jueves, 1 de marzo de 2012

Una esposa.Una amante.


Escuchó los pasos de su mujer y, por las dudas, volvió a meter el maniquí en el viejo  ropero del garaje. Calculó que ya sería la hora de cocinar, así que cerró todo con llave y fue a la cocina.
Husmeó  qué estaba haciendo su mujer.  Estaba frente al caballete  retocando  con barniz la figura de cuerpo entero  del muchacho  ese que quién sabe de dónde lo sacó. Seguro era un vendedor de baratijas venido de Argelia de esos  que tanto abundan ahora. Era simpático el negro y sabía tomar mate. Lástima que el pequeño atelier está  justo al lado del garaje lo que resulta una amenaza constante de intromisiones.
Se puso a cocinar un pollo  y mientras calentaba el horno, fue a sentarse al lado de su mujer. Hablaron de lo bien organizada que estuvo la fiesta de los egresados del conservatorio y de la ovación que había recibido ella al terminar su sentido discursete. Él la atrajo hacia sí y le dio un beso en el cuello. Realmente amaba a esa extraña mujercita gritona y linda, sentía respeto y envidia por su profesión de artista y por su delirio de grandeza.
 Como los dos son socialistas de palabra y en las acciones, no admiten la posibilidad de tener una señora inmigrante trabajando en las tareas domésticas, además de que tampoco entra en el presupuesto, entonces él se ocupa de los pequeños quehaceres de la casa y sobre todo de la cocina. No le desagrada, al contrario, siente que prepararle la cena a su señora lo eleva respecto de otros hombres incapaces de vérselas con empresas tan sutiles .Ella lo inspira y se siente libre entre los condimentos y el fuego .Su arte es efímero pero vital.
Preparó la mesa y llamó a Estela. Ella apareció en seguida con uno de sus increíbles atuendos. Quien la viera así vestida pensaría que Estela había viajado mucho y era mujer de mundo, pero no, siempre dependió de un salario del gobierno para vivir, aun así, vestía vestidos estrafalarios. Ahora se había puesto una especie de túnica o más bien un trapo rojo agujereado aquí y allá, caprichosamente, dejando ver su cuerpito casi infantil. Mientras comían ella estaba como pensando en algo que le molestaba. De pronto le preguntó si por casualidad él no había visto un par de aros de fantasía que habían comprado el fin de semana en la feria de artesanos. Él pensó un momento y le dijo que no, no los había visto pero estaba dispuesto a buscarlos después de cenar. Ella se lamentó de no haberlos usado siquiera y temía haber perdido en el camino el paquetito. Más tarde se fueron a dormir y de la nada ella le empezó  a tocar el pene. Tuvieron un orgasmo sin sobresaltos y se durmieron en seguida.
Al día siguiente Estela trabajaba de mañana así que él se levantó temprano y fue a comprar el pan. La piba que lo atendía siempre lo miraba con simpatía y él creía que hasta era posible que se le estuviera insinuando. Este sentimiento era acompañado de un dejo de superioridad. Creía que si bien la jovencita era apetecible, resultaba tonta e insulsa al lado del torbellino de pasiones que era su esposa.

Cuando volvió ella estaba llorando frente al espejo. Él la abrazó y le preguntó por qué esa tristeza y ella le dijo que se había imaginado lo amarga que sería la vida  si a ella le pasara algo y lo dejara solo. Él sintió una ternura como la que podría experimentar por un animalito en desgracia y la abrazó con fuerza: “Sin vos me muero”, dijo. Desayunaron y ella se fue a sacar el auto. Casi siempre, los días que tenía que madrugar, ella lloraba por cualquier motivo. Él hubiera querido ir corriendo al garaje a continuar con lo suyo, pero sabía por experiencia que ella podía regresar al momento porque se había olvidado algo. Así que juntó los restos del desayuno y dejó preparadas algunas cosas para el almuerzo.

Cuando calculó que Estela ya estaría en la escuela de arte, sacó de nuevo al maniquí de su claustro y le dio un beso. Lo sentó en un sillón sucio de lamparones de grasa y empezó a peinarlo con esmero. Después le pegó una pestaña que estaba por salirse y le cambió el vestido. Tenía dos: uno de noche y otro casual. El primero era un disfraz de sirena de lentejuelas rojas que Estela se puso una vez hace años para una fiesta. Lo atractivo de ese atuendo era el escote del cual asomaban los pechos  del maniquí. El vestido de día era también de Estela: cuello de camisa y estampado negro con pequeña florcitas blancas, un modelito pasado de moda pero con la pollera lo suficientemente corta como para dejar ver el nacimiento de la cola .Hoy había una novedad, los aros nuevos. Pensó: “Tengo una sorpresa para vos, puta”. Y le puso los aros. Se desilusionó de que uno le quedara más alto que el otro. Además como nunca se los había visto puestos a Estela, no pudo decidir si eran lindos o no.

Por supuesto el maniquí tiene nombre, Patricia se llama. Vino a parar a la casa como tantas otras cosas que Estela traía de la escuela por falta de lugar. Vaya a saber uno para qué lo usaban esos loquitos de la escuela de arte. Él sabía que Patricia no era virgen: algún pintor sensible ya la habría utilizado para saciar sus deseos…
Cierta vez que hicieron limpieza, Estela le dijo que lo llevara en el auto y lo tirara por ahí. Él obedeció, se fue con el auto hasta un lugar bastante desolado al costado de la ruta ocho y cuando lo estaba por tirar se le cruzó la idea de hacerse una paja y eyacular sobre el maniquí, en la boca del maniquí. Cuando lo dejó  trató de ocultarlo y ponerlo al resguardo de la lluvia.

Esa misma noche cuando fue a dejar a Estela en la escuela-trabajaba en el turno vespertino a veces- pasó a buscar al maniquí y por suerte allí estaba, un poco despeinado y polvoriento pero con la mirada muy clara y real. Desde entonces lo tiene oculto en el garaje y su pasatiempo principal es peinar y maquillar a Patricia para lo que viene después.
Cuando terminó con los aros empezó el juego. Patricia era una enfermera que salía del trabajo y esperaba el colectivo, en ocasiones él la abordaba como un caballero y la convencía con un discurso lascivo de ir a coger. a un zaguán. Otras veces él simplemente la golpeaba y la violaba por andar de noche con semejante escote y sin corpiño. Durante uno de esos episodios violentos, cayeron los dos al suelo y las lesiones de ella fueron graves: se le salió un brazo y se le descascaró la nariz. Él trató en vano de reimplantarle el brazo, no hubo forma. A pesar de la nariz mutilada, el rostro de Patricia era perfecto y sus ojos muy expresivos. .

Después del acto sexual (porque eso no se sabe si era coger, forcejear, cualquier maniquí de ocasión no estaba acondicionado para una vida sexual tan activa). siempre limpiaba al maniquí con una toalla y lo volvía a guardar en el ropero .
Por otro lado, esta actividad no le impedía desear a su mujer y hacerle el amor con regularidad. No pensaba en Patricia cuando estaba con ella.
Guardó, como siempre, a Patricia  con sumo cuidado de no dejar evidencias. Una vez se sobresaltó porque había sonado el timbre y en un descuido imperdonable le había quedado el vestido  sobresaliendo del ropero. Fue un milagro que Estela no se hubiera dado cuenta de nada.

Luego de las precauciones de rutina, se puso a mirar la tele  esperando el ruido del auto y el portón, pero en lugar de eso sonó el teléfono .Estela le avisaba que se quedaba a dormir en casa de una compañera que recientemente se había separado del marido. Bueno, pensó, ella también tenía derecho a pequeños permisos.

 Hizo algo que no había hecho antes: cenó en compañía de Patricia. Pero le dejó puesto el vestido de día porque el otro le pareció muy indecente para la mesa hogareña. Parecía que comían en silencio, pero  tenían un dialogo bastante fluido, él le comentaba los pormenores de la receta y ella le contestaba con frases humildes y breves, totalmente distintas a los elocuentes discursos de Estela. Eso lo desanimó un poco,  pero no se lo dijo a Patricia que parecía contenta con el evento.

Después de comer Patricia creyó que la llevaría a la cama matrimonial,  pero fue conducida al feo garaje. Esa noche él tomó el camino de la conquista galante, pero ella ponía cara de absoluta indiferencia. Entonces él le dio un beso brusco y la agarró del pelo. Patricia no gimió ni pidió socorro como acostumbraba cuando la violaban. Quizás por esto mismo a él le costó eyacular. Si Patricia creía que podía ocupar el sitio de Estela estaba muy equivocada, además, ¿desde cuándo tantos remilgos? La tomó de su único brazo y la estaba por meter de prepo en el ropero cuando le pareció que le había susurrado “cornudo”. Entonces la zamarreó y le pegó un cachetazo.” Mañana la tiro a la mierda”.
Pero Patricia no se asustó porque esta escena no era nueva.  Cada vez que Estela se va a dormir con uno de sus estudiantes, él pelea por cualquier cosa, pero al día siguiente parece olvidar todo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Lo alegórico en Daniel Moyano.La fábrica.


En 1960, Daniel Moyano publica su primer libro de cuentos Artista de variedades entre los que se incluye el que pego abajo: "La fábrica". Estos cuentos, al igual que los de La lombriz (1964), despliegan atmósferas asfixiantes con una cantidad mínima de elementos narrativos (no por nada Andrés Avellaneda realizó en los 70 un espléndido artículo narratológico titulado "Encuentro, pérdida, búsqueda, en los cuentos de Daniel Moyano."). En "La fábrica", en particular, se tematiza la alienación de un conjunto de hombres que obnubilados por una fábrica que les promete un futuro promisorio caen en un círculo vicioso de explotación en el que se oyen claros ecos kafkianos. Disfruten.
La palabra surgió de pronto en todas las bocas con un sentido mágico. Nadie había visto una fábrica en su vida, pero allí estaba la palabra para asegurar su existencia. La había traído un alemán. Según algunos, la había pronunciado en un bar, sin convicción alguna, mirando su vaso de cerveza, como si se le hubiese escapado de la boca. Era duro de lengua y en realidad no dijo fábrica sino fabrik, cuyo sonido era tenso como un vidrio. Nadie comprendió al comienzo el hechizo que acababa de producirse. Aquella noche los labradores siguieron bebiendo en silencio su vino cotidiano y se acostaron sin ningún presentimiento.
El alemán se marchó al día siguiente, pero volvió dos meses después para reparar el molino de los Morillo. En aquel pueblo no había mecánicos, pero el alemán venía a menudo en su Overland modelo 30 con la carrocería llena de caños, morsas, terrajas, llaves y repuestos para molinos. La palabra que él había pronunciado un par de meses antes se había convertido ahora en una especie de oración cotidiana. Todo el mundo hablaba de la fábrica y de sueldos increíbles, todo el mundo tenía la esperanza de poder ir allá algún día y ganar sumas fabulosas.
Cuando el alemán volvió y los labradores le preguntaron sobre la fábrica, respondió afirmativamente, pero sin convicción, como la primera vez, cuando anunció el prodigio. Dijo que era cierto y que efectivamente se ganaba mucho. Entonces nadie vaciló más.
Pero había varias leguas hasta la ciudad donde estaba la fábrica y el viaje era muy costoso. A pocos meses de la segunda entrada del alemán, uno solo, Ceballos, había logrado partir. Todos lo envidiaban y hablaban de sus defectos, pero tiempo después comenzaron a elogiar su decisión y a atribuirle poderes absolutos sobre las mujeres, las bebidas caras y los lugares prohibidos. Y nadie lo veía ya como había sido, con su sombrero de trapo, cuyas alas caían sobre su frente como el ruedo de un vestido; pero tampoco podían imaginarlo de otro modo porque un buen traje y un buen sombrero eran muy poco para el poder fabuloso que otorgaba el hecho de trabajar en la fábrica. De manera que Ceballos era un hombre invisible que existía sin embargo y que allá lejos dominaba el mundo a su antojo.
Nadie hablaba de la fuga que se preparaba, pero todos habían decidido partir secretamente, ganar la delantera por si fallaba algo. Temía cada uno para sí que la fábrica no pudiese albergar a tantos, de modo que casi nunca hablaban del asunto, y si lo hacían jamás mencionaban la posibilidad de partir. Pero, reunido el dinero para el pasaje, salían subrepticiamente. Bastaba tener el dinero para el viaje solamente, porque sin duda todo lo demás quedaba a cargo de la fábrica.
Una mañana, en el apeadero ferroviario, que estaba a poco menos de un kilómetro del pueblo, Alcántara esperaba impaciente la llegada del tren, Al fin partiría, como Ceballos, hacia la riqueza. El tren pasaría a las cinco de la mañana. Le quedaba casi media hora para regocijarse a sus anchas. ¡Cuántas cosas dirían de él al otro día! Sería un héroe. Ahora trabajaba en la fábrica. En eso vio moverse una sombra en el camino. Era Antúnez, que traía una valija bamboleando en la mano. Se sorprendieron al comienzo y se miraron con desconfianza, pero no tardaron en urdir una especie de complicidad. Después de todo el trabajo sobraría. Las fábricas eran grandes. En seguida, uno por uno, llegaron Pereyra, Gómez, Ramos, Buitrago, Camaño y Charaviglio. Entonces llegó el temor. Todos se sentían sustituidos, traicionados, y el desaliento los sobrecogía. Pero Buitrago, armado de valor, encomió la grandeza de la fábrica. Aquello era algo monumental. No había por qué tener miedo porque el trabajo no faltaría. Todos creyeron al pie de la letra, como suelen creer los aterrorizados. Buitrago, naturalmente, no tenía la menor idea sobre lo que podía ser una fábrica. Y aunque todos sabían que hablaba por hablar, que lo que decía no tenía ningún fundamento cierto, aceptaron a medias sus conceptos. Después que habló Buitrago llegaron todavía Rodríguez y Arguello, que alcanzaron a oír las últimas palabras del discurso. Los últimos fueron Santucho, Velárdez, Sandoval y Pacheco.
Cuando bajaron del tren empezaron a caminar como ebrios. Antúnez miraba hacia arriba como buscando la fábrica. Cerca de la estación, en una especie de playa, había un camión reluciente. Cuando pasaron por allí, mirando hacia los cuatro puntos, el conductor del camión, maravillosamente vestido, los llamó con un movimiento de la mano. Poco después estaban todos en la carrocería del vehículo viajando, por los últimos suburbios de la ciudad, hacia la fábrica. Santucho no quería explicarse, como otros, ese encuentro milagroso con el camión, que les permitía ahora estar viajando hacia la fábrica sin dudas ni búsquedas de ninguna naturaleza, y desechando toda explicación lógica pensaba que todo se debía al poder absoluto de la fábrica.
El camión había salido de la ciudad y se hallaba ahora en campo abierto. No se detuvo en la garita policial. El policía, viendo que se trataba del camión de la fábrica, hizo una venia respetuosa y lo dejó pasar; el conductor levantó apenas una mano del volante para saludarlo. "Claro, es la fábrica", pensaba Santucho e imaginaba que ella era como un ser humano con atributos tales como ternura, bondad, generosidad y paciencia.
Estaban en pleno campo y la fábrica no aparecía. El camino era de cemento, impecable, limpísimo, construido por la fábrica para su uso exclusivo. Alcántara, alto y flaco, estiraba el cuello de vez en cuando como para atisbarla. El camión comenzó a subir una cuesta. No le daba trabajo subir, pese a la cara que llevaba, y parecía deslizarse suavemente hacia abajo. Sin embargo subía. Cuando el camión llegó a la cúspide el deslumbramiento fue total. Allá estaba, imponente, eterna, poderosa, una mole de hierro y de cemento que turbó el ánimo de todos. Pacheco sintió que el corazón latía fuertemente y que tenía miedo. Siempre que había amado algo, también lo había temido.
El primer día no hicieron casi nada. Los llevaron por diversas dependencias, pincharon sus venas, desnudaron sus cuerpos (quizás no seamos totalmente hombres, pensaron algunos con temor), les preguntaron por sus padres y por sus abuelos, fotografiaron por dentro sus huesos y sus visceras, firmaron montones de papeles y finalmente conocieron el campamento donde dormirían desde esa noche.
Los días pesaban más dentro de la fábrica, pero la idea de las sumas fabulosas que cobrarían a fin de mes pesaba mucho más. Parecía una locura ganar tantos pesos por día, pero era cierto y así lo quería la fábrica. Un día Sandoval tuvo algunas dudas y quiso averiguar la verdad. Quería saber por qué ganaban tanto, hablar con alguien que pudiera explicarlo todo. Pero en la puerta de la oficina que le indicaron decía Do not slam the door, que él tradujo inmediatamente por "No se permiten preguntas", y se volvió explicándose a sí mismo lo que iba a preguntar, es decir, no explicándose nada, porque ahora se daba cuenta de que si hubiese entrado no habría sabido qué decir finalmente.
La leyenda de la puerta, pensaba Sandoval, coincidía con las respuestas que, según Pacheco, daba la muchacha de la entrada principal. Pacheco fue el único que vio la entrada principal de la fábrica. Todos habían entrado directamente por la planta de trabajo, de modo que no conocían todavía el frente del edificio, que sin duda sería imponente. Pacheco, durante el ir y venir del primer día, se desvió en un momento dado de los pasillos por donde los conducían y se encontró de pronto ante una inmensa fachada de aluminio. Vio muy poco, porque para ver todo hubiera necesitado alejarse unos cien metros, pero podía imaginar el resto. Cuando quiso entrar no encontró la puerta por donde había salido, caminó unos metros y se halló en una inmensa sala de vidrio salpicada de guardianes uniformados. Cuando uno de ellos le dijo que se retirara, él había alcanzado a ver y oír a una joven bellísima que sabía a la perfección cuanta pregunta se hiciera sobre la fábrica. Parecía una mujer edénica explicando a los que quisiesen las maravillas del mundo. Sus respuestas eran siempre breves y perfectas. Los que acudían a ella lo hacían generalmente para pedir algo, y ella respondía siempre con frases tales como "No damos tal cosa", o bien "Damos tal cosa". Al lado de la muchacha (y esto lo advirtió Pacheco mucho tiempo después de haberlo visto) había un joven exactamente igual a ella en belleza y donaire. Su aspecto general era el de un Adán perfecto, cinematográfico, y al verlos juntos había que pensar inmediatamente en un idilio. Sin embargo se detestaban. Escasamente hablaban entre ellos (salvo cuando se consultaban para poder brindar un servicio mejor) y sus miradas tenían rasgos fugaces de una ira velada y contenida. En realidad eran un solo ser perfecto, apenas separados por el sexo, suavemente lejano.
El día de pago se acercaba rápidamente y costaba acostumbrarse a la idea de cobrar tanto dinero a fin de mes. Parecía mentira, y Pacheco creía a ratos que, aunque fuese cierto, algún suceso imprevisto evitaría a último momento esa certeza. Por la noche sacaba cuentas y se decía que tanto dinero por mes significaba muchos pesos por día muchos pesos por hora, y hasta por minuto, y ahora estaba ganando dinero, en ese minuto, el dinero se acumulaba inexorablemente, sin término, y el solo hecho de existir significaba dinero. Y pensaba que los sábados por la tarde y los domingos no trabajaban, de manera que la fábrica les pagaba también el descanso. Ella había tomado sus existencias y les pagaba por todos los minutos de vida. Hasta la muerte estaba prevista en unas planillas, donde constaba que al morir ellos sus herederos cobrarían cierta cantidad de dinero.
La sección donde trabajaba Pacheco era una pieza de dos por tres, con muchos estantes y cajones llenos de tarjetas. Su tarea era mantener o guardar el orden, pero se trataba de un puro principio, porque todos sus jefes sabían que allí no podía haber orden y que no lo había habido nunca, salvo el primer día, cuando se abrió la fábrica. Era una especie de oficina de desperdicios administrativos, con numeraciones más bien falsas y documentos fingidos. El orden era simplemente visual. Aunque los cajones fuesen iguales, adentro, entre las tarjetas, figuraba el principio de un caos. Se sabía que era imposible evitarlo por la propia naturaleza de los documentos que allí había, pero él debía tratar de hacerlo, quizás por respeto a alguna ley íntima de la fábrica. Si después de largos esfuerzos lograba restablecer parcialmente el orden al cual se aspiraba, un papelito más que llegara destruiría todo lo hecho. Y eso no significaba en modo alguno que él fuese inútil, como lo había pensado muchas veces, y que tuviesen que echarlo, porque justamente para ese juego imposible lo había empleado la fábrica. Quizás él tuviese que ser, en todo caso, una simple presencia del orden. Lo trasladaron a esa sección desde que los capataces advirtieron que era un poco atolondrado y que una grúa le había rozado la cabeza. El último día del mes estaba próximo, el dinero estaba muy cerca de ellos, pero ellos eran otros. En tan poco tiempo la fábrica los había transformado. Pacheco advirtió el cambio. Sentía que soñaba menos y que hablaba de otro modo. Atribuyó el cambio al hecho de haberse desnudado el primer día. Por eso se había convertido en un hombre de la fábrica. Pero la certeza de ser otro la tuvo cuando recibió la carta de su mujer. Durante los primeros días Laura seguía siendo para él ese cuerpo cálido que con su desnudez lo protegía de la lúbrica y que lo esperaba allá lejos para cuando terminaran los días nuevos con sus infinitas imposiciones, pero ahora había perdido la percepción de aquella intimidad clara y transparente. La carta y las cosas que en ella decía su mujer eran cosas anteriores al conocimiento de la fábrica, y parecían superfluas.
El día anterior al pago fue deprimente. Todos andaban silenciosos, como secretamente cómplices de algún acto reprochable. Pacheco, desde su piecita, podía observarlos detenidamente mientras iban y venían por la planta, y los veía como mutilados. A Santucho, por ejemplo, le faltaba una pierna; a Charaviglio, un brazo; a Antúnez, los dientes; a Pereyra, una oreja. Hasta Arguello, que todos los días se asomaba para decirle así que a fin de mes va a haber plata, con una reiteración obsesiva, pasó ese día sin decir nada, y solo atinó a guiñar un ojo. Y no era que hubiesen variado las cosas, que hubiera algo que temer: la fábrica era siempre la misma y cumpliría con su promesa de pagarles, seguía siendo esa entidad poderosa que habían presentido cuando el alemán pronunció la palabra. Pero era terriblemente sorda, inconmovible, y jamás hubiera podido equivocarse, o ser una simplificación o la medida de sus necesidades. Ella superaba sus sueños y sus cálculos, incluso sus facultades receptivas. Era desmesuradamente cierta cuando ellos hubieran preferido que no fuera tan poderosa, que tuviera algún instante de debilidad.
De manera que era cierto, y al día siguiente cobrarían, tendrían en sus manos una cantidad de dinero que de otra manera hubieran tardado años en reunir. Esa noche, agitados en sus catres, no podían dormir. Iban a ser poderosos, iban a poder hacer muchas cosas vedadas, ni siquiera presentidas. Velárdez juraba que compraría por lo menos cien velas para San Cayetano, que encendería simultáneamente junto a un gran cuadro que haría hacer del santo. Gómez temblaba pensando que todos le robarían, los muy malditos le robarían el dinero que él había ganado en la fábrica. Ramos tendría todas las mujeres que hubiera, se acostaría con dos juntas cada noche, para eso pagaba. Pacheco sentía que en realidad no necesitaba ese dinero. Laura se lo había dicho unas horas antes de partir: "Vamos a tener que estar separados, por un poco más de plata". Pero era absurdo oír esa frase después de haber estado en la fábrica. Eran palabras tontas, infantiles como las de la carta. Nunca hubiera imaginado que Laura fuese tan tonta.
A las diez de la mañana Alcántara asomó la cabeza por la ventana de la pieza donde trabajaba Pacheco. "¿Cobraste?", preguntó. Cerró con llave y se fue a cobrar. Le dieron el sobre y firmó una planilla. Eso era todo. El dinero estaba allí, en sus manos. Después lo contaría.
Esa tarde, en el campamento, decidieron ir a la ciudad. Mientras se vestía, Pacheco pensaba en el instante en que bajaron del tren. La ciudad era ya la fábrica, el deslumbramiento, el orden, la riqueza, pero él extendía los ojos y no la veía por ninguna parte. Quizás fueran puras invenciones del alemán y de todos ellos; quizás fuese solamente la palabra. Sin embargo habían cobrado y ahora tenía el dinero en el bolsillo: dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil...
Un camión de la fábrica los llevó hasta la entrada da de la ciudad y volvió inmediatamente. Todavía era de día y había algunos negocios abiertos. Charaviglio compró un traje nuevo y tiró el otro en un baldío. Velárdez compró zapatos y guantes, pero conservó los zapatos viejos, que llevaba bajo el brazo atados con un hilo. Y casi todos ellos, por un capricho unánime, compraron sombreros de paja que correspondían a una moda en desuso pero que un turco previsor guardaba en polvorientos cajones. En todas partes les preguntaban si eran de la fábrica. Antúnez respondía con severidad, de acuerdo con el respeto con que formulaban la pregunta. Alguien a quien conocieron en un bar céntrico prometió) llevarlos adonde había mujeres, les habló de baños turcos y de casas de juego. El hombre parecía conocer maravillosamente bien todos los lugares, donde uno podía entregarse a algo distinto, donde podía gastarse largamente y olvidar el zumbido de la fábrica. La idea los entusiasmó un rato, pero prefirieron seguir por su cuenta, descubrir ellos mismos esos lugares codiciados. De modo que lo incorporaron al grupo para utilizarlo a su debido tiempo. El hombre, flaco pero robusto, siempre risueño y servicial, bebía alegremente. Todo lo hacía complacido y aclaraba a cada rato que él no tenía dinero. "Ya van a ver cuando estemos en La Gruta, con pocas luces y muchas mujeres", decía, pero los otros entraban a cuanto tugurio encontraban, los más feos y sucios, y lo obligaban a participar de sus alegrías pueriles, de sus pequeños placeres, de sus chistes tontos e inocentes. El hombre se desesperaba a ratos y les decía que estaban desperdiciando la plata, perdiendo cosas mejores y gastando el tiempo en bolichitos de mala muerte. En eso Arguello lo llamó "señor mago" y todos ellos festejaron la ocurrencia con risotadas.
Hacia las dos de la mañana llegaron a un bar suburbano, grande y sucio, ubicado cerca de una estación de ferrocarril. El mago se desesperaba. ¡Cuánto mejor hubiera sido estar en La Gruta, entre mujeres cimbreantes! El tocadiscos automático tocaba un tango, y un japonés dormitaba con la cabeza apoyada en el mostrador. Dejaron los sombreros sobre una mesa grande y juntando tres o cuatro de ellas se sentaron alrededor. Por indicación del mago pidieron cerveza, que "neutralizaba los efectos del vino". Pacheco bebía y se deleitaba oyendo el ruido de la máquina de preparar café. Era un ruido reposado, como si la máquina, ya dormida, respirara suavemente. La oía a través de las voces de sus compañeros y de los tangos melosos que cantaba Charaviglio. El mago hacía gestos de disgusto y engullía grandes cantidades de papas fritas. Habían llegado a la saciedad, pero permanecían allí como para ver qué había más allá. Tenía que haber algo mejor sin duda alguna.
Pacheco apoyó la cabeza contra la mesa. Hacía un buen rato que sentía los efectos del alcohol. Con todo lo bebido, apenas había gastado cien pesos. ¡Y cuánto dinero le quedaba todavía! Cerró los ojos y vio que más allá de la saciedad habían matado al japonés. Tenía dos venas al aire. Por una brotaba sangre y por la otra el mago le echaba vino con una botella. Velárdez caminaba por el techo y Antúnez orinaba una por una las botellas de los estantes. Alguien había amontonado todas las mesas en el centro del salón y con ellas y los sombreros encendían una gran fogata. Entonces venían mujeres desnudas para apagar el incendio, pero en vez de arrojar al fuego el agua de los cántaros danzaban con ellos, mientras un italiano, sentado sobre la máquina del café, tocaba una guitarra larga hasta el suelo.
Alzó la cabeza y miró. Casi todos sus compañeros dormitaban, borrachos, inclinados sobre las mesas. Se levantó. El aire fresco lo reanimó y empezó a caminar despacio. Cuando se acordó había salido de la ciudad. Unas malezas duras le rozaban los tobillos. Caminó mucho en la oscuridad hasta que vio brillar la luna. Al rato oyó el rumor lejano de la fábrica, a la izquierda. Avanzó entonces en dirección contraria, para no oír, pero el rumor, aunque debilitándose, persistía.
Estaba en medio del campo, rodeado de horizontes, con el dinero en el bolsillo. Metió la mano para contarlo otra vez: mil, dos mil, tres mil, cuatro mil... El rumor de la fábrica se había perdido, pero le quedaba el recuerdo en los oídos. Se sorprendió queriendo contar otra vez el dinero. Se acordó de pronto de una historia leída en una revista de historietas. Se llamaba "El ahorcado". Era la narración de un hombre que perdía mil pesos ajenos y se ahorcaba. Lo rodeaban hombres jóvenes y alegres que bailaban debajo de un árbol, entre una lluvia de billetes. El ahorcado y el dinero y el árbol también bailaban. Dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil...
Se detuvo. Había andado mucho y tendría que caminar rápido para llegar antes de que sonara el pito de la fábrica. No sabía qué hora era, pero el pito comenzaba a sonar cuando el cielo estaba como ahora.
El cielo estaba muy claro cuando llegó al bar. Un instante antes de entrar vio a Charaviglio cantando dentro del tocadiscos, sin cabeza. Todos estaban ahorcados. El japonés y el mago y las sillas y las mujeres desnudas y las baldosas y las mesas bailaban. Una lluvia de billetes rosados y azules caía desde el techo. En un ataúd enorme, en medio del salón, yacía Laura. Todos sus compañeros, a manera de homenaje, habían depositado sobre el cajón sus sombreros de paja. Cuando entró por fin, Argüello, desde lo profundo de su cara tostada, guiñó un ojo. Era el único despierto. Los demás dormían sobre las mesas. Algunos tenían los sombreros puestos. Charaviglio roncaba con la boca abierta. El japonés barría el piso. Entonces Pacheco comenzó a despertarlos sacudiéndolos en sus sillas y señalando la hora en el reloj de la pared. Eran las seis menos cuarto y sin duda ya no tendrían tiempo para llegar a la fábrica. Sin duda los' despedirían a todos por llegar tarde. No querían despertar, pero cuando alcanzaban a ver la hora saltaban de sus sillas como resortes. La idea de llegar tarde los sobrecogía.
Salieron a la calle y oyeron un rumor suave y rítmico entre la oscuridad indecisa, como un gran animal que respiraba en su cueva. Se acercaron. Era un camión de la fábrica, que los esperaba. Cuando subieron todos, sin asombro, el conductor encendió los faros y apretó el acelerador.


Afanado de:http://golosinacanibal.blogspot.com/2009/07/la-fabrica-daniel-moyano.html

lunes, 27 de febrero de 2012

Las maestras nos hacían formar en el patio mientras se realizaba la requisa de piojos.


Las maestras nos hacían formar en el patio mientras se realizaba la requisa de piojos. A mi hermana y a mí siempre nos hacían salir de la formación para pasar al frente a reunirnos con los otros escasos infortunados cuyo análisis había resultado positivo. El tal análisis consistía en pasarnos las puntas de dos biromes por el cuero cabelludo para detectar la pediculosis. En quinto grado tuvimos la suerte de tener una señorita que vaya uno a saber por qué, pasaba por alto  los molestos habitantes de nuestras cabelleras y no solo eso, mandaba al frente a los impecables. Año tras año escuchábamos el sermón del padre Itálico que, micrófono en mano, decía que la pobreza no era excusa para estar sucios, que los piojos eran la concreción de las peores acciones y valores: la pereza, el vicio. El padre Itálico decía que él había sido niño durante la guerra y a pesar del hambre jamás había alojado piojo alguno y que si hacía falta su madre le untaba el pelo con kerosén, lo cual era infinitamente mejor que andar mugriento.
La escuela era, ahora lo sé, una humilde parroquia de un humilde barrio suburbano, pero por aquel entonces nuestros padres la consideraban de una categoría muy superior a la de la escuela pública que estaba enfrente, placita de por medio. Bueno, tenía una campana y coro, la pintura siempre al día y casi todas las maestras eran rubias. Otra cosa que a los padres les parecía bien: en los recreos nos separaban de los varones. El patio de atrás donde les tocaba a ellos, era tabú, no se podía cruzar so pena de expulsión. Esa palabra equivalía al ostracismo, nos parecía que fuera de “La sagrada familia” no había nada, salvo una marginalidad honda como un pozo.

La pobreza era mal vista por dios quien la consideraba el resultado directo de la desidia y la pereza.  Progreso, en cambio,  llegar a ser propietario, era la representación del visto bueno del señor Dios. Esto lo aprendimos bien pronto y en estos términos, así, el sabor del recreo estaba cargado de significaciones  sociopolíticas y de hecho, en el pequeño bufet, muchos de nosotros ya éramos tempranamente catalogados como morosos.
Las oraciones de madrugada, el peinado con dos colitas, el bochinche de los más chiquitos, el olor a papel y a goma eran parte del repertorio de reminiscencias  entrañables de la escuela primaria. Éstos y muchos otros recuerdos permanecían sepultados hasta hace unas  horas atrás en que abrió la puerta  una anciana enclenque que venía a que le tiñan el pelo. Tenía la calaverita semi calva y usaba unos ajustados pantalones con estampado de leopardo. Sus ojos saltones estaban enmarcados por una gruesa capa de polvo azul. Con mi hermana la reconocimos en seguida y sin decirnos nada estuvimos de acuerdo en darle un  tratamiento especial a la maestra jubilada. Pusimos el cartelito de “cerrado” para que no ingresaran nuevas clientas dado que ya se aproximaba la hora del almuerzo. Le dije a una de nuestras empleadas que le preparara café y le hiciera un masaje capilar. Hace ya diez años que tenemos el salón en el centro y desde entonces han aparecido uno a uno casi todos los fantasmas del pasado por lo que no nos extrañó la legendaria presencia.

 La señorita Ana vivía todavía, había sido nuestra maestra en cuarto grado y su recuerdo me aparece asociado al mundial de futbol de México 86. Siempre nos hacía pasar al pizarrón y antes de dictarnos el problema, se interrumpía para exigirnos una postura adecuada: piernas juntas y espalda derecha, el mentón hacia el frente y la boca cerrada. Este último mandato era imposible de cumplir para mi hermana ya que tenía los dientes hacia fuera como un conejo, o peor aún porque además estaban separados y torcidos, le era imposible cerrar la boca por completo. Como es natural, se ponía roja de ira y de vergüenza. Un día, la señorita Ana nos dijo por lo bajo “piojosas”. Nos dio tanto miedo que hicimos como si no hubiéramos escuchado nada. Ese día la señorita estaba enojada y entró al salón ruciándonos con desodorante de ambiente que por ese entonces era un producto bastante rudimentario y tóxico sobre todo para mi hermana que era asmática y tenía alergia a los aerosoles. “Alérgicas a la limpieza son ustedes” nos dijo delante de todos. Justo era mi cumpleaños y como era costumbre, yo había llevado caramelos para compartir con los compañeros. Cuando sonó el timbre del recreo los repartí pero nadie los aceptó, ni siquiera el gordito Sotelo.
Teníamos una compañera que era la única que nos hablaba, se llamaba Alicia, y si bien no era tan pobre como nosotras, también la discriminaban por ser bigotuda. Bueno, el caso es que la señorita Ana lentamente la fue apartando de nosotras dándole pequeños privilegios como por ejemplo encomendándole que tocara el timbre, que lavara su tacita o que cargara su bolso al bajar las escaleras, para cuando repartí los caramelos de mi cumpleaños, tampoco la Alicia los quiso. Hasta el día de hoy me viene la imagen de los caramelos abandonados en los pupitres…Otra de las manías de la señorita Ana era pasar por alto la inteligencia de mi hermana que mal que le pesara era muy superior a la del resto nosotros por ese entonces. Todos los años ganaba en alguna categoría de los pequeños y pomposos campeonatos de habilidades que organizaba la escuela: Maratón de Lectura, Olimpiadas de Matemáticas, Concursos Literarios . Sin embargo ese año no obtuvo siquiera una mención puesto que no había pasado la preselección a cargo de la maestra. Ése año tampoco pude participar actuando en los actos patrióticos. Llegué a desear estar enferma para no ir a la escuela. Ahora que lo pienso supongo que todos tenemos entre los recuerdos de la escuela algún personaje lamentable, ya sea una maestra  injusta, o un compañero abuzon.Quisiera saber qué cosas hacen las personas para olvidar ese rencor.

Le dijimos a las chicas del salón que salieran a almorzar, que ya las alcanzaríamos. Si bien en su momento imaginé varias venganzas o reprimendas posibles para mitigar el escarnio causado por la señorita Ana, eso era cuestión del pasado y nunca hubiera imaginado la escena del reencuentro. Supongo que este será el momento de presentarse y hacer mención a lo ocurrido recordándole quizás su mal carácter ¿Mal carácter? Yo diría que algo más que eso…En fin, la vieja se pondría colorada y nosotras, en un gesto magnánimo, le regalaríamos el tratamiento capilar.  Así de injusta es la vida. Algo que nos machacaron bien en la escuelita parroquial era la virtud del perdón. En uno de los cuartos de servicio, me puse a mezclar los colores de la tintura tomándome mi tiempo, a mi hermana todavía le faltaba cortarle el pelo a la vieja. Parecía que hablaban muy animadamente. Mire mi cara en el espejo y me puse a leer un menú del bar abandonado en la repisa. Éste es un buen momento de mi vida y puedo mirar a la señorita Ana como desde un parapeto que me pone a salvo de cualquier humillación. He  ganado prestigio en mi profesión,  dinero no me falta, conozco  el mundo, tengo marido y amante. Terminé de mezclar los colores y escuché a ver si podía captar de qué estaban hablando…me acerqué sorprendida del repentino silencio de la señorita Ana. Mi hermana hablaba sola porque la señorita  ya no podía moverse aprisionado como estaba su cuellito de gallina con una toalla blanquísima. Todo fue mucho más sencillo de lo que hubiera imaginado, pues su cuerpo seco cabía perfectamente una bolsa de consorcio. No fue tan terrible como parece, así narrado, mi hermana no perdió el dominio de sí en ningún momento. No voy a negar, sin embargo, que experimenté cierta tensión cuando después de acomodar todo tuve que volver porque un zapato había ido a parar debajo de uno de los mostradores. Por último, la espera interminable en el bar de en frente  hasta la hora en que pasó el camión compactador de residuos con su alegre tronar nocturno. Y fue un verdadero alivio, porque en esta ciudad los servicios públicos funcionan muy mal.  

domingo, 26 de febrero de 2012

Películas prohibidas.


PELICULAS, MUÑECAS Y PELUQUEROS.


Muñecas

El reparto de muñecas seleccionadas para el film toma sus roles no en función de un perfil (encanto inmanente, trayectoria, formación actoral, etc.) sino en relación a la apariencia y actitud que adoptan por contraste. Emperatriz y Soraya, por ejemplo, juntas o separadas tienen (quizá por ser articuladas) un porte esbelto y altivo, pero puestas en escena junto a la colosal Verónica, aparecen mezquinitas y apocadas (todo indica entonces que el destino de la Barbie no es la pasarela sino la humilde bandejita de criada).
El argumento del film surge de situaciones improvisadas por las muñecas aunque el guion definitivo es redactado por el director y sobreimpreso en la película.
Dada la naturaleza rígida de estas muñecas es necesario acentuar las caracterizaciones mediante el maquillaje, el vestuario y fundamentalmente, el peinado.

Peluqueros.
 Es lamentable, pero así como les debemos la muerte y resurrección de las actrices, también recae en ellos la culpa de infinitas frustraciones. Son ellos (y no los autores) los que marcan el límite de lo posible y lo inasible de la imaginación.
Otros retrocesos, ya no del orden retórico, son causados por esos peluqueros ávidos de celebridad: a veces discuten días enteros un peinado, quién peina a la Verónica, quién usa la tijera grande y quién a de conformarse con la chiquita.

 Banda de sonido.

El film toma su título del tema “Películas Prohibidas” de Mark Hamond. Dado que ni el director (mi hermano) ni yo comprendemos el inglés y de la “letra” de la canción solo sabemos la traducción del titulo, se cuenta la cantidad de sílabas de cada verso y se “rellenan” con una letra en castellano que respete el espíritu de lo que se sugiere…
Canción

 Ciudad ciega,
Cine films,
Films prohibidos
Cine vacío
Censura y miedo en el cine a media luz
Sentimientos ciegos en la ciudad sin sueños
Ciudad ciega, duerme la gente.
En el cine a media luz,
En el cine a media luz.

 Edición y montaje.

 El proyector Goldstar es manual, y las películas se enrollan en dos carreteles y se pegan con cinta adhesiva. El film está hecho de papel de calcar, lo que opaca bastante la imagen sobre todo si lo comparamos con las películas originales del proyector hechas como de papel celofán.
Los productores cortan el papel de calcar en tiras largas de un ancho aproximado de 4 cm., unen los tramos de papel con cinta (si fuera necesario) y se dibujan las viñetas, copiando poses y actitudes de las muñecas en escena. Después se les agregan globitos con el discurso de los personajes pues aun no gozamos de la tecnología del cine sonoro.

 Guión

Toma I. (Panorámica aérea del cine local).
 “A veces Verónica necesita olvidar su trágico pasado llevando a sus hijas adoptadas al cine local. En un gesto espontáneo entra tan decidida a dejarse llevar por la ficción que ni mira la cartelera.”

Toma II.
(Primer plano de Verónica con pañuelo a lunares en la cabeza)

  Verónica: _ ¡Qué raro, somos las únicas en esta sala!
Soraya: _ Señora, no creo que haya sido buena idea venir con las niñas.
Verónica: _ Nadie pidió tu opinión.

 Toma III.
(Travelling hacia el primer plano de las hijas de verónica y una figura masculina en escorzo).

 Las niñas a coro: _ ¡Tenemos miedo!

Toma IV.
(Perfil de Verónica y Soraya enfrentadas).
Soraya: _ Déjeme recordarle que yo le di a mis hijas porque usted es rica pero…
Verónica: _ ¡Cállate, estúpida!

Toma V.

(Primer plano del rostro de un hombre, un policía).
Policía: _ Tendrán que acompañarme a la seccional, están viendo una película prohibida.

Toma VI.
(Primer plano de Verónica tras las rejas).
“Próxima semana: Verónica presa.”

 Películas prohibidas.

Junto a la raza detestable de los peluqueros se encuentran los espectadores y los críticos. Nada los conforma ni los conmueve, siempre les parece corto el film, quieren más y lo quieren ahora. Solo consumen el relato y cuando se les pregunta, por ejemplo, “Que tal estuvo la Verónica”, te dicen “¿Cuál era?”
Algunas autoridades no entienden la película o la miran a la luz de vaya a saber uno qué criterios. Si la Verónica, en determinada circunstancia en la cárcel de mujeres, tuvo que dar un beso en la boca a Soraya, nunca falta La Madre que confisque el proyector e incluso destruya las películas. Estos actos de censura patoteril ya los conocemos de memoria y poco podemos hacer de momento puesto que grandes y fuertes instituciones avalan esta actividad. La medicina, el derecho civil, la educación pública y obligatoria sostienen la patraña autoritaria, la censura. A esa voz de mando que dice que hay que hacer la tarea, bañarse, o ir al almacén, le debemos no pocos retrocesos en la historia del cine.

Maestra ciruela se cuelga por face...


Natalia Pamela Miraglio Aunque no tengo tiempo, hago un alto y te digo, Mig, que me sorprende gratamente al nivel de discusión que mantienen tus amigos del face.Y si bien no comparto tu lógica, me parece una aventura loca y apasionante por desentrañar la verdad de esa maraña compleja que es el sistema de representaciones (representación política, representación mediática).Ya podés concluir que tanto el discurso político como el discurso periodístico son ficcionales en tanto están construídos mediante el sistema de sigmos, alfabéticos que se traducen en habla, en palabras.Las palabras nunca son "la cosa", el objeto que designan, la palabra mesa no es una mesa: los discursos respecto de lo real no son la realidad. Por eso es tan fácil manipular la realidad mediante palabras, porque la mente humana no necesita tener el objeto delante de los ojos para evocarla. Si yo digo "caca", no nesecito mostrarla para que la REPRESENTES en tu cabeza.Por ese desfasaje entre la palabra y lo real es posible la mentira.Fijate que más allá de la investigación científica y las evidencias, un caso criminal se resuelve mediante la reconstrucción de los hechos con discursos, con palabras...y de allí que a veces con manipulacion de las palabras, queda un criminal en la calle...Bueno, cuando digo discurso, digo "usar el lenguaje para un fin determinado", la realidad argentina depende de tres grandes discursos: el discurso político, el discurso periodístico y los discursos sociales invisibles, esos que no se dicen pero están en la mente de un pueblo que comparte una historia...Perdoname la ensalada, pero lo que te quiero decir es que solo, sin teorías al respecto (que las hay muy buenas), diste en el clavo de la verdadera crisis que estamos viviendo en todo el planeta y es la caída  de los sistemas de representación.Te das cuenta de que la diferencia entre lo que ves y lo que se dice es muy grande y no se puede tragar así nomás.Por eso, aunque no comparto tu posición política, observo que estás haciendo una especie de asaña del pensamiento...
Hace 25 minutos ·
  • Natalia Pamela Miraglio que bruta! hazaña!!!!!!!!!!!!
    Hace 22 minutos ·
  • Natalia Pamela Miraglio Si podés, googleate: falacias en la argumentación lógica.Vas a ver que las dos falacias más comumes son: apelación al pueblo (la causa de un hecho no es que TODOS estén de acuerdo)y la generalización a parir de un número limitado de experiencias...Por ejemplo: en José C Paz me robaron un telefono, me desvalijaron la casa, me robaron la bicicleta.Conclusión: en José C Paz son todos chorros.Todos los políticos son corruptos, todos los drogadictos son chorros, todos los villeros son chorros..y así, fijate que con estas dos falacias se manipula la opinión pública.
    Hace 7 minutos ·
  • domingo, 19 de febrero de 2012

    Hablando de alegorías.

    Las alegorías nacionales y la parodia se vinculan por contraste: cuanto más acartonada es la alegoría, mayores posibilidades de imitaciones burlescas, que se aparten del referente fosilizado, un ejemplo notable es el texto Maestras argentinas, de Fontanarrosa donde parodia dos alegorías nacionales canonizadas: El matadero y El gaucho Martín Fierro.Otra alegoría paródica, si me permiten el cruce de expresiones, es La Nona, de Roberto Cossa (por citar ejemplos de manual).El relato fantástico también se abre a la interpretación alegórica,  El eternauta, por ejemplo, admite una lectura alegórica en la medida que se lo contextualice en el marco político puntual al cual alude vedadamente.La metamorfosis, también expresa en la figura del monstruo la alienación de la familia burguesa frente al avance del proletariado.En Lafferti es notable cómo opera la ironía en la ciencia ficción, una mordaz crítica a los sistemas sociales y de educación, armando mundos extraterrestres que son alegóricos de la estupidez terrestre, incorporando así, una crítica más global del ser humano.
    Son innumerables los cruces y menjunjes que se pueden hacer en función del principio de ordenamiento por época, por género, por región, por ingreso reciente al canon escolar, etc, dependerá de las concepciones personales respecto de lo que se considera conocimiento literario en determinado contexto.
    Ahora bien, si nos apartamos un poco de la alegoría como figura de la retórica clásica, vemos que se puede tomar el camino inverso: más allá  de la intencionalidad del autor de trabajar con alegorías o de las obras alegóricas en sí mismas, están los modos de leer literatura , se pueden leer obras que aparentemente no intentan inmiscuirse en lo alegórico, bajo esa clave.Por ejemplo, Ducaroff discute con Sarlo que los escritores del grupo Shangai están despolitizados frente al caos del 2000, y afirma que," Por el contrario, son buenos observadores de su sociedad.Si esos relatos parecen estáticos, esto también se puede leer como alegórico de la generación postditatorial".
    En su libro Los prisioneros de la torre, Ducaroff desmonta el operativo que le atribuye a Sarlo según el cual las características de los textos del grupo Shangai son experimentales y academicistas "incosumibles" ,alejando a los lectores de la "buena literatura". Ducaroff  recontextualiza las obras , hace una relectura de estos textos y comprende que no son meras obras experimentales, sino que se conectan con la realidad y la miran con escepticismo.Y de paso menciona una lista de libros y autores que publicaron en los noventa:
    "Hijos del alfonsinismo, hijos del escepticismo: el otro bestseller de Biblioteca del Sur fue Nadar de noche, de Juan Forn. Salvo uno, "Memorandum Almazán", que se refiere a Malvinas, los cuentos de ese libro no tratan de hechos políticos, pero tampoco azuzan la mirada hasta la China. Al contrario, Forn no desdeña su contexto, cuenta historias urbanas de jóvenes y treintañeros de clase media acomodada o alta, en la Argentina de los años 90...Más que atribuir el escepticismo(como a menudo hicieron los mayores "progresistas") a la falta de interés por la realidad social, convendría leer los cuentos de Forn. Se descubriría entonces que el escepticismo surge como directa consecuencia de observarla, y no de la indiferencia ante el contexto social o de la comodidad light". (Pag. 113).Si bien no es la intención de esta nota al pie de las propuestas de lectura para el aula meterse en una interna entre críticas, no se puede pasar por alto lo peor que Drucaroff le endilga a Sarlo: su deshonestidad intelectual. Así, Drucaroff nos recuerda cuando Sarlo, para desacreditar la novela de Alejandro López, Kerés cojer?=Guan tu fak, la contrapone y celebra a un consagrado como Puig, cuya narrativa ella siempre había descalificado. "Aunque, claro, el aplauso es parte de una operación patovica: lo celebra solamente para mostrar cómo el consagrado autor ya fallecido hace muy bien lo que López, novel y aún vivo, hace insalvablemente mal".( Pag. 221).
    Vale la pena detenerse también en el ataque que Drucaroff realiza a la crítica de Sarlo a la novela de Claudia Piñeiro, Elena sabe, en realidad a la destrucción que Sarlo lleva adelante de esa obra contrastándola contra Bernhard y Saer. Es decir que compara a los autores jóvenes con los consagrados y encuentra que autor fallecido cada día escribe mejor.
    Hablando de alegorías nacionales, cabe mencionar la novela de Fogwill, Los pichiciegos, en la cual , mediante interesantes operaciones de verosimilización, arma una alegoría nacional tomando los discursos sociales más arraigados en el imaginario popular y colocándolos en un espacio varias veces representado por el cine: Malvinas. Lo destacable en esta novela es cómo construye un verosímil realista mediante la inverosimilitud: a los pichiciegos les sobran puchos, pero no saben qué hacer con la mierda, no son los chicos de la guerra, víctimas inocentes: entre ellos se tejen complejas relaciones de poder...Yo me atrevo a decir que esta novela es necesaria, porque cuestiona los postulados del ideario construido en torno al "no te metás", "yo no sabía nada" "los héroes de Malvinas" y demás ficciones orientadoras de nuestra cultura.
    Augusto Monterroso también trabaja con alegorías clásicas en La oveja negra y demás fábulas, pero con un humor cercano a la parodia , lo cual nos recuerda que si vamos a buscar alegorías, tenemos que contrastarlas con símbolo, prototipo y arquetipo si queremos "anclar" la interpretación de las obras y no caer en el falso problema de la pluralidad de "significados": la polisemia, facultad del discurso literario, puede ser amplia pero no infinita. Una obra puede tener varias interpretaciones pero no miles...y es que en las lecturas compartidas se funda justamente la alegoría, como lectores situados históricamente, acordamos que el discurso respecto de lo real, también se construye mediante una sucesión de metáforas.

    miércoles, 15 de febrero de 2012

    Otro feminismo.



    Paula Irupé Salmoiraghi
    Juana Bignozzi
    La escritora Paula Irupé Salmoiraghi presentó un trabajo muy interesante analizando cómo se construyen las cualidades de heroísmo en la mujer tomando como ejemplo a Penélope y lo que llama su "no camino".Este "no irse" es heroico, sin embargo.Sin los avatares del "viaje", conservando el honor de su familia con la ayuda de mínimos enseres domésticos ( hilo y agujas).A fuerza de tejer y destejer, Penélope escapa al mandato apremiante de tomar marido en espera del héroe.Pero no es una espera quieta, tiene fuertes implicaciones sociopoliticas...Los invito a leer este material porque si bien hemos de trabajar con el rol de la mujer en la épica este año, circulan pocos, o ningún  abordaje teórico del tema.El trabajo es una ponencia presentada en el Congreso Internacional "Cuestiones críticas"2009, llevado a cabo en Rosario, se titula :"El no-camino de la heroína en Mujer de cierto orden de Juana Bignozzi"                         http://www.celarg.org/int/arch_publi/salmoiraghi.pdf

    Teorías pendientes de comprobación.

    Los teléfonos celulares no están diseñados para los usuarios:nosotros somos diseñados para encajar en ellos.¿Para que quería Internet en mi teléfono?Si fuera partera o corredora de bolsa quizás...La cuestión es que ahora adopté el estilo de vidita que me impone el aparato.Para colmo,cuando uno tímidamente amparado en un reglamento choto,restringe su uso, los estudiantes sienten que su libertad de expresión es vulnerada.Nadie protesta por la brutal estructuración que los ingenieros en comunicaciones y sistemas nos imponen, no tenemos herramientas teóricas como para cuestionar lo que subyace en cada apelación a la que respondemos cuando configuramos el ser en función de las "funciones " del teléfono. Pero argumentos boludos para sostener esta macroestructura sobran:por si me pasa algo, por si se presenta una emergencia bla bla bla.. Yo argumento que "el fascismo, no se define por lo que censura sino por lo que obliga a decir",es decir, como ya lo planteaba Cortázar cuando llama la atención sobre lo que significa que te regalen un reloj:nosotros somos los regalados a él.Si tal barbaridad hace con el ser un reloj...es de suponer que estar todo el tiempo conectado implica adaptar nuestra estructura de vida y de pensamiento al formato que emana de las grandes industrias de la diversión.