorio caen en un círculo vicioso de explotación en el que se oyen claros ecos kafkianos. Disfruten.
La palabra surgió de pronto en todas las bocas con un sentido mágico. Nadie había visto una fábrica en su vida, pero allí estaba la palabra para asegurar su existencia. La había traído un alemán. Según algunos, la había pronunciado en un bar, sin convicción alguna, mirando su vaso de cerveza, como si se le hubiese escapado de la boca. Era duro de lengua y en realidad no dijo fábrica sino fabrik, cuyo sonido era tenso como un vidrio. Nadie comprendió al comienzo el hechizo que acababa de producirse. Aquella noche los labradores siguieron bebiendo en silencio su vino cotidiano y se acostaron sin ningún presentimiento.
El alemán se marchó al día siguiente, pero volvió dos meses después para reparar el molino de los Morillo. En aquel pueblo no había mecánicos, pero el alemán venía a menudo en su Overland modelo 30 con la carrocería llena de caños, morsas, terrajas, llaves y repuestos para molinos. La palabra que él había pronunciado un par de meses antes se había convertido ahora en una especie de oración cotidiana. Todo el mundo hablaba de la fábrica y de sueldos increíbles, todo el mundo tenía la esperanza de poder ir allá algún día y ganar sumas fabulosas.
Cuando el alemán volvió y los labradores le preguntaron sobre la fábrica, respondió afirmativamente, pero sin convicción, como la primera vez, cuando anunció el prodigio. Dijo que era cierto y que efectivamente se ganaba mucho. Entonces nadie vaciló más.
Pero había varias leguas hasta la ciudad donde estaba la fábrica y el viaje era muy costoso. A pocos meses de la segunda entrada del alemán, uno solo, Ceballos, había logrado partir. Todos lo envidiaban y hablaban de sus defectos, pero tiempo después comenzaron a elogiar su decisión y a atribuirle poderes absolutos sobre las mujeres, las bebidas caras y los lugares prohibidos. Y nadie lo veía ya como había sido, con su sombrero de trapo, cuyas alas caían sobre su frente como el ruedo de un vestido; pero tampoco podían imaginarlo de otro modo porque un buen traje y un buen sombrero eran muy poco para el poder fabuloso que otorgaba el hecho de trabajar en la fábrica. De manera que Ceballos era un hombre invisible que existía sin embargo y que allá lejos dominaba el mundo a su antojo.
Nadie hablaba de la fuga que se preparaba, pero todos habían decidido partir secretamente, ganar la delantera por si fallaba algo. Temía cada uno para sí que la fábrica no pudiese albergar a tantos, de modo que casi nunca hablaban del asunto, y si lo hacían jamás mencionaban la posibilidad de partir. Pero, reunido el dinero para el pasaje, salían subrepticiamente. Bastaba tener el dinero para el viaje solamente, porque sin duda todo lo demás quedaba a cargo de la fábrica.
Una mañana, en el apeadero ferroviario, que estaba a poco menos de un kilómetro del pueblo, Alcántara esperaba impaciente la llegada del tren, Al fin partiría, como Ceballos, hacia la riqueza. El tren pasaría a las cinco de la mañana. Le quedaba casi media hora para regocijarse a sus anchas. ¡Cuántas cosas dirían de él al otro día! Sería un héroe. Ahora trabajaba en la fábrica. En eso vio moverse una sombra en el camino. Era Antúnez, que traía una valija bamboleando en la mano. Se sorprendieron al comienzo y se miraron con desconfianza, pero no tardaron en urdir una especie de complicidad. Después de todo el trabajo sobraría. Las fábricas eran grandes. En seguida, uno por uno, llegaron Pereyra, Gómez, Ramos, Buitrago, Camaño y Charaviglio. Entonces llegó el temor. Todos se sentían sustituidos, traicionados, y el desaliento los sobrecogía. Pero Buitrago, armado de valor, encomió la grandeza de la fábrica. Aquello era algo monumental. No había por qué tener miedo porque el trabajo no faltaría. Todos creyeron al pie de la letra, como suelen creer los aterrorizados. Buitrago, naturalmente, no tenía la menor idea sobre lo que podía ser una fábrica. Y aunque todos sabían que hablaba por hablar, que lo que decía no tenía ningún fundamento cierto, aceptaron a medias sus conceptos. Después que habló Buitrago llegaron todavía Rodríguez y Arguello, que alcanzaron a oír las últimas palabras del discurso. Los últimos fueron Santucho, Velárdez, Sandoval y Pacheco.
Cuando bajaron del tren empezaron a caminar como ebrios. Antúnez miraba hacia arriba como buscando la fábrica. Cerca de la estación, en una especie de playa, había un camión reluciente. Cuando pasaron por allí, mirando hacia los cuatro puntos, el conductor del camión, maravillosamente vestido, los llamó con un movimiento de la mano. Poco después estaban todos en la carrocería del vehículo viajando, por los últimos suburbios de la ciudad, hacia la fábrica. Santucho no quería explicarse, como otros, ese encuentro milagroso con el camión, que les permitía ahora estar viajando hacia la fábrica sin dudas ni búsquedas de ninguna naturaleza, y desechando toda explicación lógica pensaba que todo se debía al poder absoluto de la fábrica.
El camión había salido de la ciudad y se hallaba ahora en campo abierto. No se detuvo en la garita policial. El policía, viendo que se trataba del camión de la fábrica, hizo una venia respetuosa y lo dejó pasar; el conductor levantó apenas una mano del volante para saludarlo. "Claro, es la fábrica", pensaba Santucho e imaginaba que ella era como un ser humano con atributos tales como ternura, bondad, generosidad y paciencia.
Estaban en pleno campo y la fábrica no aparecía. El camino era de cemento, impecable, limpísimo, construido por la fábrica para su uso exclusivo. Alcántara, alto y flaco, estiraba el cuello de vez en cuando como para atisbarla. El camión comenzó a subir una cuesta. No le daba trabajo subir, pese a la cara que llevaba, y parecía deslizarse suavemente hacia abajo. Sin embargo subía. Cuando el camión llegó a la cúspide el deslumbramiento fue total. Allá estaba, imponente, eterna, poderosa, una mole de hierro y de cemento que turbó el ánimo de todos. Pacheco sintió que el corazón latía fuertemente y que tenía miedo. Siempre que había amado algo, también lo había temido.
El primer día no hicieron casi nada. Los llevaron por diversas dependencias, pincharon sus venas, desnudaron sus cuerpos (quizás no seamos totalmente hombres, pensaron algunos con temor), les preguntaron por sus padres y por sus abuelos, fotografiaron por dentro sus huesos y sus visceras, firmaron montones de papeles y finalmente conocieron el campamento donde dormirían desde esa noche.
Los días pesaban más dentro de la fábrica, pero la idea de las sumas fabulosas que cobrarían a fin de mes pesaba mucho más. Parecía una locura ganar tantos pesos por día, pero era cierto y así lo quería la fábrica. Un día Sandoval tuvo algunas dudas y quiso averiguar la verdad. Quería saber por qué ganaban tanto, hablar con alguien que pudiera explicarlo todo. Pero en la puerta de la oficina que le indicaron decía Do not slam the door, que él tradujo inmediatamente por "No se permiten preguntas", y se volvió explicándose a sí mismo lo que iba a preguntar, es decir, no explicándose nada, porque ahora se daba cuenta de que si hubiese entrado no habría sabido qué decir finalmente.
La leyenda de la puerta, pensaba Sandoval, coincidía con las respuestas que, según Pacheco, daba la muchacha de la entrada principal. Pacheco fue el único que vio la entrada principal de la fábrica. Todos habían entrado directamente por la planta de trabajo, de modo que no conocían todavía el frente del edificio, que sin duda sería imponente. Pacheco, durante el ir y venir del primer día, se desvió en un momento dado de los pasillos por donde los conducían y se encontró de pronto ante una inmensa fachada de aluminio. Vio muy poco, porque para ver todo hubiera necesitado alejarse unos cien metros, pero podía imaginar el resto. Cuando quiso entrar no encontró la puerta por donde había salido, caminó unos metros y se halló en una inmensa sala de vidrio salpicada de guardianes uniformados. Cuando uno de ellos le dijo que se retirara, él había alcanzado a ver y oír a una joven bellísima que sabía a la perfección cuanta pregunta se hiciera sobre la fábrica. Parecía una mujer edénica explicando a los que quisiesen las maravillas del mundo. Sus respuestas eran siempre breves y perfectas. Los que acudían a ella lo hacían generalmente para pedir algo, y ella respondía siempre con frases tales como "No damos tal cosa", o bien "Damos tal cosa". Al lado de la muchacha (y esto lo advirtió Pacheco mucho tiempo después de haberlo visto) había un joven exactamente igual a ella en belleza y donaire. Su aspecto general era el de un Adán perfecto, cinematográfico, y al verlos juntos había que pensar inmediatamente en un idilio. Sin embargo se detestaban. Escasamente hablaban entre ellos (salvo cuando se consultaban para poder brindar un servicio mejor) y sus miradas tenían rasgos fugaces de una ira velada y contenida. En realidad eran un solo ser perfecto, apenas separados por el sexo, suavemente lejano.
El día de pago se acercaba rápidamente y costaba acostumbrarse a la idea de cobrar tanto dinero a fin de mes. Parecía mentira, y Pacheco creía a ratos que, aunque fuese cierto, algún suceso imprevisto evitaría a último momento esa certeza. Por la noche sacaba cuentas y se decía que tanto dinero por mes significaba muchos pesos por día muchos pesos por hora, y hasta por minuto, y ahora estaba ganando dinero, en ese minuto, el dinero se acumulaba inexorablemente, sin término, y el solo hecho de existir significaba dinero. Y pensaba que los sábados por la tarde y los domingos no trabajaban, de manera que la fábrica les pagaba también el descanso. Ella había tomado sus existencias y les pagaba por todos los minutos de vida. Hasta la muerte estaba prevista en unas planillas, donde constaba que al morir ellos sus herederos cobrarían cierta cantidad de dinero.
La sección donde trabajaba Pacheco era una pieza de dos por tres, con muchos estantes y cajones llenos de tarjetas. Su tarea era mantener o guardar el orden, pero se trataba de un puro principio, porque todos sus jefes sabían que allí no podía haber orden y que no lo había habido nunca, salvo el primer día, cuando se abrió la fábrica. Era una especie de oficina de desperdicios administrativos, con numeraciones más bien falsas y documentos fingidos. El orden era simplemente visual. Aunque los cajones fuesen iguales, adentro, entre las tarjetas, figuraba el principio de un caos. Se sabía que era imposible evitarlo por la propia naturaleza de los documentos que allí había, pero él debía tratar de hacerlo, quizás por respeto a alguna ley íntima de la fábrica. Si después de largos esfuerzos lograba restablecer parcialmente el orden al cual se aspiraba, un papelito más que llegara destruiría todo lo hecho. Y eso no significaba en modo alguno que él fuese inútil, como lo había pensado muchas veces, y que tuviesen que echarlo, porque justamente para ese juego imposible lo había empleado la fábrica. Quizás él tuviese que ser, en todo caso, una simple presencia del orden. Lo trasladaron a esa sección desde que los capataces advirtieron que era un poco atolondrado y que una grúa le había rozado la cabeza. El último día del mes estaba próximo, el dinero estaba muy cerca de ellos, pero ellos eran otros. En tan poco tiempo la fábrica los había transformado. Pacheco advirtió el cambio. Sentía que soñaba menos y que hablaba de otro modo. Atribuyó el cambio al hecho de haberse desnudado el primer día. Por eso se había convertido en un hombre de la fábrica. Pero la certeza de ser otro la tuvo cuando recibió la carta de su mujer. Durante los primeros días Laura seguía siendo para él ese cuerpo cálido que con su desnudez lo protegía de la lúbrica y que lo esperaba allá lejos para cuando terminaran los días nuevos con sus infinitas imposiciones, pero ahora había perdido la percepción de aquella intimidad clara y transparente. La carta y las cosas que en ella decía su mujer eran cosas anteriores al conocimiento de la fábrica, y parecían superfluas.
El día anterior al pago fue deprimente. Todos andaban silenciosos, como secretamente cómplices de algún acto reprochable. Pacheco, desde su piecita, podía observarlos detenidamente mientras iban y venían por la planta, y los veía como mutilados. A Santucho, por ejemplo, le faltaba una pierna; a Charaviglio, un brazo; a Antúnez, los dientes; a Pereyra, una oreja. Hasta Arguello, que todos los días se asomaba para decirle así que a fin de mes va a haber plata, con una reiteración obsesiva, pasó ese día sin decir nada, y solo atinó a guiñar un ojo. Y no era que hubiesen variado las cosas, que hubiera algo que temer: la fábrica era siempre la misma y cumpliría con su promesa de pagarles, seguía siendo esa entidad poderosa que habían presentido cuando el alemán pronunció la palabra. Pero era terriblemente sorda, inconmovible, y jamás hubiera podido equivocarse, o ser una simplificación o la medida de sus necesidades. Ella superaba sus sueños y sus cálculos, incluso sus facultades receptivas. Era desmesuradamente cierta cuando ellos hubieran preferido que no fuera tan poderosa, que tuviera algún instante de debilidad.
De manera que era cierto, y al día siguiente cobrarían, tendrían en sus manos una cantidad de dinero que de otra manera hubieran tardado años en reunir. Esa noche, agitados en sus catres, no podían dormir. Iban a ser poderosos, iban a poder hacer muchas cosas vedadas, ni siquiera presentidas. Velárdez juraba que compraría por lo menos cien velas para San Cayetano, que encendería simultáneamente junto a un gran cuadro que haría hacer del santo. Gómez temblaba pensando que todos le robarían, los muy malditos le robarían el dinero que él había ganado en la fábrica. Ramos tendría todas las mujeres que hubiera, se acostaría con dos juntas cada noche, para eso pagaba. Pacheco sentía que en realidad no necesitaba ese dinero. Laura se lo había dicho unas horas antes de partir: "Vamos a tener que estar separados, por un poco más de plata". Pero era absurdo oír esa frase después de haber estado en la fábrica. Eran palabras tontas, infantiles como las de la carta. Nunca hubiera imaginado que Laura fuese tan tonta.
A las diez de la mañana Alcántara asomó la cabeza por la ventana de la pieza donde trabajaba Pacheco. "¿Cobraste?", preguntó. Cerró con llave y se fue a cobrar. Le dieron el sobre y firmó una planilla. Eso era todo. El dinero estaba allí, en sus manos. Después lo contaría.
Esa tarde, en el campamento, decidieron ir a la ciudad. Mientras se vestía, Pacheco pensaba en el instante en que bajaron del tren. La ciudad era ya la fábrica, el deslumbramiento, el orden, la riqueza, pero él extendía los ojos y no la veía por ninguna parte. Quizás fueran puras invenciones del alemán y de todos ellos; quizás fuese solamente la palabra. Sin embargo habían cobrado y ahora tenía el dinero en el bolsillo: dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil...
Un camión de la fábrica los llevó hasta la entrada da de la ciudad y volvió inmediatamente. Todavía era de día y había algunos negocios abiertos. Charaviglio compró un traje nuevo y tiró el otro en un baldío. Velárdez compró zapatos y guantes, pero conservó los zapatos viejos, que llevaba bajo el brazo atados con un hilo. Y casi todos ellos, por un capricho unánime, compraron sombreros de paja que correspondían a una moda en desuso pero que un turco previsor guardaba en polvorientos cajones. En todas partes les preguntaban si eran de la fábrica. Antúnez respondía con severidad, de acuerdo con el respeto con que formulaban la pregunta. Alguien a quien conocieron en un bar céntrico prometió) llevarlos adonde había mujeres, les habló de baños turcos y de casas de juego. El hombre parecía conocer maravillosamente bien todos los lugares, donde uno podía entregarse a algo distinto, donde podía gastarse largamente y olvidar el zumbido de la fábrica. La idea los entusiasmó un rato, pero prefirieron seguir por su cuenta, descubrir ellos mismos esos lugares codiciados. De modo que lo incorporaron al grupo para utilizarlo a su debido tiempo. El hombre, flaco pero robusto, siempre risueño y servicial, bebía alegremente. Todo lo hacía complacido y aclaraba a cada rato que él no tenía dinero. "Ya van a ver cuando estemos en La Gruta, con pocas luces y muchas mujeres", decía, pero los otros entraban a cuanto tugurio encontraban, los más feos y sucios, y lo obligaban a participar de sus alegrías pueriles, de sus pequeños placeres, de sus chistes tontos e inocentes. El hombre se desesperaba a ratos y les decía que estaban desperdiciando la plata, perdiendo cosas mejores y gastando el tiempo en bolichitos de mala muerte. En eso Arguello lo llamó "señor mago" y todos ellos festejaron la ocurrencia con risotadas.
Hacia las dos de la mañana llegaron a un bar suburbano, grande y sucio, ubicado cerca de una estación de ferrocarril. El mago se desesperaba. ¡Cuánto mejor hubiera sido estar en La Gruta, entre mujeres cimbreantes! El tocadiscos automático tocaba un tango, y un japonés dormitaba con la cabeza apoyada en el mostrador. Dejaron los sombreros sobre una mesa grande y juntando tres o cuatro de ellas se sentaron alrededor. Por indicación del mago pidieron cerveza, que "neutralizaba los efectos del vino". Pacheco bebía y se deleitaba oyendo el ruido de la máquina de preparar café. Era un ruido reposado, como si la máquina, ya dormida, respirara suavemente. La oía a través de las voces de sus compañeros y de los tangos melosos que cantaba Charaviglio. El mago hacía gestos de disgusto y engullía grandes cantidades de papas fritas. Habían llegado a la saciedad, pero permanecían allí como para ver qué había más allá. Tenía que haber algo mejor sin duda alguna.
Pacheco apoyó la cabeza contra la mesa. Hacía un buen rato que sentía los efectos del alcohol. Con todo lo bebido, apenas había gastado cien pesos. ¡Y cuánto dinero le quedaba todavía! Cerró los ojos y vio que más allá de la saciedad habían matado al japonés. Tenía dos venas al aire. Por una brotaba sangre y por la otra el mago le echaba vino con una botella. Velárdez caminaba por el techo y Antúnez orinaba una por una las botellas de los estantes. Alguien había amontonado todas las mesas en el centro del salón y con ellas y los sombreros encendían una gran fogata. Entonces venían mujeres desnudas para apagar el incendio, pero en vez de arrojar al fuego el agua de los cántaros danzaban con ellos, mientras un italiano, sentado sobre la máquina del café, tocaba una guitarra larga hasta el suelo.
Alzó la cabeza y miró. Casi todos sus compañeros dormitaban, borrachos, inclinados sobre las mesas. Se levantó. El aire fresco lo reanimó y empezó a caminar despacio. Cuando se acordó había salido de la ciudad. Unas malezas duras le rozaban los tobillos. Caminó mucho en la oscuridad hasta que vio brillar la luna. Al rato oyó el rumor lejano de la fábrica, a la izquierda. Avanzó entonces en dirección contraria, para no oír, pero el rumor, aunque debilitándose, persistía.
Estaba en medio del campo, rodeado de horizontes, con el dinero en el bolsillo. Metió la mano para contarlo otra vez: mil, dos mil, tres mil, cuatro mil... El rumor de la fábrica se había perdido, pero le quedaba el recuerdo en los oídos. Se sorprendió queriendo contar otra vez el dinero. Se acordó de pronto de una historia leída en una revista de historietas. Se llamaba "El ahorcado". Era la narración de un hombre que perdía mil pesos ajenos y se ahorcaba. Lo rodeaban hombres jóvenes y alegres que bailaban debajo de un árbol, entre una lluvia de billetes. El ahorcado y el dinero y el árbol también bailaban. Dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil...
Se detuvo. Había andado mucho y tendría que caminar rápido para llegar antes de que sonara el pito de la fábrica. No sabía qué hora era, pero el pito comenzaba a sonar cuando el cielo estaba como ahora.
El cielo estaba muy claro cuando llegó al bar. Un instante antes de entrar vio a Charaviglio cantando dentro del tocadiscos, sin cabeza. Todos estaban ahorcados. El japonés y el mago y las sillas y las mujeres desnudas y las baldosas y las mesas bailaban. Una lluvia de billetes rosados y azules caía desde el techo. En un ataúd enorme, en medio del salón, yacía Laura. Todos sus compañeros, a manera de homenaje, habían depositado sobre el cajón sus sombreros de paja. Cuando entró por fin, Argüello, desde lo profundo de su cara tostada, guiñó un ojo. Era el único despierto. Los demás dormían sobre las mesas. Algunos tenían los sombreros puestos. Charaviglio roncaba con la boca abierta. El japonés barría el piso. Entonces Pacheco comenzó a despertarlos sacudiéndolos en sus sillas y señalando la hora en el reloj de la pared. Eran las seis menos cuarto y sin duda ya no tendrían tiempo para llegar a la fábrica. Sin duda los' despedirían a todos por llegar tarde. No querían despertar, pero cuando alcanzaban a ver la hora saltaban de sus sillas como resortes. La idea de llegar tarde los sobrecogía.
Salieron a la calle y oyeron un rumor suave y rítmico entre la oscuridad indecisa, como un gran animal que respiraba en su cueva. Se acercaron. Era un camión de la fábrica, que los esperaba. Cuando subieron todos, sin asombro, el conductor encendió los faros y apretó el acelerador.


Afanado de:http://golosinacanibal.blogspot.com/2009/07/la-fabrica-daniel-moyano.html

lunes, 27 de febrero de 2012

Las maestras nos hacían formar en el patio mientras se realizaba la requisa de piojos.


Las maestras nos hacían formar en el patio mientras se realizaba la requisa de piojos. A mi hermana y a mí siempre nos hacían salir de la formación para pasar al frente a reunirnos con los otros escasos infortunados cuyo análisis había resultado positivo. El tal análisis consistía en pasarnos las puntas de dos biromes por el cuero cabelludo para detectar la pediculosis. En quinto grado tuvimos la suerte de tener una señorita que vaya uno a saber por qué, pasaba por alto  los molestos habitantes de nuestras cabelleras y no solo eso, mandaba al frente a los impecables. Año tras año escuchábamos el sermón del padre Itálico que, micrófono en mano, decía que la pobreza no era excusa para estar sucios, que los piojos eran la concreción de las peores acciones y valores: la pereza, el vicio. El padre Itálico decía que él había sido niño durante la guerra y a pesar del hambre jamás había alojado piojo alguno y que si hacía falta su madre le untaba el pelo con kerosén, lo cual era infinitamente mejor que andar mugriento.
La escuela era, ahora lo sé, una humilde parroquia de un humilde barrio suburbano, pero por aquel entonces nuestros padres la consideraban de una categoría muy superior a la de la escuela pública que estaba enfrente, placita de por medio. Bueno, tenía una campana y coro, la pintura siempre al día y casi todas las maestras eran rubias. Otra cosa que a los padres les parecía bien: en los recreos nos separaban de los varones. El patio de atrás donde les tocaba a ellos, era tabú, no se podía cruzar so pena de expulsión. Esa palabra equivalía al ostracismo, nos parecía que fuera de “La sagrada familia” no había nada, salvo una marginalidad honda como un pozo.

La pobreza era mal vista por dios quien la consideraba el resultado directo de la desidia y la pereza.  Progreso, en cambio,  llegar a ser propietario, era la representación del visto bueno del señor Dios. Esto lo aprendimos bien pronto y en estos términos, así, el sabor del recreo estaba cargado de significaciones  sociopolíticas y de hecho, en el pequeño bufet, muchos de nosotros ya éramos tempranamente catalogados como morosos.
Las oraciones de madrugada, el peinado con dos colitas, el bochinche de los más chiquitos, el olor a papel y a goma eran parte del repertorio de reminiscencias  entrañables de la escuela primaria. Éstos y muchos otros recuerdos permanecían sepultados hasta hace unas  horas atrás en que abrió la puerta  una anciana enclenque que venía a que le tiñan el pelo. Tenía la calaverita semi calva y usaba unos ajustados pantalones con estampado de leopardo. Sus ojos saltones estaban enmarcados por una gruesa capa de polvo azul. Con mi hermana la reconocimos en seguida y sin decirnos nada estuvimos de acuerdo en darle un  tratamiento especial a la maestra jubilada. Pusimos el cartelito de “cerrado” para que no ingresaran nuevas clientas dado que ya se aproximaba la hora del almuerzo. Le dije a una de nuestras empleadas que le preparara café y le hiciera un masaje capilar. Hace ya diez años que tenemos el salón en el centro y desde entonces han aparecido uno a uno casi todos los fantasmas del pasado por lo que no nos extrañó la legendaria presencia.

 La señorita Ana vivía todavía, había sido nuestra maestra en cuarto grado y su recuerdo me aparece asociado al mundial de futbol de México 86. Siempre nos hacía pasar al pizarrón y antes de dictarnos el problema, se interrumpía para exigirnos una postura adecuada: piernas juntas y espalda derecha, el mentón hacia el frente y la boca cerrada. Este último mandato era imposible de cumplir para mi hermana ya que tenía los dientes hacia fuera como un conejo, o peor aún porque además estaban separados y torcidos, le era imposible cerrar la boca por completo. Como es natural, se ponía roja de ira y de vergüenza. Un día, la señorita Ana nos dijo por lo bajo “piojosas”. Nos dio tanto miedo que hicimos como si no hubiéramos escuchado nada. Ese día la señorita estaba enojada y entró al salón ruciándonos con desodorante de ambiente que por ese entonces era un producto bastante rudimentario y tóxico sobre todo para mi hermana que era asmática y tenía alergia a los aerosoles. “Alérgicas a la limpieza son ustedes” nos dijo delante de todos. Justo era mi cumpleaños y como era costumbre, yo había llevado caramelos para compartir con los compañeros. Cuando sonó el timbre del recreo los repartí pero nadie los aceptó, ni siquiera el gordito Sotelo.
Teníamos una compañera que era la única que nos hablaba, se llamaba Alicia, y si bien no era tan pobre como nosotras, también la discriminaban por ser bigotuda. Bueno, el caso es que la señorita Ana lentamente la fue apartando de nosotras dándole pequeños privilegios como por ejemplo encomendándole que tocara el timbre, que lavara su tacita o que cargara su bolso al bajar las escaleras, para cuando repartí los caramelos de mi cumpleaños, tampoco la Alicia los quiso. Hasta el día de hoy me viene la imagen de los caramelos abandonados en los pupitres…Otra de las manías de la señorita Ana era pasar por alto la inteligencia de mi hermana que mal que le pesara era muy superior a la del resto nosotros por ese entonces. Todos los años ganaba en alguna categoría de los pequeños y pomposos campeonatos de habilidades que organizaba la escuela: Maratón de Lectura, Olimpiadas de Matemáticas, Concursos Literarios . Sin embargo ese año no obtuvo siquiera una mención puesto que no había pasado la preselección a cargo de la maestra. Ése año tampoco pude participar actuando en los actos patrióticos. Llegué a desear estar enferma para no ir a la escuela. Ahora que lo pienso supongo que todos tenemos entre los recuerdos de la escuela algún personaje lamentable, ya sea una maestra  injusta, o un compañero abuzon.Quisiera saber qué cosas hacen las personas para olvidar ese rencor.

Le dijimos a las chicas del salón que salieran a almorzar, que ya las alcanzaríamos. Si bien en su momento imaginé varias venganzas o reprimendas posibles para mitigar el escarnio causado por la señorita Ana, eso era cuestión del pasado y nunca hubiera imaginado la escena del reencuentro. Supongo que este será el momento de presentarse y hacer mención a lo ocurrido recordándole quizás su mal carácter ¿Mal carácter? Yo diría que algo más que eso…En fin, la vieja se pondría colorada y nosotras, en un gesto magnánimo, le regalaríamos el tratamiento capilar.  Así de injusta es la vida. Algo que nos machacaron bien en la escuelita parroquial era la virtud del perdón. En uno de los cuartos de servicio, me puse a mezclar los colores de la tintura tomándome mi tiempo, a mi hermana todavía le faltaba cortarle el pelo a la vieja. Parecía que hablaban muy animadamente. Mire mi cara en el espejo y me puse a leer un menú del bar abandonado en la repisa. Éste es un buen momento de mi vida y puedo mirar a la señorita Ana como desde un parapeto que me pone a salvo de cualquier humillación. He  ganado prestigio en mi profesión,  dinero no me falta, conozco  el mundo, tengo marido y amante. Terminé de mezclar los colores y escuché a ver si podía captar de qué estaban hablando…me acerqué sorprendida del repentino silencio de la señorita Ana. Mi hermana hablaba sola porque la señorita  ya no podía moverse aprisionado como estaba su cuellito de gallina con una toalla blanquísima. Todo fue mucho más sencillo de lo que hubiera imaginado, pues su cuerpo seco cabía perfectamente una bolsa de consorcio. No fue tan terrible como parece, así narrado, mi hermana no perdió el dominio de sí en ningún momento. No voy a negar, sin embargo, que experimenté cierta tensión cuando después de acomodar todo tuve que volver porque un zapato había ido a parar debajo de uno de los mostradores. Por último, la espera interminable en el bar de en frente  hasta la hora en que pasó el camión compactador de residuos con su alegre tronar nocturno. Y fue un verdadero alivio, porque en esta ciudad los servicios públicos funcionan muy mal.