domingo, 20 de abril de 2014

El 83

 El ‘83

Desde el ’83 yo siempre quise ser presidente. El día 10 de diciembre fue una fiesta: todos estaban felices y todos salían al patio a mirar el cielo y nos mareábamos cantando “¡Al-fon-sin!, ¡Al-fon-sin!”. Lo milagroso, para mis seis años de edad, era la lluvia de papelitos con la cara de Alfonsín tirados desde un helicóptero bueno, no de los que hacían vuelos macabros.
Adentro de cada casa, una cocina, y en esa cocina una radio o una tele nos mostraba a un simpático viejo bigotudo que saludaba agarrándose las manos hacia un costado. Mi mama estaba contenta y ese día accedió a cocinar las papas fritas por siempre vedadas.
-Ma, ¿Por qué somos pobres?- le pregunté.
Yo me acuerdo del día ese que estábamos esperando para entrar al médico. Mi mama tejía (es decir, esperaba) y vino un señor, “un milico”, como supe después, y le dijo “no teja”. Mi mama no dijo nada pero luego e la calle hablo sola. Dijo: -pendejo e mierda, muerto de hambre. Venía tan enojada que no me atreví a preguntarle por qué no lo puteo al hombre, por que no se puede tejer. Pero intuía que era porque éramos pobres porque cada vez que algo “no se podía” era por esa razón. No sé qué vericuetos o andurriales habrá recorrido esta idea en mi cabeza pero cuando llegamos a casa y a mi mama se le había ido un poco el enojo le pegunte: -¿Ma, cuánto vale una limusina? Se rieron tanto que mi interrogante pasó a formar parte del repertorio anecdótico familiar.
-Tu mama a gatas sabe lo que vale la chiquizuela- dijo mi viejo.
Ahora, con Alfonsín, mi mamá podía tejer en la espera del consultorio del doctor y hablar con otras mujeres. Y ella me parecía la más inteligente. Se hablaba mucho del Plan Austral y mi mama lo defendía y lo criticaba a Alfonsín. Por ahí decía “Yo no sé lo que quieren inventar” o si no “Bue, por lo menos este se da cuenta de que estamos en culo del mundo”. (Y “Austral” significo para mi, desde entonces, remoto, ignoto). “La plata no tiene que cambiar de nombre sino de bolsillo”. Pero lo quería, y para mí eso era suficiente, el presidente Alfonsín era bueno, mi mamá lo quería y se le notaba que era bueno cuando hablaba.

Hubo un programa de televisión que se miraba en todas las casas. Era la trasmisión del juicio a la Junta Militar. A mi mama le daba bronca que mostraran el juicio por la tele: “Por que gastan guita y tiempo en ese teatro y no los fusilan en un paredón como hicieron ellos” o “Esta trasmisión es para que los giles crean que hacen justicia aplastando el culo delante del televisor”. Y lo que más bronca me daba era cuando decía ¿”Vos te creés que éstos van a ir presos”? pero no se perdía detalle del juicio. A mí me daba bronca porque no entendía la ambigüedad de su amor. Yo había decidido quererlo a Alfonsín y necesitaba que él fuera bueno para poder quererlo sin obstáculos, incondicionalmente, como se ama de niño.

Mi mama decía que trasladar la capital a Viedma era una idea “progresista” y agregaba “¿Vos te crees que lo van a dejar?” Porque Alfonsín, el bueno, tenía sus antagonistas. Cuando Alfonsín no podía hacer algo era por culpa de sus grandes, invisibles, inasibles enemigos: los Grandes Capitales. (A ese antihéroe abstracto culpable de tantos males yo me lo imaginaba como “el monstruo grande que pisa fuerte” de la canción).

Y nunca deje de quererlo. Cuando pasábamos por la humillación de ir a buscar la caja P.A.N. mi mama nunca le echaba la culpa a Alfonsín. Decía que mi viejo era un vago, que no tenía iniciativa para nada. A lo sumo la oía decir que el problema de Alfonsín era que era muy blando con los Grandes Capitales.
Poco a poco la gente lo dejo de querer al presidente y ya no causaba tanta gracia cuando me preguntaban que quería ser y yo decía “presidente como Alfonsín”.

Un día, en un micro escolar que nos llevaba a la colonia de vacaciones en las piletas de Ezeiza, los pibes empezaron a cantar “Perón, Perón, que grande sos, mi general cuanto vales”. Yo me junte con unas amigas para hacerle la contra a los varones y les enseñe a cantar “La J.R. nació en los barrios con Irigoyen y con Alem, la J.P. en Campo de Mayo y de la mano de un coronel”. Pero la celadora del micro me reto y dijo que yo estaba yendo a la colonia gracias a Perón. Ese día cuando el micro nos dejo en el lugar de siempre, supe que aquello era una Unidad Básica y que todos eran peronistas.

Con la vertiginosa inflación se hacía cada día mas difícil decir sin temor a insultos “Soy Radical, quiero ser presidente”. Pero la culpa de todo para mí siempre fue de los Grandes Capitales y me daba bronca que creyeran que Alfonsín era un ladrón.
Cuando termine 7º grado yo quería ser maestra pero el único Normal Nacional que había en la zona quedaba muy lejos y como era mucha la demanda se tomaba examen solo a aquellos alumnos que vivieran dentro de un radio cercano al establecimiento. En definitiva, mi humilde deseo de ser maestra, (primer escalón en mi camino a la Presidencia de la Nación) se tornaba lejano, inalcanzable. Pero Alfonsín dijo que la educación tenía que ser igualadora social por excelencia e instituyó un sistema de sorteos.
Y la suerte quiso que en el Normal Nacional Rosario Vera Peñaloza yo empezara a comprender por que éramos pobres.
Nunca falto la profesora mal nacida que se quejaba del “rejunte” sin darse cuente de que en ese rejunte estaba yo, chica pobre, futura Presidenta de la Nación.
Ese mismo año la situación se había hecho insostenible, la crisis estallo, Alfonsín se fue de la Casa Rosada en medio de los insultos e injurias de aquellos que lo habían seguido en las horas de gloria. Yo tenía trece años en el ’89 y en mi primer rateada del colegio me fui a un Comité Radical. Me atendió un viejito solitario que al principio no me entendió bien pero cuando le dije que quería que me llenaran una ficha de afiliación se rió de buena gana y me dijo: -“¿Y a quien salió radicheta mi’ja?”. Pero no esperó respuesta y comenzó a narrar vida y obra de Leandro Alem. Que iba a saber yo los sinsabores y las desilusiones que vendrían luego. Cuando comprendí lo lejos que estaba, no solo de la Presidencia de la Nación, sino de la presidencia de lo que fuera.
 El viejo del comité volvió con el mate preparado y repitió su pregunta: -“¿Y a quién salió radicheta mi´ja?”
-Desde el `83 yo siempre quise ser presidente…empecé a contestarle.

sábado, 5 de abril de 2014

Una vez vi a Michael Jackson vomitando.

     Una vez vi de refilón una foto de Michael Jackson vomitando y me quedé pensando en el por qué de semejante descortesía.  La fotografía, que circula aún por la red, fue difundida más que nada por los propios Fans del personaje. Barthes, en sus Mitologías, ya había hecho el análisis minucioso de los objetos culturales privilegiados y también marginales del público burgués y explicado con acierto los modos de representación propios del capitalismo: el detergente, el vino, las papas fritas, el corte de pelo de los santos, la transpiración y su lugar en el teatro burgués contemporáneo.  Dice que en la mayoría de las representaciones teatrales de autores jóvenes obligan de algún modo al actor a la expulsión visible de fluidos tangibles, llantos, mocos y transpiración porque son necesarios para que el público burgués sienta que gastó bien su dinero pagando la entrada.  Lo importante de esta demostración de las secreciones de los actores es que sean visibles y cuantificables, dice Barthes.  Por algo el elogio más usado últimamente para decir que una obra de teatro es buena es “que no tiene desperdicio”,  es decir, no es un desembolso de dinero injustificado.
     Pero vuelvo a la foto de Jackson vomitando y me pregunto hasta dónde hemos llevado a la “estrella” con este afán del público burgués de llevarse a su casa el “aura del artista”: Michael Jackson no podía ser negro y no lo fue, no podía ser viejo y no lo fue.  Marilin Monroe no podía engordar y no engordó.  Los viejos se comieron el útero de Marilin y no la dejaron tener hijos, tampoco  podía envejecer y sin embargo es escalofriante su rostro en algunas fotografías que fueron el fetiche de toda una generación.  En todo caso, no es ningún secreto que Hollywood se cobró ya varias víctimas del trabajo infantil y lo sigue haciendo porque ya no nos conforma ver al cantante cantar, sino que queremos también que siga una coreografía,  un maquillaje, un peinado.
     Ahora me interesa llamar la atención sobre un objeto artístico propio de la cultura posmoderna: el videoclip. Parásito de los músicos pop o populares, es un artefacto simbólico que podemos definir rápidamente en función de su duración media de cinco minutos y por lo tanto se puede decir que el videoclip es al cine lo que el cuento es a la narrativa moderna.  El cuento se lee de “un tirón”,  es decir se supone que parte de su efecto depende de su modo de ser leído y del tipo de lector que presuponen, en el caso del cuento o del videoclip, se trata en principio, de un público que no tiene tiempo para perder y para el cual el tiempo es oro, compuesto por sujetos cuyos jefes les dicen qué pueden hacer con su tiempo libre y de hecho ellos mismos le proveen al empleado de espectáculos hechos a medida de ese tiempo libre.
     El videoclip es fascista en la medida en que se trata de producciones complejas como catedrales góticas, en la que participan multiplicidad de artistas, artesanos  y expertos en tecnología cuya fachada visible es un personaje que ha pasado por un potente ojo selectivo durante “el casting”.  El elenco  que pone el rostro y la firma a estas producciones se crea para sí mismo una trayectoria supuesta como músico o cantante, una prehistoria que obture la visión de lo que realmente han hecho con él: lo han alineado, numerado, tipificado y elegido de entre miles. La estrella pop es la persona que ha sobrellevado la humillación de ser seleccionado con el dedo de algún productor.  El criterio de éstos, aunque parezca que su único fin es el lucro inmediato, se orienta a reforzar una idiosincrasia según la cual  las personas deben ser blancas, delgadas y sobre todo, eternamente jóvenes.
     En cuanto al volumen del físico ideal,  este ha variado desde los noventa cuando se imponía una delgadez casi esquelética, prueba de ello lo vemos en Madonna, kylie Minogue, Mylene Farmer, supermujeres que no comen y entrenan todo el día bajo la vigilancia de un profesional que determina el volumen muscular .  Los rasgos de sexualidad adulta, como la maternidad, se evitan muchas veces con ayuda de un cirujano al cual se le encomienda la ardua misión de mantener por siempre a las estrellas parecidas a sí mismas cuando tenían treinta años.
     Cirugía y ejercicios no bastan para constituir un artista a la medida de un público tan exigente, también es necesario que esta sexualidad adolescente se manifieste con su variante de relaciones isofílicas en las cuales es común besarse con personas del mismo sexo: lo hace Madonna con Britney Spears, Mylene farmer en sus presentaciones en tv también intercambia saliva con unas chicas.  Porque se trata de representaciones respecto de por dónde hay que encaminar la energía sexual.  La sexualidad adulta burguesa incluye un recorrido que va de la satisfacción productiva de capital a la construcción del organismo familiar acorde a este esquema y no a la inversa.
     También se le suele pedir al artista que soporte cosas repulsivas, como por ejemplo, en un videoclip, Mylene farmer  tiene que soportar que le camine una rata por el cuello. Michael Jackson, por su parte, fue protagonista de uno de los sucesos de consumo más grandes del siglo pasado en el cual rompe las barreras de la especie humana para mostrarse como hombre lobo, me refiero al videoclip “Thriller”. Por otra parte, se puede decir que Jackson fue una de las figuras que más fielmente acató los parámetros que le imponían productores y público, pasando innumerable cantidad de veces por el quirófano y por sobre todo por los escándalos en los que  se insinúa que lejos de tener una libido orientada a objetos del mundo adulto, Jackson padece de un fuerte estancamiento que se traduce en serias acusaciones de pedofilia. La exigencia física a la que se lo somete incluye complicadas coreografías que debe compartir con bailarines mucho más jóvenes que él. Es penoso verlo caer extenuado en el escenario como puede verse, por ejemplo, en un homenaje por los treinta años de “Thriller” donde comparte el show con nuevas  estrellas de la industria veinte años más jóvenes que él. Allí mismo puede verse la tendencia a la cosificación del hombre presente en el modo en que los cuerpos se expresan mediante complicadas coreografías (Break dance) que se caracterizan por imitar los movimientos de un robot.
Hay, también son parte del género, videoclips que denuncian en clave irónica la avidez del público. Es interesante el videoclip en el que Robin Williams (Rock DJ) inicia un baile sexual para una ronda de mujeres hermosas, exigente y abúlica. La estrella lo intenta todo, hasta un streep-tease completo, pero el público de chicas ni siquiera se inmuta, finalmente, acepta el desafío tácito y comienza a extender el streep-tease al cuerpo mismo y se arranca la piel, el corazón, los músculos, hasta convertirse en un esqueleto. Como el público caníbal de “Las ménades” de Cortázar, solo los pedazos sangrantes del artista causan satisfacción como aquellas tribus remotas en las que se practica la antropofagia, o como en los ritos cristianos donde la ingesta de la carne de Cristo representada en la hostia, implica la incorporación de la santidad del dios.

domingo, 9 de marzo de 2014

Mamá Miraglio: Especial cumple de Pablito.

Mamá Miraglio: Especial cumple de PABLITO.
No hay relación entre el acto sexual y la procreación de un hijo. Es infinitamente desproporcionada la simpleza del coito y la complejidad del mecanismo que la naturaleza activa, que finalmente produce un ser vivo, un mamiferito de la especie humana hermoso como son los hombres y mujeres que ven la luz.
Me encuentro repentinamente atada a un amor loco, más aun que el que sentí de adolescente. Un amor desopilante al que a veces le llaman instinto, me hace perder por completo la repulsión que sentía por los pañales y los biberones. Un amor extraño que me hace comprender todo lo que parecía insondable, la vida, la muerte, las estrellas, la alegría por la caca.
Siempre escribí una cosa como poesía y me parecía aberrante: que los sentimientos se alojaran en el corazón, que el alma fuera una creación sobrevalorada de la cultura judeocristiana, que se malgastara tinta en notas estúpidas sobre puericultura, paternidad y “El ser mujer”. Sin embargo aquí me tienen, cantando mi versión de Kising a full de George Michael.
Cultura escritutaria.
Cómo no recodar los textos de Walter Ong sobre la historia  de la escritura y la recepción de la cultura escritutaria por parte de las culturas ágrafas ahora que Pablito me muestra otro recorrido posible para la adquisición de la escritura como tecnología.
Recuerdo que una de las etapas  de la apropiación de la escritura en nuestra infancia era el juego de tomar un lápiz y “hacer como si” escribiéramos  “rápido”, es decir, a la velocidad de una persona que ya maneja la motricidad necesaria para usar el código verbal escrito. Pablito hace lo mismo pero con el teclado, primero le pegaba a las teclas con toda la mano, pero ahora pulsa tecla por tecla con los deditos y lo más cómico es que “habla” mientras escribe usando largas olofrases con el tono un poco exagerado con que los grandes leemos “había una vez”. Y es que, como reza la frase atribuida a Einstein que se ha puesto de moda en las redes sociales, una vez que la inteligencia se expande ya no puede volver a su estado anterior. Porque es privativo del humano la presencia de un sistema de ayuda a la adquisición del lenguaje que cuando se estimula es irreversible, prevalece la necesidad del individuo de integrarse como sujeto de la cultura mediante el sistema de representación de las cosas.
En relación al lenguaje como sistema de representaciones, ya viene Lacan a explicarnos dicho mecanismo en toda su complejidad, pero mi idea es ver cómo funciona la escritura en tanto tecnología, ahora que el soporte ha cambiado radicalmente del lápiz al teclado.
He observado que niños muy pequeños manejan instintivamente, casi, el cursor y el teclado, Pablito no es la excepción, pero así como yo me resistía a abandonar la cultura manuscrita al tiempo que me alfabetizaba lentamente en el uso de la PC, el bebé pulsa con el índice las letras de los libros como hace con las teclas de la computadora. Aunque tiene un añito, sabe que algo del orden de lo alfabético está presente en ambos soportes: el teclado y las páginas de un libro.
Pero la adquisición de dicho saber recorre el camino inverso al de mi generación, pues cuando nosotros aprendimos a escribir no había nada que se interpusiera entre la escritura y el pensamiento, no sentíamos como una dificultad escribir mediante lápiz y papel. La escritura digitalizada, nos cayó como una ortopedia. Y el mismo Ong muestra ejemplos de cómo en la antigüedad el mismísimo Sócrates se resistía al uso de la tecnología escritutaria  alegando que atentaba contra la memoria y la imaginación del mismo modo en que nuestros padres renegaron de la tv y nosotros de la escritura informatizada. Cada vez que una madre me comenta que le restringió el uso de la PC a su hijo en señal de castigo, recuerdo la vieja anécdota de mi mamá a quien castigaban obligándola a cerrar el libro, apagar la luz y dormirse de una vez.
No estoy haciendo una defensa a raja tabla del uso de los más recientes chiches de la tecnología y la ingeniería en comunicaciones, los cuales vienen a cumplir un rol muy complejo en la sociedad posindustrial, simplemente  pienso que el matete de lo que llamamos informática debe ser desenmarañado:
Esclarecer las diferencias entre usuario y productor de los sistemas de tecnología en comunicación, dado que la alfabetización escolar, en ese sentido, solo asume la posición de formadores de usuarios, consumidores, en tanto que los productores, es decir, la elite que conoce el mecanismo detrás de la pantallita de colores, permanece en un raro estado dual de ocultamiento y exposición. Así como del hueso se deduce el dinosaurio, de la existencia de estas tecnologías se deriva que han de existir grandes centros de estudios y de capitalización del saber capaces de producir un sistema binario, el soporte digital, la puesta en funcionamiento de satélites orbitantes.
Como ya lo hizo notar el recientemente fallecido escritor de ciencia ficción, Bradbury, en el cuento “El cohete”, la posibilidad de viajar a la luna existe, pero no los pobres quienes siguen soñando con viajar algún día, viviendo entre la chatarra de los cohetes, es decir, la tecnología a secas permite los viajes, pero la sociedad sigue sin resolver el problema de la equidad en la repartija de capitales económicos y culturales. Como ya habrán podido suponer, lo lamentable es que el acceso al conocimiento que permite la producción de tales maravillas, nos es cuidadosamente vedado por los grandes centros del saber relegándonos al papel de usuarios.
Bueno, pienso entre mi, pero si bien el gran productor de lápices, el señor Faber Castel, se hizo rico, digamos que tampoco se le atribuye la construcción de un imperio. La escritura como tecnología del manuscrito aun otorgaba cierta libertad, y muy relativa a los efectos del complejo fenómeno de la comunicación masiva, por cierto, porque exigía determinado estilo y formatos propios. Gracias a ello existe la evolución de la lengua, el devenir del público lector y los cambios en los modos de interpretar “lo manuscrito”. La escritura en su versión digitalizada, en cambio, trae consigo la teoría aplicada de lo que Batín llamó géneros discursivos y la utiliza para aplicar los formatos a sus sistemas de manera tal que el usuario es suavemente atado y sujetado a determinados modos de escribir. Esto lo pone bien claro, por ejemplo la novela Guan chu fak: una conversación de “chat” vulgar y “mal hablada” se cuela en la vida de su hermana de mayor alcurnia, la novela, símbolo máximo del intento moderno de dominar  el mundo. Hasta aquí, uno de los tantos ejemplos de apropiación de la escritura como tecnología.














lunes, 3 de marzo de 2014

El arreglo.

    Todas las luces de la casa estaban encendidas como cuando ocurre algo fuera de lo común. El service se instaló con su caja de herramientas en la mesa del comedor, sus movimientos parecían en cámara lenta. Por fin trajeron la tele, El Padre la manipulaba con la delicadeza con que tomaba en brazos algún niño enfermo. Era la hora de salir al patio pero ninguno quería perderse las operaciones del señor  de la tele y aunque Doña Rosita los espantaba con un repasador, como a moscas, todos encontraban un sitio en torno a la mesa. Es difícil suponer que aquel hombre, el service, advirtiese que nunca antes ni nunca después de aquel día su rostro habría sido estudiado con tanto detalle como en ese momento en que veintipico de miradas se posaban en su cara, en sus gestos, en la mas mínima alteración del ritmo respiratorio. Uno de los chicos por primera vez estaba advirtiendo que la gente grande tiene pelos en la nariz. Otro calculaba, in mente, la edad del hombre y le pareció viejísimo. La cara del hombre acompañaba bastante bien el mágico oficio que profesaba, porque era roja, rosa, con cejas y bigote blanco, parecía abuelo del Albino, pero un súper abuelo, porque el Albino era bien chiquito y apocado.  Por la nariz encarnada y las manos temblorosas, El Padre pensó: alcohólico. Pero lo pensó sin prejuicios, como quien descubre si alguien es legalmente casado o soltero por el anillo. Doña Rosita también sacaba conclusiones mientras se paseaba con el plumero justo por ahí, aunque en la cocina estaban meta charla.
El service quitó, con gran esfuerzo contenido, los tornillos del aparato y gracias a un movimiento seco y preciso, quedaron al descubierto los misterios jamás indagados detrás de la maternal pantalla. Al tubo algunos lo conocían ya de vista, pero algunos lo conocían por nombre nomás y otros ni eso. El Zarpa hizo un gesto señalando al Albino por el parecido obvio, pero nadie le prestó atención, primero porque de tan evidente el chiste no causaba gracia, y segundo porque, en todo caso, ya habría tiempo de sobra luego, para  joder a sus anchas. Algo es cierto, sin embargo, y es que rápido y  efímero como un rayo pasó por la mente de Doña Rosita que ése tranquilamente podía ser El padre o el abuelo del pobre Albinito. Un chicle pegado al piso la llevó por otros pensamientos. El padre estaba  perdiendo autoridad, ese chicle era la prueba irrefutable.
De dónde venía y hacia dónde iba el sistema de ideas según el cual ellos eran una familia en cuyo seno se alimentaba la bondad y sobre todo la castidad, ella no tenía ni idea. Le causaba muy poca gracia consagrar su vida a esta familia que la ataba como propia pero era del aire, del gobierno, o peor aún, del estado. En los años mozos de su vida, había fantaseado tanto con tener algo con El Padre, que rechazó a las apuradas a un candidato cierto, albañil y buen mozo. Jamás hubiera sospechado, ni entonces ni nunca, que el Padre pertenecía a otra clase social de cierta insignificante alcurnia de literatos sin dinero pero lejana, es cierto, al charco al costado del cual se crió la tal Doña Rosita, niña moza en sus años juveniles, actual mujerona espectral, que parecía enferma por lo delgada y amarilla, pero estaba más sana y fuerte que un roble. Acostumbrado y sin fatiga sojuzgado por los refinados perfumes de su madre, al halo de misterio de las noches  de pelea literaria con bebidas nada austeras  y hasta con hierbas, con la idea de estar cambiando algo del mundo mediante tales acciones, para El Padre, Doña Rosita nunca había pasado de ser lo que era, una celadora , un ordenanza, como la cocinera, que  en la casa de la madre del Padre también había mujeres de servicio y no admitió nunca el olor de los vapores culinarios fuera del plato.
Indiscreta, causa de la vergüenza ajena del Padre, la señora Directora preguntó  al hombre de la tele si gustaba quedarse a comer, lo cual rompió el hechizo por completo. Cualquier actividad cotidiana y normal, parecía superflua  justo ahora. Comer, bañarse, hasta ir al baño incluso, era una locura. Juancho pensó algo que jamás se le hubiera ocurrido antes: si los grandes no pueden mirar tele, ¿para qué viven? El hombre había hecho el primer milagro y fue que ningún hocico se movió de allí, rumbo a la cocina, el olor a verduras cocidas y fritanga no les llegó al estómago. La cocinera comprendió todo en un  solo pensamiento y alzó los hombros. Doña Rosita pensó que el service les pareció un mago, por falta de diversiones regulares. La directora también lo pensó pero su deber era la educación,  no el esparcimiento. Ni en pesadillas hubiera admitido semejante infancia para sus propios hijos, pero el tamaño de la infamia era tan grande que  parecía invisible, como disuelta en la atmósfera.
Lo mejor estaba por comenzar: cuando sonó la campana y todos se trasladaron al comedor iluminado con la luz lechosa de los paneles transparentes. El día era tormentoso, por cierto. El hombre de la tele tenía un abrigo negro de grueso paño, gorro y una llamativa bufanda roja. Tenía el pelo bastante largo y  alborotado, realmente contrastaba con la figurilla oscura del Padre. La señorita Directora, El Padre y Doña Rosita, hicieron el honor de sentar al  hombre a su lado. Estaban todos tomando la sopa sobre el gran mantel a cuadros verdes, en silencio y ya se sentía el olor a estofado, el plato principal, cuando ocurrió algo de lo más inesperado y fue que el hombre largó una carcajada de Papá Noel y dijo que no tenía una idea muy alegre de lo que  era un orfanato, pero, este hogar… ¡Faltan las antorchas de fuego y los encapuchados, che! 
El Padre se rió condescendiente pero sin ganas, Doña Rosita se rió porque el Padre se rió, pero la Directora lo fulminó con la mirada, o intentó hacerlo, porque el hombre de la tele era inmune a las caras significativas.
 Le hicieron preguntas sobre el pronóstico de la tele averiada, el hombre aprovechó el turno de ejercer su cuota de poder y dijo “según”. Ni el más avivado de los chicos estaba en condiciones de saber lo incierto, lo evasivo de la respuesta “según”. Pero no la cuestionaban porque era lo que les respondían los grandes la mayor parte del tiempo. Antes de terminar el almuerzo, el hombre descubrió, paseando la mirada por las paredes, que había una guitarra y unas panderetas. Pero la guitarra tenía solo tres cuerdas así que el service se conformó con las panderetas y, mientras las mucamas y La Rosita  levantaban la mesa, ocurrió un prodigio: con las panderetas el service  cantó canciones viejas y nuevas, todas divertidas:” Los chicos que comen moco son pocos, son pocos.” Cantó paso doble, “Porqué no te casas niño dicen por los callejones. Yo estoy compuesto y sin novia, porque tengo mis razones” y Cantó cantos de esclavos: “Pan alivio pan alivio, hambre, hambre.” “Quiero me casar, ya no sé con quién-cásate con el carpintero que ése a ti sí te convén-y ese carpintero a mí no me cumven, carpintero corta madera puede cortarme a mí también”. Los chiquitos hacían palmas y los pibes usaban la mesa de tambor.  Todas las canciones eran divertidas y el service tenía un vozarrón de trueno.
La directora dio orden de retirarnos al patio para que el hombre pudiera trabajar tranquilo, pero lentamente, se fueron acercando uno a uno otra vez a la mesa del comedor. Mientras el service examinaba la tele, los chicos veían que hacía gestos de disgusto y hasta se escuchó ¡Qué lo parió, che!”, momento en que El Padre nos obligó a salir y cerró la mampara  que comunica el comedor con el patio. Dos de los más grandes, el Coco y Pablito, se subieron al entrepiso y escuchaban apenas lo que hablaban, el hombre permanecía tranquilo, pero hacía que no con la cabeza y se escuchaba que decía que era hora de pensar en una tele nueva  porque ésta ya no tenía repuestos y no valía la pena arreglarla. El padre se ofendió por el comentario porque la tele la donó  justamente él, cuando la cambió por una mejor, por supuesto, y lo obligó a armar de nuevo la vieja tele, única evasión de los muchachines.

A pesar del certificado de defunción, el service estaba de buen humor y se reía a carcajadas de sus propios chistes. El Padre y La Rosita estaban con cara de preocupados.
Esa noche, El Padre se quedó despierto hasta la madrugada buscando teles usadas en Mercado Libre. Había buenas oportunidades, pero como estaban las cosas, había que pensar en algún recorte- las venas, porque ya no se podía recortar más nada-, había que pensar en algún aporte extra, para colmo la madre hubiera donado cualquier libro o enciclopedia, pero estaba totalmente en contra de la tele por  buenas razones pero que solo tenían sentido en otro mundo, no en éste, donde vivían los chicos del  pequeño hogar La Sagrada Familia, resabio de épocas mejores de la parroquia de la pequeña ciudad. Dios proveerá, pensó La Rosita y se durmió.
En el cuarto de los chicos, por el contrario, reinaba la agitación y se tejían miles de conjeturas: si es el tubo, sonamos, porque no tiene arreglo. En una de esas, la directora consigue alguna tele donada…para colmo mañana daban el último capítulo de Los simuladores. Los más chiquitos estaban tristes o con ganas de llorar pero no por la tele en sí, por cosas que ni ellos sabían, como  un miedo a pasar frío o hambre. Los   grandes, Pablito, El Zapa, Coco y el Albino, ya no miraban tanto la tele últimamente, pero era asunto de ellos al fin y  al cabo, en esa familia con subsidio del estado. Cuando los más chicos se fueron durmiendo, hablaron de plata: había como para una tele robada. Del barrio, se entiende. Coco tenía un hermano mayor que salió de ahí y que lo visitaba en fechas más o menos regulares, era cuestión de darle la plata y en una semana ya se podía tener tele nueva. Se fumaron un porro y se fueron a dormir.
Por supuesto, como presagio, esa noche todos tuvieron sueños muy intensos: el Albino soñó que al hermano del Coco lo metían preso de nuevo por culpa de la tele, hasta soñó que le rogaba al Coco, no, mejor dejá, por favor…
Pero aun así el problema de los más chicos no estaba resuelto: el último capítulo de Los simuladores era mañana.
El pequeño hogar La Sagrada Familia era el anexo de la parroquia de Los Pinos, un barrio del conurbano con calles de tierra y potreritos en las esquinas pero muy, muy poblado, como todo lugar al borde de las ciudades, así que sería erróneo imaginarse los Pinos como lo que realmente era, un sitio atrasado con pelotas de abrojo corriendo por las calles. Esa sería una buena metáfora de lo que era a nivel sociocultural, pero la verdad es que los jóvenes, adeptos al bullicio, no podían estar más a gusto ahí: había bailes, bares, conventillos con patios también pobladísimos y casas de tres pisos. En casi todas las esquinas, los hijos mayores de las familias hacinadas en cuartuchos, buscaban el aire de la tarde y la cerveza lo único que, mezclado con pastillas, podía suavizar la fealdad de las calles embarradas y llenas de basura.
Los mayores del hogar hacían sus  escapadas, pero más que nada para ver chicas: aun las más bonitas se prestaban al diálogo piadoso con los huerfanitos: eso decía el Albino, que era el más feo, casi un monstruo a esa edad en que hasta la más linda jovencita se siente fea.
A pesar de que los celulares estaban prohibidos, se aceptaba que los grandes tuvieran el suyo, en esa época era posible inventarse una vida en la web y todos estaban registrados en sitios de internet, redes sociales, salas de chat y todo lo que puede distraer hoy a un chico de doce. Gracias al Google, muchos habían viajado bastante y no perdían tanto tiempo en pornografía como se cree, aunque estaba todo a un clic. Tener un perfil era distinto porque permitía, mediante unas sencillas operaciones de recorte, montar una realidad un poco mejor que la realidad a secas, sin retoques. A ninguno se le hubiera ocurrido decir en su información personal que era huérfano, o lo que es peor, separado de sus padres por orden de un juez. Además, todos mentían con la edad, aunque en las fotos se hiciera evidente que ninguno pasaba de los dieciocho. EL zapa ya había tenido un encuentro a ciegas con una chica que conoció en el chat, aunque algo siniestro habrá ocurrido porque mucho no quiso contar siendo que a él le encantan los detalles
Otra cosa que puede parecer rara es que muchos se habían leído ya la humilde biblioteca de la parroquia: se sabía quién era Neruda, Poe y Márquez. Antes de la internet, chiquitos ellos, hicieron la travesura de leer un libro que olvidarían casi hasta la vejez “El diablo en el cuerpo” que evidentemente eligieron por el prometedor título aunque de erótico, al final, mucho no tenía. Habían leído a Stevenson, London, Verne y las novelas clásicas del siglo diecinueve, porque los domingos con lluvia, también había lluvia en los canales de la tele y era mejor apartarse a la cucheta con un libro y una galleta. Lo de fumarse el último y echarse a mirar la lluvia, era un suicidio del que se volvía con  lectura y  televisión.


Al día siguiente, bien temprano, como todos los días, el Padre ofició la misa con las puertas abiertas a la comunidad. La tal comunidad era un grupo de viejas locas toca santos que compite entre ellas a ver quién es más constante y obsecuente con el Padre, quien por otra parte las detesta y las soporta por las magras donaciones que las viejas esposas de pequeños y medianos cargadores aportan para afinar el piano, pintar las fachadas, comprar flores, y demás detalles que hacían al sostén de la parroquia como entidad. En cuanto a su función de hogar…bueno, había toda una teoría sociológica al respecto detrás del mate cosido propio del lugar.
Después del oficio pasamos al comedor a desayunar y en eso se oyen fuertes palmadas: era el señor de la tele, se supo de inmediato por la bufanda roja que se traslucía por la mampara que separa al comedor de la entrada. Pero no fueron tan cordiales como el día anterior y lo atendieron a las apuradas allí mismo, como a propósito, como quitándoles a los audaces el deseo de decirle al hombre de la tele que por favor haga algo. Algo como qué, esa era la pregunta. Los grandes lo pensaron, acortar trámites y pedirle al hombre que les venda una tele usada, por ejemplo.
Al parecer, el hombre se había olvidado algo y ese algo quizás fuera un paraguas porque allí mismo lo despacharon al jovial service. Pero no pasó ni un minuto de que el hombre quedara para siempre flotando en el aire, cuando sonó el timbre otra vez. Esta vez El Padre ni se asomó y salió La Rosita a atender: el segundo milagro del service estaba allí, una hermosa tele nueva o usada pero nueva había sido abandonada en la puerta. No era una tele así nomás, era de las más nuevas con pantalla de alta definición y súper plana, también se podía conectar a la computadora para usarse como monitor. En cuanto a las dimensiones, eran definitivamente enormes: parecía la tele de un multimillonario.
La Directora no dejó que los más chicos festejaran y envió la tele a la comisaría a ver si había alguna denuncia por robo de ese aparato y ordenó que la dejaran ahí hasta que su verdadero dueño apareciera a reclamarla. Allá se fue La Rosita medio endomingada con Pablito a la comisaría y al rato vinieron en patrullero y con la tele de nuevo. El oficial habló con El Padre y le dijo que era obvio que se trataba de una donación porque al dorso de la pantalla estaban las señas del dueño al cual llamaron por el teléfono que allí figuraba y resultó ser del service nomás. Pensar en devolvérsela era comprometedor porque ya se había difundido el chisme en el barrio y todos estaban al tanto de la donación, de hecho, el panadero también se acordó de ser bueno y mandó pan y facturas. El carnicero ofició el tercer milagro y donó un asado para el próximo domingo. La Directora se fijó, y efectivamente, en el dorso de la tele había un calco con el nombre y el número del service, pero, contra toda costumbre, La Directora no lo llamó para agradecerle y prefirió creer que la tele era el producto de algún chanchullo deshonesto para no asumir su propia mezquindad porque con una rifa, por ejemplo, los chicos podrían haber tenido esa tele sin necesidad de que viniera un extraño de afuera a regalarles nada, que al fin y al cabo éstos son los niños pobres de ésta parroquia  y de la parroquia deben surgir la voluntad y los medios para seguir adelante.
A la noche, los pibes grandes se escaparon al baile y aunque era medio tarde, las diez, se fueron fumando hasta la casa del service a darle las gracias  y juran los que estaban que encontraron la calle, la casa , el cartel, la luz prendida, y adentro, a trasluz de una gran ventana, se veía  al hombre de bufanda roja trabajando con la espalda semiencorbada y les pareció mentira ver que el hombre era un pobre y hasta miserable trabajador y no una aparición fantasmagórica como tendría que haber sido, la verdad.

sábado, 22 de febrero de 2014

La casa de Laura Perdriel.


La casa de Laura Perdriel.

La fiesta en casa de Laura Perdriel se prolongó más de lo esperado y la tormenta arreciaba por lo que se hizo imposible conseguir un remís.
El cumpleaños infantil devino en sesuda sobremesa de pensadores menores y altisonantes. La cerveza y otras hierbas hicieron el resto. Dado que habíamos comido y bebido a rabiar, nos opusimos sin demasiada energía y aceptamos una incómoda cama improvisada.
Mientras me dormía pensaba en estas legendarias paredes donde había vivido mis imaginaciones de adolescente. El ruido de la lluvia sobre las tejas era envolvente como el arrorró.Todo era acogedor después del periplo de colectivos y trenes que transitamos hasta la casa de tejas venecianas de ese barrio perdido en la época dorada de Perón
La casa queda en un pasaje no conduce hacia ninguna parte. Penetré en la vida de varias familias de clase media en ese pasaje y vi como era vivir mejor. Yo nunca había visto muebles de madera tallada, con volutas decorativas e innecesarias, los empapelados señoriales, las arañas pendientes sobre la mesa del comedor. El suelo de mármol vestido con hermosos tapetes made in china. Todo era un poco grandilocuente teniendo en cuenta que la familia apenas tenía recursos para comer. Sin embargo todos los objetos de uso diario tenían (tienen) algo bello: las cucharas ostentaban trabajos maravillosos en bajorrelieve. Los estantes atiborrados de ediciones de lujo tenían columnas con figuras talladas. Los sillones estaban un poco sucios, pero eran de  brocado dorado, y para mí, acostumbrada a los muebles de austera forma, de pino, la casa era mi ideal de hogar cuando teníamos quince años y fumábamos en el living como grandes señoras. Sin embargo dos cosas de la casa me desagradaban: El cuarto de baño, habitación tomada por cucarachas impudorosas, y el pabellón anexo a la casa donde dormía Patricio, el hermano siempre enfermo a la espera de un trasplante. Era el único cuarto al que jamás entré, pero de solo aproximarme al pasillo me invadía el vapor enfermo del que vive entre sueros y pañales, postrado, en la flor de la edad.
El reencuentro después de veinte años fue consecuencia de la nueva manía de buscar gente de antaño en la web. Y aunque siento una natural nausea hacia todo tipo de “reencuentro con ex compañeros de lo que sea”, no pude resistirme a Laura, madre ya, mujer que en otro tiempo me sacó de la marginalidad oscura en que me tenían el resto de mis compañeras, casi todas altas y rubias. El insulto en el que más concentraban su odio era “Bolita” o “Boliviana”. A Lali, así la llamábamos cariñosamente, la discriminaban simplemente porque su padre, pequeño comerciante y gran filatelista, se había declarado en quiebra. No supe sino en la universidad lo estigmatizarte que es para los pequeños y medianos cagadores haber administrado mal el capital.
Patricio me amaba, todos lo sabían y eso era una carga para mí, porque durante algunos años yo era invisible para el resto de los chicos de la pandilla. Por humilde que sea una historia de amor, siempre causa una curiosidad telenovelesca saber qué se dijeron, cómo fue aquello.
Bueno. A pesar del trato hostil de Patricio, teníamos un gusto raro en común: nos gustaba el cine erótico-bizarro; aunque yo jamás había cogido y él mucho menos. Mirábamos nuestros hallazgos con atención y comentábamos cosas graciosas y serias como críticos expertos. Los sábados por la noche cada vez había más público en el living de Laura Perdriel. Vanesa, Laura y demás, hacían siempre el mismo y único comentario de las películas: “Qué asco”.
Se iban a la biblioteca a jugar a las cartas, porque eran adolescentes de verdad y les asustaba un poco ver el coito en presencia de otros chicos. Yo era simplemente un pequeño monstruo en ciernes, triste en la soledad de mis deseos prematuros. Ahora que soy adulta comprendo que los varones quizás estaban incómodos, pero yo también era niña y no sabía que el miedo puede ser altisonante.
Los pibes fumaban sin parar y se reían nerviosos o por ahí quedaban en silencio, atentos a la trama.
El pequeño taller de cine casi siempre tenía final triste: todos a sus camas, a sus casas a masturbarse, echados a los gritos pelados del pelado señor Perdriel, que solo pretendía dormir en paz en su cuarto mientras media docena (a veces el doble) de adolescentes estaban recibiendo su formación sexual como quien comete un crimen, rebuscándoselas con películas eróticas para aprender algo y no pasar calor en la vida real, en el debut.
Yo había inventado dos juegos que me costaron el mote de “trola” entre las otras chicas. El primero que me acuerdo era con cartas y se llamaba “El tocador y el tocado”. Después de varios inviernos jugando al truco, todos aceptaron el juego, menos las chicas.
Quedé con Patricio, Javier y Adrián. Una carta definía la zona a tocar. Otra, (el diez de basto)  quien era el tocador y la última quien seria “el tocado”.  Yo les tocaba el pene por encima del jean y ellos las tetas sobre el corpiño armado con escudos de alambre y plush. También había besos en la boca: piquitos (los más populares) y los de lengua (los menos frecuentes).
Todos se excitaban y se reían de los nervios pero Patricio jugaba concienzudamente, serio, sin beber cerveza como todos. Parecía que las cartas nunca lo favorecían porque si el tocador y el tocado eran dos varones (las cartas, ahora me acuerdo, también lo definían) la caricia exploratoria era innecesaria, así que se traducían en patadas en el culo o  pago en cigarrillos, según.
Laura Perdriel y sus amigas (yo no tenía a nadie de mi lado en el juego) estaban “adelante” en la biblioteca, tomando mate, abandonando por fin la pose de bebedoras de licor de chocolate.
Como las cartas realmente estaban malditas, un pibe, “El Coto”, le cedió su derecho a tocarme los pechos (sobre el corpiño) a Patricio. El aceptó encantado y todos nos divertimos, pero en la parada de colectivo, cuando me iba, sentí un raro alivio.
Tomaba miles de precauciones cada vez que nos bañábamos en la pileta para que él no me viera semidesnuda. Fuera de esa pequeña incomodidad mi amistad con Laura era un bálsamo y las largas charlas en el banco del parque era lo más ansiado para ambas, hasta diría que corríamos aventuras para después poder contarnos cosas delirantes y reírnos como borrachas hasta el amanecer.
Me decepcioné bastante, sin embargo, de Laura, cuando supe que la ventana detrás del banquito del parque daba a la habitación de Patricio, o mejor dicho, a un anexo, un tallercito que tenía y desde el cual seguramente veía y escuchaba nuestra intimidad. Me lo imaginaba fisgoneando con su cara pelirroja y pecosa, su barbita en punta, los ojos verdes muy hundidos. Laura lo sabía todo pero casi por caridad oficiaba de acolito de su hermano. Nunca pude enojarme con él pero tampoco pude vencer la repugnancia de su voz agonizante, el silbido de su pecho, su cuerpo inválido y fétido.
No sé si mi paulatino alejamiento se debió a la muerte de Patricio o a la dificultad de llegar al pasaje Fleming desde que me mudé tan lejos.
Me dormía lentamente y llovía y yo era otra pero la misma, esa noche de la fiesta, los recuerdos, como el floripondio, me dejaron divagando hasta el amanecer, mi último pensamiento placentero fue “a pesar de todo, en esta habitación, el joven más bello de mis amigos, me declaro su amor”. Con la luz del día se dibujaron nuevamente las cosas, los muebles ajados y hechos para siempre que representaron la gloria de Perón. También pude distinguir un extraño movimiento en la quietud que me hizo fijar la vista en mi marido a quien le caminaban por el rostro y por el interior de la ropa horribles cucarachas marrones. Algunas tenían alas tornasoladas y se posaban en sus párpado o en su boca.Le cubrían todo el cuerpo
Yo lo desperté en silencio con un apretón de manos y lo miré haciéndole entender que no era conveniente gritar a pesar del asco y el espanto. Nos levantamos  de un salto. Con la linterna de mi teléfono alumbré el cuarto y vimos como todas (eran muchísimas) las cucarachas corrían en la misma dirección, el cuarto de Patricio.
Nos calzamos a toda velocidad, (por suerte estábamos vestidos), juntamos solo las pertenencias que teníamos al alcance y salimos en puntillas de la casa de Laura Perdriel a quien jamás volví a ver.

miércoles, 6 de junio de 2012

Hospital del horror.


                                                              
Dirección Hospital Domingo Mercante.

Doctora Eleonora Rossi:                                                                                                                                                                
Me dirijo a usted, en primer lugar, para expresarle mi agradecimiento por la paciencia y el compromiso del Doctor Diego Chimpentoledo , del  jefe de guardia de internación en pediatría y de todos aquellos que comprendieron que la salud también se construye desde las relaciones humanas.
Pero formalmente le solicito que tome nota de lo que pasa en su hospital: las cucarachas son desfachatadas, se pasean por las habitaciones de pediatría aun durante el día, las mamaderas de las cuales se alimentaron nuestros hijos esta semana estuvieron sin esterilizar, tampoco existe el lavado de manos, dos de los pilares básicos de cualquier protocolo hospitalario.En cuanto a la organización del espacio, es lamentable ver el hacinamiento en la antesala de la guardia de pediatría donde no solo conviven adultos y niños sino también cantidad de gente en situación de calle que ocupa los bancos en primera fila frente a la tv mientras las madres tenemos que permanecer de pie durante horas.Entretanto, grandes extensiones del hospital están desiertas. El personal de limpieza pasa una especie de escobillón seco por lo que el suelo es un caldo de cultivo.
Por un problema burocrático de IOMA, no tengo actualizado el carnet de la obra social razón por la cual me veo en la necesidad de asistir al hospital público.Como docente de la provincia de Buenos Aires creo en la educación y la salud pública y considero irresponsable cargar las tintas sobre la falta de recursos de la provincia, porque asumir la responsabilidad de estar al frente del hospital implica conocer las limitaciones a las cuales se está sujeto. Así como el hecho de que la educación pública sea fuertemente cuestionada, no me exime de enseñar, la crisis del sistema de salud de la provincia no es excusa para no curar. Y digo curar porque vine con mi hijo por una diarrea y le sacaron placas (muy malas también) de todo el cuerpo, pero solo me dieron una fotocopia con la dieta a seguir…a los dos días queda finalmente internado con bronquiolitis y me pregunto ¿Por qué pasar por alto la relación directa entre falta de higiene, hacinamiento y contagio intrahospitalario?
Otro aspecto a considerar es el trato frente los pacientes con enfermedades mentales a los cuales se los atiende en guardia por gente “que se da maña” sin formación de ningún tipo en la materia por lo cual prevalece la humillación y el maltrato físico por parte de médicos y enfermeros que actúan según lo que vieron en  películas. Sin la más mínima consideración, hace una semana, me ataron a una camilla como a una asesina serial, cuando sólo soy una persona estresada por el malestar de su hijo,el personal de la guardia de adultos me llenó de  insultos de índole discriminatorio como “negra de mieda” o “loca psiquiátrica”. Aún persisten los hematomas, los medicuchos de la guardia me humillaron, me retorcieron las manos, me pelliscaron las pantorrillas y me arrancaron los aros de plata y oro que nunca más me entregaron…tengo una infección en la oreja a causa de los tirones. Una verdadera pesadilla que tiene que trascender de lo anecdótico , cruzar las puertas del hospital.
Cualquiera con un mínimo de conocimiento de lo que son las organizacdiones, puede ver a las claras que en la disposición del servicio de guardia subyace una visión peyorativa de lo que es la población que asiste a su hospital público, dado que lo primero que con que se recibe a los niños es una puerta atrancada, tras la cual toman mate sin cesar los vigiladores que maltratan a los pacientes ya sea con gritos ,ya sea con insultos. Usted delega en el personal de seguridad la responsabilidad de determinar la urgencia de los casos y hasta la pertinencia o no de haber asistido a la guardia. Varios agentes de vigilancia fueron agredidos la semana pasada por madres cansadas de expresiones tales como “ Que se jodan por trolas”, “la guardia está para uno con la cabeza rota, una quebradura, no por un poco de fiebre”. Hay en el ambiente un clima de terror hacia la gente pobre que se traduce en el tono imperativo de enfermeras y el personal en general, parece que le temen a la extrema pobreza que han dejado atrás  y la presencia de un pobre les recuerda permanentemente que lo importante son los pequeños privilegios de tener sueldo y trabajo fijos. ¿Con qué derecho un médico, una enfermera, un camillero pueden castigar físicamente a los pacientes que hacen un reclamo totalmente válido respecto de la atención? ¿Por qué los asistentes sociales me ofrecieron pagarme un remis para ir y volver a mi casa y a la chica de la cama de al lado, con siete chicos, ninguno escolarizado, no le ofrecieron ni un paquete de fideos para llevarle a los hijos que según ella no comen hace días?
En este conglomerado de irregularidades hay aspectos que atañen directamente a la dirección del Hospital y si bien no tengo los fueros suficientes como para marcarle sus deberes, es mi obligación como miembro de la comunidad pedirle que revise estas cuestiones. El jefe de internación en pediatría  se excusó de la inoperancia del servicio con la frase “el 53 por ciento de la población no puede equivocarse”…
Más allá de las graves implicancias de este modo de expresión, lo concreto es que se le miente a los pacientes cuando dicen que no hay camas, cuando dicen que “hay retención de guardia” una expresión estrafalaria que se traduce sencillamente como la interrupción del servicio de la guardia de pediatría durante el mediodía, se le miente a la gente en lugar de comprometerse con la comunidad.
Para terminar, quisiera obtener una respuesta en relación a estos inconvenientes y sobre todo, quisiera que tome conocimiento de que su personal de enfermería y de seguridad, salvo excepciones, son gente mal educada y agresiva: mi hijo permaneció 24 horas con una vía abierta sin tapitas, a merced de cualquier infección, porque las enfermeras simplemente no se acordaron de cumplir la prescripción de retirarsela, tampoco le dieron la dosis que le correspondía del antibiótico el domingo al mediodía, a pesar de que gentilmente se los recordé.Por último quisiera saber los fundamentos por los cuales se restringe la presencia de los padres, por su condición de hombres, al horario de visita: a mi marido un enfermero le fisuró una costilla porque no quería separarse de su bebé.

                                                              Natalia Pamela Miraglio.

martes, 1 de mayo de 2012

El trabajo no siempre dignifica.


El trabajo no siempre dignifica. El trabajo no dignifica cuando el salario no le permite al trabajador imaginar el futuro, cuando sólo alcanza para vivir el día y absorbe todo el tiempo el imposible cálculo de cómo estirar el mango. El trabajo no dignifica cuando hay que viajar, como dice Nicomedes, a capacho del peligro, con un solo pie en el estribo después de doce horas de esfuerzo. El trabajo no dignifica cuando no permite el acceso a una vivienda, a una calle pavimentada, al agua potable. El trabajo no dignifica cuando no deja espacio para leer, para jugar con los hijos, para cultivar un jardín, para ver a los amigos. El trabajo no dignifica cuando implica la aceptación de principios que atentan contra uno mismo, horas extras no reconocidas, impuesto a las ganancias aplicadas al salario,  “dedicación full time”, cucarachas en el comedor o comedero, según el nivel de humillación con el cual se alimentan los obreros: conozco muchachos, en una fábrica textil, que hoy, a esta altura del mes, no llevan nada para comer en todo el día, porque no tienen, simplemente  eso, trabajar sin almorzar. El trabajo no dignifica cuando el obrero es observado permanentemente con una cámara “de seguridad”, cuando su empleo implica tener que ocultar un pensamiento, una orientación sexual, un culto o una militancia. El trabajo no dignifica cuando consiste en portar armas contra otros obreros. Cuando todos los días, después de veinte años en una fábrica te revisan el bolso a la salida, como si temieran que les roben las máquinas, los insumos o la fábrica misma por partes tan pequeñas como para meter en un bolsito…

sábado, 28 de abril de 2012

El hombre que fue jueves.


Algo triste te soñé en el Saffron Park
Oscuro y carmesí, anárquico  y vil,
Y bajo este cielo increíble pienso,
Anárquico Lucían, ¿qué será de ti?

 Un domingo  imponente te gobierna,
Y Gabriel, implacable, te atormenta.

Un ardor y te arrebata y te sostiene,

una tarde imposible de subleva.

  Pero las ideologías caen y,
 Lucían, luego el mundo le abandona,
Tus quiméricas bombas ya no arden...

 
Ni siquiera este caos te desborda,
Porque es caos que obedece a cierto  orden,
 Porque el caos y el orden de derrotan.


No tiene nada de extraordinario este sonetito, pero lo escribí de un tironcito hace 22 años, cuando una tarde fría como ésta me deje fascinar por Chesterton y su atrapante novela El hombre que fue jueves. Como comentó Claudia, es una hermosa ocasión para meterse en la cama con una buena novela, la recomiendo...